Tema del Mes

DICIEMBRE 2016

Jagger, Richards, Castro, Trump y yo

10 / 12 / 2016 - Por Fernando García

Uno podría pensar en el éxito longevo de los Rolling Stones como un fenómeno que atraviesa las décadas indiferente e indemne a las circunstancias políticas. Conviene entonces prestar atención a esta lúcida lectura de Fernando García

En 1977, cuando la new wave y el punk dinamitaban una por una las certezas del establishment de la cultura pop, Patti Smith, la cantante-poeta (o poeta eléctrica, mejor) y modelo andrógina perfecta de Robert Mapplethorpe, dejó dicha una frase que acaso imaginó urgente, perentoria: “Dios, no quisiera morirme antes de que salga el próximo álbum de los Rolling Stones”. En el contexto de turbulencia en que fue pronunciada parecía una respuesta al llamado a tabula rasa ensayado por The Clash en su primer álbum, aquello de “No más Beatles, Elvis o Stones en 1977”. El tiempo corregiría los exabruptos románticos de Joe Strummer (los Beatles se reciclaron con cada nueva asonada de la tecnología discográfica, del walkman a Spotify) y le daría a la frase conciliadora de Smith (conciliadora con el fantasma rebelde del grupo) la virtud de medir la prodigiosa sobrevida de los Rolling Stones. Patti Smith, que vio caer soldados de la bohemia neoyorquina como mosquitos, vivió todos estos años para medir el tiempo en nuevos discos de los Rolling Stones. En 1977 por supuesto que valía la pena no morirse para esperar la salida del inmediato y nervioso Some Girls (1978), una respuesta de los aristócratas decadentes al ethos punk; de su irregular secuela Emotional Rescue (1979) y, al fin, de Tatto You (1981), reservorio de futuros clásicos, última frontera de los 70 con una década de prolongada irrelevancia estética. Morirse en los 90 pues no hubiera significado una gran pérdida en los términos de Smith. Los Stones ensayaron su permanencia en el mundo con lanzamientos que explotaban la entonces flamante industria de la expectativa (hoy omnipresente) y justificaban giras de recaudación récord y conquistas geográficas como el esperado desembarco en Argentina y Sudamérica. Así y todo, cada disco nuevo que hacían parecía una extraña confirmación del mundo sensible: como si el presente no estuviera del todo compuesto sin esa circunstancia, cada vez más espaciada. Aunque la escucha demandara un acto tan efímero (¿Cuántas pasadas se podían sostener de Bridges to Babylon frente a, por ejemplo, un disco considerado menor como Black and Blue?) como la espectacularidad del lanzamiento ahí estaban el rediseño del isotipo (la “lengua”), un nuevo video, productores invitados a una sesión de lifting para ponerlos al día, al menos un hit, el efecto multiplicador de la prensa global. El juicio sobre la obra quedaba siempre opacado por este acto de fastuosa presencia con el que los Stones hacían visible una y otra vez su estirpe de realeza-plebeya: la larga vida de la corte de los Luises en la subcultura de la cocaína. 

La presencia de los Stones en el ecosistema de novedades discográficas no hablaba solo de ellos mismos sino de la vigencia del modelo que habían contribuido a inventar. Se llamara Guns N’ Roses, Oasis, Arctic Monkeys o White Stripes. Y tenían que hacerlo con material nuevo de Jagger-Richards porque la idiosincracia del modelo se sostuvo cinco décadas (¿Qué otro formato de música popular duró tanto tiempo en el centro de la cultura?) en la creencia del autor por sobre el intérprete y el valor del original frente a la sistemática recreación del standard en el blues y el jazz, las otras formas afroamericanas alejadas cada vez más del sistema solar pop. En los largos descansos entre un disco de novedades y otro, los Stones probaban sacudir la opinión pública con hitos (que no hits). La grabación, por ejemplo, de una fantástica versión de “Like a rolling stone” de Bob Dylan para el álbum en vivo Stripped de 1995 promocionado con la fotografía de Anton Corbjin (el esteta de la madurez rockera) y un video de Michel Gondry (“Eternal sunshine of the spotless mind”) que mezclaba imágenes del grupo en un club con escenas de surrealismo yonqui “bullet time” protagonizadas por Patricia Arquette. Los Stones, como ninguna otra banda de su generación, podían hacer equilibrio entre la revisión simbólica del pasado (no era cualquier autor y no era cualquier canción de EL AUTOR) y la degustación de los manjares estéticos del presente. La música y ellos mismos no eran sino un vehículo para que nuevos actores le pusieran el cuerpo a la máquina decadentista encendida hacia finales de los 60. Y de esto (“Like a Rolling Stone” por los Stones) pasaron ya veinte años, los mismos que fueron de “Satisfaction” (1985) a “Harlem Shuffle” (1986); de la invención del riff como verbo al rescate de un hit perdido de 1963 con todo lo que (les) pasó en el medio. El tiempo acaso se ha vuelto una superficie esmerilada y discontinua para la cultura pop.

Ahora, 54 años después de su debut en un club de Londres como una banda de jóvenes blancos tocando un repertorio íntegro de “música racial”, los Rolling Stones volvieron a darle sentido a la frase de Patti Smith (que conocimos aquí citada por Juan Carlos Kreimer en La Muerte Joven, la definitiva introducción argentina al punk). Hicieron un disco que se llama Blue & Lonesome; que tiene 12 versiones de blues negros de Chicago, ninguna composición Jagger-Richards y aún así la mejor música grabada por ellos en décadas. Hicieron, otra vez, lo que decía Patti Smith: música por la que valía la pena no morirse para estar ahí cuando saliera el nuevo disco de los Rolling Stones.    

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La última de las disquerías de barrio de Buenos Aires (o casi la última disquería pura, una donde el objeto antes conocido como álbum no se mezcle con libros, lavarropas u objetos de diseño) está en Villa Crespo, muy cerca de la esquina de ex Canning y Corrientes. El viernes 2 de diciembre salí con los doce temas de Blue & Lonesome cargados en modo random en la aplicación de Spotify de mi smartphone Sony. Una operación de la era informática impensable para el tiempo en que estas canciones fueron compuestas, ejecutadas y grabadas por sus intérpretes negros originales. Viernes 2 era la fecha anunciada para el lanzamiento del nuevo disco de los Stones, circunstancia de la que, excepto por motivos profesionales, me había mantenido desinteresado por años. Había que remontarse a 1989 con Steel Wheels y la expectativa del regreso a las mejores formas expresada por el hit “Mixed emotions” y más atrás todavía, al albor de los 80 y la pubertad, para encontrar una imagen que replicara esta de mí entrando a una disquería a pedir el disco-nuevo-de-los-Rolling- Stones. Esto podríamos ubicarlo entre 1979 y 1982, en alguna de las disquerías de la galería París de Caballito, en la era de los “discos importados” con su extraño perfume de aduanas liberadas y ese plástico que rásgabamos con uñas de lince para acceder al disco, como en una desesperada escaramuza de sexo furtivo. De eso tengo memoria: la vidriera de “43 Récords”, así se llamaba la disquería de la entrada de la galería hoy reconvertida en maxikiosco, armada como si fuera una obra mural de Andy Warhol. De arriba hacia abajo y de derecha a izquierda, una única imagen, la tapa del álbum Emotional Rescue repetida en serie. No se entendía bien si eran radiografías óseas de los cinco Stones o qué pero esas imágenes volvían a provocar el mismo efecto de shock que las del disco anterior (Some Girls) donde los retratos de los rockers semejaban una colección de fotos carnet de algún club de travestis. Y luego lo mismo cuando la galería se dejó invadir con la imagen de Tatoo You, otra muestra de la visualidad stone como percepción de lo inquietante. 

Llegué a la última disquería de barrio después de probar infructuosamente en dos locales de esas cadenas que venden libros y, ahora, discos. En el random de Spotify que sonaba en el smartphone era el turno de “Hoo Doo Blues”, uno de los tres blues que identifico junto con “Hate to see you go” (Little Walter) y “Little rain” (Jimmy Reed) como el segmento más profundo de Blue & Lonesome. “Hoo Doo Blues” fue grabada por Lightnin’ Slim en 1958 en Louisiana para el sello Excello (¿?) y se la puede escuchar en You Tube en ese subgénero que son las tomas fijas de discos simples (como si el video clip hubiera encontrado su ancestro visual en el futuro) girando en el tocadiscos. Slim, menos afortunado que Carlos el magnate mexicano, arruinó progresivamente sus manos en una fundición de acero en Pontiac, Michigan, y tras un súbito regreso a los escenarios en 1971 murió de cáncer en 1974. Los Stones iban por It’s only rock and roll (but i like it), ya eran entonces “la banda de rock&roll más grande del mundo” y su deuda con los blues de Chicago y alrededores había sido saldada con un repertorio único que dinamizaba la forma original de aquellas composiciones de culto llevándolas a la vanguardia de la cultura contemporánea. De sus covers, primero, y de sus productos Jagger-Richards, después, se hizo un corredor racial-migratorio que llevó los blues de Detroit a Londres y de vuelta ya convertidos en una música demencial que impulsó una epidemia de bandas de garaje en Norteamérica (y más allá también: pensemos en Los Mockers del Uruguay) y, al fin, el sonido proto-punk de The Stooges como la consecuencia estética del armagedón psicodélico. Lo que se escucha en el riff y el groove de “1969”, el tema que abre el disco debut de Iggy Pop, expresa en un acto condensado toda la complejidad de ese viaje (Chicago-Londres-Michigan) que sacó a los blues del ghetto para convertirlos en el soundtrack violento de la alienación suburbana blanca (con Iggy vuelve como interjección el “hoo doo”). Cuando los Sex Pistols de Londres pusieron fin a su carrera con una versión caótica de “No fun” (otra reversión del blues pos-Stones firmada por The Stooges) en San Francisco en enero de 1978 el viaje se había completado. El punk maldecía a los Stones pero, vaya, en el fondo no había encontrado un mejor idioma para expresarlo que el de los viejos blues pervertidos por ellos.

Así es que en un extraño episodio entré a la disquería escuchando la versión 2016 de “Hoo Doo Blues” y al quitarme los auriculares (un acto de educación: en 1958 me hubiera quitado el sombrero) para acercarme al mostrador y preguntar por Blue & Lonesome resultó que el sistema de sonido del lugar reproducía “Hoo Doo Blues” casi en el mismo fragmento en el que había dejado de escucharlo en mi smartphone. Como si el mundo del día 2 de diciembre girase en torno a esos blues grabados casi sesenta años atrás que en un acto de magia (blanca) fueron reconvertidos en la música que está en el centro de nuestra cultura y que, ahora, 2016, se replegaban sobre su forma original para mostrarse de nuevo como el comienzo de todo. Como bien dice en el booklet de Blue & Lonesome: “un disco grabado en tres días que llevó cincuenta años hacer”.

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Recuerdo la cocina techada luego de atravesar un patio de baldosas. Una larga mesa, la heladera, un amplificador de guitarra pequeño, una guitarra flying V que, después supe, había pertenecido a Martin Barre, el guitarrista de Jethro Tull (de quien se decía en el Parque Rivadavia que era “el mejor wah wah de la historia” ), los discos de oro por Blues Local. Recuerdo todo eso y a Pappo en una tarde luminosa, de excelente humor, haciendo gala de sus nuevas costumbres: agua mineral, dieta, el descubrimiento de la mañana. Conversábamos sobre el último disco suyo llamado El auto rojo para la sección Espectáculos de Clarín. En la lista de preguntas que tenía a mano para apuntalar la entrevista venía una off topic con la que intentaría indagar a Pappo como un producto de los 60. Palabras más, palabras menos, la pregunta era la siguiente:

-Vos fuiste joven en una época en que muchos eligieron hacerse hippies o militantes revolucionarios. ¿Quién fue más importante para vos, el Che Guevara o Brian Jones?

Pappo no contestó pero pidió que me levantara de mi silla. En un acto casi solemne para el que me había tomado de rehén pronunció unas breves palabras.

-Brian, este muchacho y yo queremos mandarte un saludo estés donde estés.

La respuesta estaba clarísima. En su lógica Brian Jones era un músico y el Che Guevara un guerrillero que había matado gente. El violento Pappo se consideraba un “pacifista” y la única revolución posible para él había sido la del rock&roll, con los Stones al frente.   

Este episodio con Pappo volvió a mi memoria en las vísperas del lanzamiento de Blue & Lonesome mientras el mundo se detuvo a contemplar uno de los tantos finales del siglo XX con la muerte de Fidel Castro (la twittera @jroffo microblogueó: “ahora sí, lo único que queda en pie del siglo XX” sobre una foto 2016 de los Stones). De algún modo en esa pregunta de tono lúdico que le había hecho a Pappo había implícita una cierta homologación entre la Revolución cubana y los Rolling Stones, cuyas historias colisionaron definitivamente cuando el grupo tocó en marzo en La Habana para una multitud. En 2016, los Stones alcanzaron 54 años juntos (Jagger, Richards y Charlie Watts, al menos) y el régimen de Castro arañó los 57; si los mirásemos con una lente macro estaríamos hablando de dos de las consecuencias más duraderas de la pos guerra. Que la muerte de Castro coincidiera con el lanzamiento de Blue & Lonesome no puede considerarse en absoluto un plan de propaganda (ni comunista ni stone) sino una brutal coincidencia de la historia. Quizás no me hubiera puesto a pensar estas cosas si los Stones hubieran sacado otro de sus intrascendentes discos de material nuevo (parece que tienen algo para 2017, yo desearía que cierren acá porque ESTO es perfecto) pero el hecho de que muchos de los blues que eligieron hayan sido grabados entre 1957 y 1961 vuelve todo a ese origen donde, por razones muy distintas, tanto los guerrilleros de la Sierra Maestra como los bárbaros “representantes de una juventud brutal, delincuente, drogada” (así escrito en el diario La Razón, 1965, quizás la primera vez que se los nombró en la prensa argentina ) se volvieron emblemas de las juventudes del mundo que envejecieron con ellos y que a la vez renovaron en los que vinieron después la promesa del hedonismo y del socialismo como formas de vida. En esta extraña coincidencia se avisora una fantasía pop: la música vetusta de Blue & Lonesome parece haber sido compuesta para sonar en las radios de las obsoletas pero admiradas máquinas del parque automotor de La Habana frizado en los años 50. ¡Música de blues de los Rolling Stones para los Oldsmobile 52’ de la Revolución chico! Al fin y al cabo los blues de Howlin Wolf, Jimmy Reed, Willie Dixon y Little Walter son contemporáneos del mambo y la rumba pre-Castro y sus letras ostentan el mismo nivel de machismo presente en otras músicas populares americanas como el tango, las rancheras mexicanas y el bolero. Del mismo modo, los Stones consiguieron tarde pero seguro su lugar en la isla comunista mientras la censura se ocupaba de males contemporáneos como el reggaetón ( con especial celo por el “perreo”) de la vecina (y capitalista) Puerto Rico (saldado luego con la colaboración entre Calle 13 y Silvio Rodríguez). Ni ellos ni los Castro eran ya los bárbaros, está claro.

Haber pensado en el Che Guevara y en Brian Jones como role models de los 60’ iracundos es una elección que habla de aquello que no duró ni en la Revolución ni en los Rolling Stones pero que, al mismo tiempo, es inescindible, en cada caso, de su mística. El Che Guevara consiguió un lugar mucho más duradero en la iconografía pop que Brian Jones pero basta asomarse al archivo (nada de Google aquí) para encontrar publicidades de pósters en la revista Pinap (1969) donde el revolucionario y el rocker comparten cartel como flamantes santos pop junto con Alain Delon, Donovan, Beatles, Manal y The Tremeloes (¿?). Ponerlos a jugar en un mismo nivel es también reflexionar sobre las derivas del socialismo latinoamericano y la psicodelia. Sobre el extravío de Guevara, aislado por La Habana, en la selva boliviana y el de Brian Jones, expulsado sin piedad del núcleo Jagger-Richards, buscando reinventarse como un antropólogo salvaje en las montañas de Marruecos con The Pipes of Joujouka. Exilios extremos de la calle principal se diría parafraseando el nombre de, quizás, el mejor álbum que grabaron los Stones en toda su carrera: Exile on Main Street (1972).

En los días en que iba a las disquerías a buscar el “nuevo disco de los Rolling Stones”, las bateas de “progresiva nacional” ensancharon su horizonte de Charlys, Nitos, Leones, Flacos, incorporando música de lo que se conocía como “nueva trova cubana”. En esos años en que unos meses parecen siglos el look “stone” (hablamos de moda, claro que sí) que se había desarrollado en una Buenos Aires aislada del mundo durante la dictadura fue perdiendo su rigor dandy pop para confundirse con un neohippismo que incorporaba hitos del pret a porter revolucionario como el morral verde oliva y la boina del Che y anunciaba desde lo visual el regreso de la vida política. Mi momentum con la nueva trova cubana fue la escena dramática de “Darse Cuenta” (Alejandro Doria, 1984) musicalizada con “La Maza” de Silvio Rodríguez vista casi en simultáneo con Let’s Spend the night together, la película de Hal Ashby que registraba los shows de los Stones de la gira por Estados Unidos en 1981. La pregunta por el Che y Brian Jones tiene que ver también con ese momento en que tanto la Revolución cubana como los Rolling Stones representaban opciones antagónicas de un pasado común. De esa Cuba que, en los últimos años de auxilio soviético, seguía proyectando la ilusión antiimperialista de la progresía latinoamericana y de esos Stones que seguían vendiendo rebeldía a la medida de un capitalismo que ensayaba su estocada final (The Reagan Thatcher Experience) sobre el Welfare State se dibujaron en Buenos Aires dos estereotipos contemporáneos: el psicobolche y el rollinga. Ese cruce naturalizado hoy en la tapa del libro Cuba Stone (crónicas sobre la visita del grupo a La Habana) que muestra a un Che Guevara con lengua Stone (pobre Che, che, qué manera de explotarlo) fue formulado desde abajo por el público de La Renga a mediados de los 90 con una canción de cancha (utilizando el hit “La Mamadera” del bailantero Badi) que hacía convivir, sin fisuras, guevarismo y rockismo.

“UNA BANDERA QUE DIGA CHE GUEVARA, UN PAR DE ROCANROLES Y UN PORRO PA’ FUMAR” 

¿Un porro para fumar en las filas del Che Guevara? ¿Rocanroles entre camaradas? ¿Acaso lo pensaron? En los días del guevarismo real del E.R.P semejante desvío hubiera sido penalizado con la expulsión y la autocrítica más severa. En los 90, sin embargo, aquello que Pappo, contemporáneo de la psicodelia y la revolución, separaba claramente (la guitarra y la ametralladora; la guerrilla y la paz) podía juntarse en esta confusa mezcla de hedonismo (los rocanroles, la marihuana) y militancia (la bandera del Che) retro. Si hay algo con lo que pueda entenderse lo que le pasó al rock argentino en los 90 está en esta canción anónima del público de un grupo con bajísimo nivel discursivo como La Renga. 

La pregunta sobre Brian Jones y el Che Guevara quizás adquiera todo su sentido en Buenos Aires, ciudad tan estremecida por la Cuba de Fidel como por la cultura rock anglosajona. Y es ahora, con la salida de este volumen de blues que Pappo hubiera celebrado largamente como el triunfo de sus convicciones estéticas, que volví a pensar en su significado profundo. Ahora que Fidel está muerto y que los Stones volvieron todos los relojes al principio de la historia. 

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Estos Rolling Stones que conjuran el misterio de los blues como druidas urbanos han hecho uno de los discos más políticos de su extensa carrera. “Hate to see you go” es propalada en las radios regalando un fantástico viaje a ese rythm&blues áspero que rivalizaba con el Mersey beat y que, escuchado hoy, con un Jagger fantasmático y un ensamble iridiscente como mercurio puro, le da a estos blues de desamparo amoroso y vida dura una profundidad a la que los Stones cachorros se mueren potros sin galopar no podían acceder. En tanto, leemos acerca de la herencia de Fidel Castro (¿dejó un hospicio dickensiano a la deriva o salvó a los dickensianos de la historia de una vida indigna?) pero también estamos en la previa de un cambio de guardia imprevisible en los Estados Unidos, ahí frente a Cuba. Blue & Lonesome es el disco de los Rolling Stones editado para despedir la administración del primer premier negro en la historia de Estados Unidos y recibir al extravagante Donald Trump, triunfo que estrena la era de la “post-verdad” en la política. Los Rolling Stones, sobre todo Jagger, que podrían ser parte de esa “elite” liberal (en el sentido yanqui, claro) del que, se dice, se tomó revancha el “pueblo” norteamericano, están otra vez tocando la música de una comunidad que ni siquiera había alcanzado la plenitud de sus derechos para cuando grabaron el primer disco en 1963. En la misma semana del lanzamiento de Blue & Lonesome, el presidente magnate iniciaba una especie de gira de agradecimiento (“Victory Tour”, como si fuera un rockstar) por el mid west blanco que le confió sus temores, recelos y paranoias a este sheriff gigoló. Lo que la música de los Stones está diciendo ahora es que Norteamérica en manos de Trump podría parecerse demasiado al lugar donde estos blues eran casi clandestinos. Por eso hay menos nostalgia en lo que suena que alarma; por eso es que estos blues nos interpelan como si hubieran sido escritos hace diez minutos. 

Estridentes, chillones, con las guitarras de Richards y Wood en trance de distorsión abstracta y el impasible Watts marcando el tempo con golpes sobrecogedores, el látigo del esclavo sobre el amo, empujando la voz y la obsesiva armónica de Jagger al límite. Así suenan los Stones en Blue & Lonesome: como la intelligentsia nunca los terminó de tolerar. No es este un disco de blues etiqueta negra en absoluto.

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El pintor Alfredo Prior (1952) y su hermana escucharon en un garaje, hacia 1968, “Sargeant Pepper” de los Beatles y “Sus majestades satánicas” traídos del Uruguay. La influencia del opus psicodélico de los Stones en la pintura de Prior es notoria pero, como muchos de su generación, se desentendió tan pronto como en los 70 de los vaivenes de Jagger & co. El lunes siguiente al lanzamiento del disco compartimos un almuerzo en un bar de la calle Juramento, cerca de su casa. Prior dice que después de comer caminará despacio hasta la esquina de Cabildo para hacer algo que no hacía desde 1972: comprar el disco nuevo de los Rolling Stones. 

Gracias a dios, como Patti Smith pidió, vivimos lo suficiente para escucharlo.