Tema del Mes

DICIEMBRE 2016

La Masía china

19 / 12 / 2016 - Por Alejandro Wall

Cómo se construyen los campeones de Shichahai, la zona más vieja de Pekín.

Hay un barrio en Pekín llamado Shichahai, conocido por su lago y por una escuela. En una ciudad milenaria, dicen que Shichahai es símbolo de lo más viejo, un rincón tradicional de la capital china. Pero eso no es lo que importa acá, porque lo que importa acá es la escuela, lo que ocurre adentro de ese edificio, una fábrica de la competición deportiva. La –en inglés- Shichahai Sports School es desde hace mucho uno de los dispositivos chinos para salir a la caza de medallas. Un laboratorio del esfuerzo. Si se ven las fotos, los gestos de los niños y las niñas con los músculos de la cara tensos y hasta algunas lágrimas cayendo por las mejillas, la primera pregunta que surge es si eso es el deporte. Los más críticos sostienen que no y, mucho peor, que hasta casi podría tratarse de una forma de tortura.

Vamos hacia atrás. La escuela Shichahai, la más reconocida de las ocho instituciones estatales para la formación deportiva que existen en Pekín, se fundó en 1958 y, según su página web, atravesó tres etapas. La primera, hasta 1970, como escuela de deportes de tiempo libre para los jóvenes, atravesada por la Revolución Cultural desde mediados de los sesentas, y más subordinada a lo militar. La segunda, como proveedora de talentos para los equipos deportivos y, a la vez, como formadora académica. Y la tercera, desde 1986 hasta hoy, como una escuela técnica que apunta al alto nivel -a crear uno, dos, tres muchos deportistas de elite- especializada en tenis de mesa, boxeo, taekwondo, golf, bádminton, esgrima, gimnasia y artes marciales.

Las niñas y niños pueden ingresar –incluso desde los seis años- por decisión de sus padres, siempre que en la escuela los consideren aptos para alguno de esos deportes, o porque cayeron en las amplias redes de cazatalentos estatales que se despliegan por todo el país. En caso de que sean seleccionados por la Oficina de Deportes de Pekín, tendrán una beca. Si se presentan por cuenta propia –o de sus padres- a las convocatorias, la cuota será de aproximadamente unos cinco mil euros anuales. Un entrenador evaluará –si es que no estuviera claro- qué disciplina es la más conveniente para el pequeño atleta. Y ahí comenzará un recorrido que, aunque planificado, nunca se sabe qué destino puede deparar. Se calcula que sólo en Shichahai hay unos 700 alumnos, con un ingreso de 100 al año y otros tantos que desisten: porque no soportan el esfuerzo -la rutina diaria de cuatro horas dedicadas a la formación académica y otras cuatro de entrenamiento, con mayor intensidad cuando se acerca la competencia-, o porque la escuela evaluó que el rendimiento no era el esperado. De esas viscisitudes depende la permanencia de los chicos.

Llegar a Pekín puede significar llegar al centro de la escena, aunque en el extenso territorio chino hay cientos de escuelas de este tipo que dependen del gobierno, basadas en el modelo soviético de desarrollo deportivo. 

"Realizamos una evaluación general y continua. Hay que ver si el niño entiende bien las indicaciones del entrenador, sus condiciones físicas y, sobre todo, que tengan la mirada limpia", le dijo Gu Yunfeng, instructor de tenis de mesa en Shichahai, al diario El País. Si bien en China la educación deportiva es impulsada desde el período escolar inicial, la clave del empuje en el alto rendimiento radica en estas instituciones, de las que han salido, según los cálculos oficiales, el 98% de los atletas chinos. 

Los oros olímpicos que salieron de Shichahai superan los 50. El equipo de tenis de mesa es un ejemplo de eso. Aportaron cuatro de las 26 medallas doradas que obtuvo China en Río 2016. Ding Ning entró a Shichahai cuando tenía 10 años. Después de una medalla de plata en Londres, fue campeona olímpica en los últimos Juegos. Ma Long, que obtuvo el mismo triunfo, está 1º en el ranking mundial entre los hombres. Pero Río no fue una historia rosa para la fábrica de talentos china. Incluso no lo fue para la delegación de China, que quedó tercera detrás de Estados Unidos y la sorprendente Gran Bretaña, y que cayó en el medallero respecto de Londres 2012 (había conseguido 38 oros), un derrumbe más pronunciado si se toma como referencia Pekín 2008 (se quedó con 51). 

Una de las disciplinas más golpeadas en ese descenso fue la gimnasia, que por primera vez desde Los Ángeles 1984 no consiguió ningún oro. China se quedó con una plata y cuatro bronces, mientras que Japón consiguió dos medallas doradas. El presidente de la Federación Internacional de Gimnasia, el italiano Bruno Grandi, dijo que la clave es que los gimnastas chinos tienen “un estilo robótico”, mientras que los japoneses se vuelcan a “un estilo más occidental, con más armonía, imaginación y creatividad”.

Como sea, la foto de esa decepción acaso haya sido las lágrimas de Shang Chunsong, una de las grandes esperanzas de China, cuando se quedó en el tercer puesto del podio aunque aspiraba a más. Es cierto que Río 2016 fueron los Juegos de Simone Biles, la norteamericana que deslumbró con sus movimientos. Pero Chunsong tiene su lugar, incluso por su historia personal. Nació en 1996 en una de las regiones más pobres de China, ShiYanPing. Hija de dos peones de la construcción, su nombre significa “pino de primavera”, un árbol resistente. Chunsong sufrió desnutrición, algo de lo que nunca se recuperó hasta hoy. Por eso se la ve tan frágil: su cuerpo pequeño no parece el de una chica de 20 años. Pero Chunsong, además de tener un enorme talento es demasiado fuerte de espíritu. Cuando todavía era una niña, su hermano, seis años mayor, sufrió un problema en la vista y quedó al borde de la ceguera. No podía manejarse solo. Y ahí estuvo Chunsong para ser su lazarillo cada día camino a la escuela. Todo fue encadenándose. Porque cuando Chunsong tenía edad para comenzar a entrenar gimnasia, sus padres no tenían el dinero necesario para sostenerla. Su hermano, entonces, con 13 años, comenzó a trabajar para pagarle los entrenamientos. Y ella, con el tiempo, cuando la gimnasia daba sus frutos, le costeó un tratamiento para mejorar la visión.  

Pero aunque su historia de superación merezca ser contada, sobre todo después del bronce en Río de Janeiro, Shang Chunsong no salió de Shichahai como sí lo hizo Zhang Shangwu. A los 12 años, Shangwu fue seleccionado para el equipo nacional de gimnasia. Parecía que iba a llegar muy lejos. En 2001, Shangwu ganó dos medallas doradas en los Juegos de las Universidades que se disputó en Pekín. Tenía 17 años. Unos meses después, sin embargo, comenzarían los problemas. Shangwu se rompió el tendón de Aquiles izquierdo, y esa lesión se convirtió en una pesadilla. No pudo llegar a Atenas 2004. Un año antes ya había decidido retirarse. Sin la gimnasia, Shangwu tuvo que buscar otros caminos: atendió una carnicería y fue mozo. Nada le sirvió. Y un día salió a robar. Cayó preso y pasó cuatro años en la cárcel. Al salir de prisión, la prensa lo encontró mendigando en el metro de Pekín. Su pequeña novela personal terminó cuando la noticia cayó en manos de un millonario chino, que decidió contratarlo como su personal trainer. “Soy uno de los afortunados que atrajo la atención de los medios y de la sociedad, pero en China hay muchos deportistas que han pasado por la misma experiencia que yo”, se quejó Shangwu.

Por estas cuestiones, desde Shichahai hacen hincapié en que no sólo forman atletas, sino que transmiten conocimiento para planificar el futuro profesional más allá de lo que suceda en el deporte. Porque apenas un pequeño porcentaje de esos chicos llegarán a ser grandes campeones, a vivir de la disciplina que eligieron. Si llegaran, necesitarán tener más herramientas que las de la técnica. Pero si no llegaran al final del camino, incluso, todo podría ser peor: significará salir a la calle, al mercado laboral, después de años de haber puesto todo el esfuerzo en el deporte, con una vida casi aislada del resto de la sociedad. 

Para eso, explican, cuentan con equipos médicos y psicológicos. Y sostienen, a pesar de las críticas que se les realizan, que no estimulan una competitividad dramática. Una de las polémicas que rodeó a la escuela ocurrió cuando se supo que una pequeña maratonista de ocho años corrió en menos de dos meses más de 3500 kilómetros. ¿Era un esfuerzo correspondiente para una niña de esa edad? Sus entrenadores dijeron que nadie obligaba a la chica, que a ella le gustaba correr y que practicaba en consecuencia. Lo mismo dijo su padre, que se defendió de las críticas por someter a su hijo a ese entrenamiento. Aunque esas imágenes de niños esforzados pareciera decir lo contrario, en Shichahai, la Masía del deporte chino, aseguran que no hay presión por ganar.Uno de los carteles que se leen en las paredes del instituto apela, de algún modo, a un espíritu que pudieron haber sacado de las páginas de El Eternauta, la obra del argentino Héctor Oesterheld, pero que también forma parte de los principios maoístas: “El héroe individual no existe, sólo el colectivo”.