Tema del Mes

DICIEMBRE 2016

NBA

04 / 12 / 2016 - Por Diego Sasturain

¿Qué otorga a la NBA un nivel de competencia superlativo? Primero, un mercado regulado que evita que la competitividad deportiva sea –como en el fútbol europeo- un reflejo previsible del poder del dinero. Segundo, una “máquina narrativa” cuyo capital simbólico –basado en legado de virtudes- contrarresta los valores del mercado.

Todo empezó de casualidad, cuando me encontré viendo las finales de la temporada 91-92 de la NBA. Ese año, los Chicago Bulls de Michael Jordan le ganaron a los Portland Trail Blazers de Clyde Drexler. No entendí nada, pero me fascinó la dinámica de los partidos y lo grandioso que era todo: jugaban al mejor de siete partidos, que se definían en los últimos segundos, era maravilloso. Los presentadores –tal vez eran ya los eternos Álvaro Martín y el coach Carlos Morales, de ESPN– hablaban de un mundo, si cabe decirlo así, nuevo y completo. Pasó un año, y los Bulls llegaron de nuevo a la instancia decisiva, esta vez contra los Phoenix Suns liderados por Charles Barkley, y ya estaba comprometido, hinchando por Phoenix –en contra de Jordan–, equipo que finalmente perdió. Desde entonces, sigo con más o menos atención lo que pasa en la liga. En mi desconocimiento e intentando ser original –con resultado bizarro– me hice hincha de los Charlotte Hornets, equipo menor de una ciudad sin importancia ni glamour como es la capital de Carolina del Norte. Nuestro hincha famoso, para contrarrestar a Spike Lee, que no se perdía partido de los New York Knicks, o Jack Nicholson, fan de los Lakers de Los Ángeles, era Jason Alexander, el George Costanza de Seinfeld. Después de unos años de buen nivel, los Hornets entraron en decadencia. El dueño, un millonario local, no quería gastar plata en jugadores, y los buenos se iban a equipos más serios. Con el tiempo, mi interés por la NBA se fue diluyendo de a poco. Hubo temporadas en las que no le presté la menor atención, a no ser por San Antonio y Manu Ginóbili, pero al pispear algunos partidos de la temporada 2014-2015 me encontré con muchos jugadores nuevos y una liga renovada –y los Hornets en alza después de más de una década de intrascendencia total– así que durante la 2015-2016 no fue raro que me encontrara leyendo con la tele muda de fondo y sensaciones encontradas. Me pregunté qué sostiene mi interés, cuando ya no llama la atención la altura de los jugadores, ni sus acrobacias. La respuesta que encuentro es que la NBA ha logrado sostener un nivel de competencia superlativo gracias a una narrativa única.

Para poner un ejemplo, en junio pasado los Cleveland Cavaliers de LeBron James derrotaron a los favoritos y campeones vigentes Golden State Warriors, de San Francisco y se consagraron campeones. Fueron unas grandes finales, con récord de audiencia en Estados Unidos. Se jugaron los siete partidos y fue muy peleada hasta el final. Por primera vez en la historia, un equipo ganó después de ir perdiendo tres partidos a uno y Cleveland. Hasta ahí, el juego. En el camino, la NBA y su enorme industria periodística generaron varias grandes historias que hicieron de la final la más vista en muchos años. La primera, es que repitió rivales. El año anterior, Golden State le había ganado en seis partidos a un Cleveland con muchos lesionados. James jugó extraordinariamente pero no pudo sostener al equipo casi solo. Entonces, se avecinaba la posibilidad de una revancha, y las revanchas siempre son atractivas. Los contrincantes, por otra parte, permitieron generar subtramas. Por un lado, James y una posibilidad de redención. LeBron, oriundo de Ohio, volvió a Cleveland con el objetivo confeso de ganar el primer título en más de cincuenta años para la ciudad. Se había ido años antes –y fue muy criticado por eso– para formar un súper equipo en Miami, donde ganó dos campeonatos. Así que James, un enorme jugador, después de haber satisfecho su apetito personal, buscaba el bien común. Enfrente estaba la posibilidad de que se consolide un equipo capaz de marcar una época. Golden State, la sorpresa de 2014-2015, se armó desde abajo después de décadas de mediocridad y sorprendió a todo el mundo con un estilo de juego revolucionario y una estrella inesperada. Stephen Curry tenía más de veinticinco años cuando se destapó gracias a su capacidad de encestar desde muy lejos y una gracia excepcional para jugar. Se convirtió inmediatamente en el nuevo niño mimado de la liga –el que podía marcar el comienzo de una nueva época– y terminó ganando el título. Su equipo llegó a la final como gran favorito, con un nuevo récord histórico de triunfos y Curry elegido el jugador más valioso de la temporada, por primera vez en la historia de manera unánime, además de ser el goleador absoluto. Se armó así un enfrentamiento de estilos. Cleveland más tradicional y con una estrella ya madura, y Golden State con la posibilidad de consagrar “lo nuevo”. Finalmente, contra lo que se esperaba, ganó Cleveland y James pudo redimirse con su estado natal. Inmediatamente se puso de nuevo en funcionamiento la máquina narrativa de la NBA: Golden State se reforzó para el año próximo contratando al mejor jugador disponible –Kevin Durant, que “traicionó” a su equipo de toda la vida, Oklahoma City Thunder– y formó un súper equipo. Todo hace presagiar una competencia interesante para el año que viene y los siguientes, porque están dadas las condiciones: muchas súper estrellas y más dinero que nunca. 

La NBA provee una narrativa que funciona como una saga en la que cada temporada es un episodio, y que atraviesa épocas de esplendor y relativa oscuridad. Esta narración se articula sobre dos ejes: el mercado y el legado, arbitrados por una dimensión ética. El mercado, motor del presente y del futuro explica muchas cosas, buenas cuando a la liga le va bien, las ganancias crecen, etc. Malas, cuando las decisiones no son “virtuosas” o contrarias a los valores estándar, por ejemplo, cuando un jugador deja el equipo de toda la vida para irse a otro sólo porque tiene posibilidades de ganar un título, como ahora Durant y antes James. En base a esos dos ejes, un mercado que debe crecer y una moral capitalista de “buenas prácticas” y competencia justa, mantiene una estructura que garantiza dramatismo, competitividad y un nivel de excelencia. A diferencia del fútbol, en el que siempre los mismos cinco o seis equipos de Europa –con presupuestos ilimitados y un mercado desregulado– se reparten la Champions League, en la NBA el poderío va rotando gracias a algunas herramientas que generan paridad. Veamos. Por una parte está el draft, un sorteo en que los equipos eligen a los jugadores que se presentan para entrar en la liga, sobre todo universitarios norteamericanos, y en el que los que tuvieron peores resultados tienen más chances de elegir primero. Hay, además, un límite que determina el presupuesto que equipos pueden gastar en salarios de jugadores. No está prohibido gastar de más, pero quien lo haga debe pagarle a la liga un dólar extra por cada dólar gastado por encima del límite. También hay regulaciones que estipulan los montos máximos y mínimos que pueden recibir los jugadores de acuerdo a su antigüedad, así como los plazos de los contratos, lo que permite que los equipos puedan retener a sus estrellas por más tiempo. Es decir, es un mercado regulado, con reglas internas estrictas y que atraviesa un período de auge, en gran medida por los ingresos de la televisión. En 2014, la NBA renovó su acuerdo con las cadenas ESPN/ABC y TNT y cobrará 24.000 millones de dólares a cambio de los derechos por nueve años de las trasmisiones a nivel nacional e internacional. Estas señales abastecen a un público mundial cada vez más grande. A principios de los 90, había muy pocos jugadores extranjeros en la NBA. Hoy, todos los planteles los tienen, y atraen espectadores de globales.

La otra pata sobre la que se apoya la narrativa, el legado, funciona como referencia ética, remitido al pasado. Son los antecesores los que operan a modo de ejemplo y modelo. Hacen de mentores, de comentaristas de tv, y hay una constante paideia virtuosa acerca de lo que es “jugar bien” y “honrar el juego”. La NBA apela a una sistemática invocación del pasado en busca de modelos de comportamiento entre los jugadores, y de una tradición sólida sobre la que apoyarse. Sirve de contrapeso al mercado, que promueve a lo nuevo, lo espectacular. Todo vale: publicidades que involucran a viejas glorias, documentales producidos por la liga y hasta uniformes retro. Jugadores, periodistas y técnicos, hablan de dejar un legado y una “cultura” –en ese sentido débil que utilizan los norteamericanos, como cuando dicen “filosofía”– ganadora, tal vez un estilo de juego. El resultado más deseado del éxito es una “dinastía”, como se llama a los equipos que ganan varios títulos seguidos, o dominan durante una época. Por ejemplo, los Bulls de Michael Jordan, que salieron campeones seis veces durante los años noventa, o los San Antonio Spurs, que ganaron cinco títulos en poco más de una década. 

Los números funcionan como pivote sobre el que se construye el doble relato del legado y el mercado, y lo legitima. En la NBA, las estadísticas tienen mucho poder explicativo, porque el básquet es un deporte de grandes números: muchos ataques, defensas, partidos y tiros. Sobre grandes cantidades, los promedios ofrecen una descripción bastante adecuada de la realidad, y apoyado en esos datos se construye el legado: temporadas jugadas, títulos obtenidos, puntos anotados, etc. Gran parte de las estadísticas se mantienen desde los años ‘50 y los datos son comparables. Hay una enorme tradición volcada en números, una gran cantidad de récords que se van rompiendo con el tiempo, y esos hechos reciben mucha publicidad. Sobre estos datos, también, se construye el discurso moral: tal es un gran jugador de equipo y su talento no se refleja en las estadísticas. Tal otro tiene grandes números, pero éstos son resultado de su egoísmo, etc. Para mantener el interés, la NBA necesita mantener un star system que aporte al legado futuro: grandes estrellas consolidadas con estadísticas impresionantes, otras en ascenso, extranjeros exitosos, decisiones polémicas, fantasmas personales. Todo aporta, a su vez, al mercado, atrayendo audiencia y sponsors. Pero el legado también necesita equipos responsables, que mantengan planteles competitivos muchos años, organizaciones virtuosas capaces de construir una “dinastía”. Las estadísticas aportan otro parámetro: medir el juego de la liga en términos de puntos o cantidad de ataques en promedio durante un partido. Estos parámetros permiten que se vayan haciendo pequeños cambios en el reglamento para mantener al juego interesante. Pero lo que es más importante, tal vez, es la escasa variación que tienen estos parámetros a lo largo del tiempo, lo que habla de la continuidad del juego. Lo que se van haciendo son pequeños ajustes.

El resultado es que la liga, al ser una estructura cerrada –no hay descensos, no está afiliada a la FIBA, la organización del básquet internacional– y con reglas propias, permite mantener un nivel de excelencia. Sigue siendo el torneo más exigente del mundo: los equipos juegan un mínimo de 82 partidos por año. Si se clasifican a los playoffs –eliminatorias– tienen que jugar muchos más para salir campeones y ganar cuatro series al mejor de siete. No hay en los deportes de equipo un torneo más exigente y que concentre del mismo modo a los mejores jugadores del mundo.

Lo que percibí como una competencia interesante y vital no viene de la nada. La liga entró en una nueva fase de expansión. El ciclo anterior, que me atrapó a mí, empezó cuando David Stern llegó al cargo de comisionado en 1984 –el año en que debutó Michael Jordan– y lanzó una campaña global a partir de la enorme popularidad que tomó la liga con las olimpíadas de Barcelona, en 1992, con el primer Dream Team. En 2014, Stern se retiró y su lugar fue ocupado por quien fuera segundo durante muchos años, Adam Silver. Desde entonces, se renovaron los sponsors y el tope salarial pasó de 68 a 94 millones de dólares y se estima que en 2017-2018 llegará a 107. Además, por el convenio de trabajo con los jugadores, los equipos están obligados a gastar un mínimo de 84 millones. Hoy hay más de cien jugadores que ganan más de diez millones de dólares al año, y por lo menos veinte con contratos de más de veinte. LeBron James está viendo en qué términos negocia con Cleveland su nuevo contrato, de más de 200 millones de dólares por cuatro o cinco años y tiene un acuerdo con Nike de más de 1000 millones. Está en línea con la época. En términos de espectadores, las finales del año pasado las vieron más de 20 millones de personas en Estados Unidos en promedio, un récord en los dieciocho años pasados desde que Jordan se retiró en 1998. Esto es producto de las narrativas mencionadas al comienzo, la rivalidad James-Curry, etc. Todo anuncia prosperidad, virtud y competencia de lujo en el futuro inmediato.

Del lado del mercado puro, la escalada económica hizo aumentar 87% el precio de los equipos. De acuerdo con Forbes, los New York Knicks, un equipo con mucha historia  pero que salió campeón sólo dos veces –en 1970 y 1973– están valuados hoy 3.000 millones de dólares gracias a los contratos de televisión y su gran cantidad de hinchas-consumidores. Repartirán ganancias por más de 300 millones de dólares jugando en mitad de tabla. Después siguen los equipos de Los Ángeles y Chicago. Los finalistas del año pasado ocupan los lugares número 6 –Golden State, 1.900 millones– y 12 –Cleveland, con 1.100 millones. Mis queridos Hornets están en el puesto 26 de 30, y comprarlos costaría 750 millones. El dueño del equipo, desgraciadamente, no es otro que Michael Jordan, que tiene fama de tacaño. Dicho sea de paso, los Hornets actuales nada tienen que ver con los de los ‘90. La franquicia original se mudó a New Orleans en 2002 por falta de público y después cambió su nombre por el de Pelicans. Hace dos años, la liga le permitió a Jordan, por su parte, renombrar a su franquicia, hasta entonces los Bobcats, fundada en 2004, para llenar el vacío dejado por los Hornets… como Hornets. El mero cambio logró renovar el interés de la gente, entre ellos, el mío. Sin embargo, no parece haber chances de que se arme un equipo competitivo en serio. Para que una franquicia pase del pelotón a ser candidata, necesita que se unan varios factores: un dueño que esté dispuesto a gastar dinero, una ciudad que lo apoye económicamente, una hinchada grande que aporte lo suyo comprando merchandising, yendo al estadio o viendo los partidos por televisión paga, y un manager deportivo que tome buenas decisiones durante varios años seguidos. La liga, en última instancia, no es otra cosa que el mediador entre el capital financiero y el simbólico, entre lo que el mercado permite y lo que la virtud manda, o a la inversa.