Tema del Mes

DICIEMBRE 2012

Memorias de un cura villero

13 / 12 / 2012 - Por Hugo Vezzetti

¿Cuáles son las representaciones que configuran cierto estado de la memoria sobre el Padre Carlos Mugica, quien ha proporcionado, para nuestra conciencia histórica, el paradigma del cura villero? Hugo Vezzetti aproxima algunas respuestas a partir de la última película de Pablo Trapero, "Elefante blanco". Firmenich, la Triple A, su asesinato y el "Día del Montonero".

El homenaje dedicado al Padre Carlos Mugica es un tópico destacado y explícito en la película de Pablo Trapero. Revisitada treinta y cinco años después, la acción del cura entre los pobres presenta permanencias (la jerarquía de la Iglesia y los políticos nunca se ocuparon de los pobres) y cambios notables, sobre todo la droga, que organiza las diversas historias. La trama policial reemplaza la política y la ideología: nadie (salvo el obispo, desde fuera) hace política en esa villa.

Pero no me voy a ocupar de la película sino de las representaciones, narraciones si se quiere, que configuran, dentro y fuera del film, cierto estado de la memoria sobre el Padre Mugica, quien ha proporcionado, para nuestra conciencia histórica, el paradigma del cura villero. En la película la evocación de Mugica aparece doblemente. Retorna en lo real, directamente, en retratos, placas, citas. Y retorna en la ficción, sobre todo en el personaje del Padre Julián, el párroco en la villa, que lo imita en la acción pastoral y lo cita. “Señor, sueño con morir por ellos”, es el deseo que se lee junto al retrato de Mugica, en el frente de la capilla. Y en efecto, de modo inverosímil (aun para la trama policial del film) el Padre Julián es ultimado violentamente, antes de su tiempo, y recibe una ceremonia fúnebre en la villa que reproduce las imágenes conocidas del entierro de Mugica en 1974.

Algo se repite en esta segunda muerte del cura villero, la vida ofrendada por los pobres; pero algo cambia radicalmente: muere disparando y mata (al parecer) al policía que a su vez lo mata a él. La secuencia, narrada como un error trágico, evoca a su modo otros tiroteos de aquellos tiempos: Fernando Abal Medina y Gustavo Ramus también murieron disparando contra la policía. Y en su memoria se ha establecido el “Día del Montonero”, una celebración incorporada recientemente a las celebraciones del peronismo en el gobierno.

En la secuencia insólita del cura disparando contra el policía radica la mayor audacia del film. La muerte del mártir o la muerte del guerrero han proporcionado en la larga historia de la moral de Occidente dos configuraciones diferentes y a la vez emparentadas de la vida ofrendada y del triunfo último, la superioridad final y definitiva sobre los enemigos moralmente inferiores. Hay algo chocante en esa superposición de la idea cristiana del martirio, frecuente en muchas de las evocaciones de la muerte de Mugica, con el tópico de las armas y los tiroteos propio del cine de acción.

La película se refiere, en el homenaje final, a la muerte real de Mugica: “A la memoria del Padre Mugica, asesinado el 11 de mayo de 1974. Su crimen todavía no se ha esclarecido”. En ese giro hacia la historia reciente y la memoria encuentro la justificación para abordar los modos en que esa muerte ha sido evocada, interpretada, incluso manipulada, en el presente.

Crónica de una muerte anunciada. En la Argentina de esos años, dijo alguna vez Balbín, se sabía quién moría, pero no siempre quién mataba. Lo más significativo no es que el asesinato del Padre Mugica no esté esclarecido, sino que en verdad nunca se ha hecho nada, desde la justicia y el Estado, en los muchos años de gobiernos peronistas, para esclarecerlo.

Vale la pena un breve repaso de lo que ha sido dicho sobre el episodio. “Entre dos fuegos” (es decir, entre la Triple A y la organización Montoneros) es la figura elegida por uno de sus biógrafos, Martín G. de Biase, para situar el asesinato. En efecto, Mugica se había enfrentado públicamente con López Rega, después de aceptar un cargo de asesor en el Ministerio de Bienestar Social; pero también con Montoneros, a partir del asesinato de Rucci y de la guerra de la organización contra Perón. El 1º de mayo de 1974 el Líder los había llamado “imberbes” e “infiltrados”; los Montoneros se retiraron de la Plaza y Mugica se quedó. En verdad el conflicto había empezado antes: en marzo, la revista Militancia Peronista para la Liberación, que respondía a Montoneros (dirigida por Rodolfo Ortega Peña y Eduardo L. Duhalde), incluyó a Mugica en su “cárcel del pueblo”. Le marcaba sus contradicciones (“conservador progresista”, “oligarca popular”, “revolucionario y defensor del Sistema”), le reprochaba un supuesto acercamiento al lopezrregismo y lo llamaba “cruzado del oportunismo”.

En la web es fácil encontrar diversas intervenciones, con pocos elementos y mucha imaginación conspirativa, que adjudican el crimen a la guerrilla peronista. Parece más sólida la versión que lo carga sobre la acción de la Triple A. En esa dirección, Miguel Bonasso incorpora una hipótesis más inquietante, a partir del testimonio que le ofrece Arturo Sampay, que conocía muy bien al General y su corte: "el asesinato del padre Mugica es la respuesta de Perón al retiro de ustedes en la Plaza. Es una operación maquiavélica, destinada a que los militantes de la Tendencia se maten entre sí. Demasiado inteligente para que se le haya ocurrido al animal de López Rega".

El Padre Mugica temía por su vida. En eso todos coinciden: la muerte no lo tomó enteramente por sorpresa. Según algunos testimonios de allegados y compañeros de militancia pensaba que la amenaza provenía de López Rega. Pero hay otros testimonios, de Jacobo Timerman (que lo escribió inmediatamente) y Antonio Cafiero (a posteriori) que dicen que, pocos días antes, pensaba que podía ser muerto por Montoneros. Es posible que en el instante último, cuando daba la vida por su causa, el Padre Mugica no supiera de dónde partían las balas. En esa incertidumbre se encierra el núcleo más trágico de una guerra civil entre peronistas que arrasaba con el trabajo social o político que se desplegaba en los barrios y las villas.

La relación del Padre villero con Montoneros es bien conocida. En su camino de radicalización religiosa y política, Mugica coincidió con Carlos Ramus, Fernando Abal Medina y Mario Firmenich, a los que conoció en su trabajo en la Acción Católica del Colegio Nacional Buenos Aires. Participó con ellos en una misión pastoral y de acción social en Tartagal. En contacto con la extrema pobreza y con la explotación el grupo maduró su decisión de tomar las armas. Mugica alentó ese camino inicialmente pero luego desistió de recorrerlo. Graciela Daleo proporciona un testimonio de ese tiempo: “Carlos nos había dado cuerda.., nos había dado elementos como para avanzar; junto con él pusimos en marcha una locomotora que siguió adelante; y Carlos se bajó en un punto del camino”.

Después del asesinato de Aramburu, cuando Abal Medina y Ramos murieron en el enfrentamiento de William Morris, Mugica ofició una misa y pidió por ellos: “que no hayan muerto en vano”, dijo; y llamó a luchar “por la justicia, por la fraternidad, para que todos en nuestra patria, sin explotación, sin marginación de nuestros hermanos, los pequeños, los pobres, los humildes, podamos constituir esa Patria grande... en la cual seamos hermanos". Estuvo detenido un tiempo por sus relaciones con el grupo, pero siguió solo, acompañado por los pobres de la villa a los que se dedicó. “Estoy dispuesto a morir pero no a matar” es una cita de Mugica que ha sido repetida. La razón última de sus diferencias con la guerrilla montonera sobreviene después del retorno de Perón, cuando ya gobernaba el justicialismo: “es la hora del arado y de dejar las armas”, dice.

En las memorias de Mugica, de su vida y de su muerte, se anudan muchas de las ambigüedades, los conflictos y las amnesias de la experiencia de esos años, sobre todo en el imaginario del peronismo. ¿Qué hacer con ese conjunto revuelto de recuerdos, odios, filiaciones? En 1995, veinte años después del asesinato, Marta Mugica, hermana de Carlos, echaba a Firmenich de una manifestación que lo recordaba en las calles de Buenos Aires. Las cámaras de la televisión registraron el momento. No lo acusaba del asesinato sino de la violencia: “Usted hizo mucho daño al país…”, decía. Firmenich se negaba a retirarse y se declaraba “discípulo del Padre Mugica”. Finalmente, agredido por los asistentes, mayormente villeros, optó por abandonar el terreno. En ese tiempo, Hebe de Bonafini lo acusaba por su relación con Massera y por “los jóvenes que mandó a la muerte”.

Todo está en la web. También el documental de Gabriel Mariotto y Gustavo Gordillo realizado años después, en el que Firmenich, convertido en testigo estrella, ve realizado su anhelo de ser presentado como discípulo, un poco rebelde, del Padre Mugica. El documental ha sido proyectado en el aniversario del año pasado, el 11 de mayo, en la villa 31. En presencia del Ministro de Trabajo, Carlos Tomada, de la ex Ministra de Seguridad, Nilda Garré, de Juan Cabandié, presidente del FPV en la Legislatura porteña, y del diputado Andrés “Cuervo” Larroque, secretario general de La Cámpora, Gabriel Mariotto, uno de los directores del documental y ahora vicegobernador de la Provincia de Buenos Aires, cerró el círculo sobre el presente y aseguró que en la Casa Rosada “habita el espíritu de Carlos Mugica”.

La memoria siempre se escribe y reescribe retrospectivamente; así se renueva, se recrea, incluso se inventa, el pasado. El destino trágico del Padre Mugica puede ofrecerse como un problema para una conciencia histórica que se plantee las preguntas acuciantes de una comunidad política (sobre el peronismo, la violencia, la militancia, los cruces impensados entre política y religión) o puede ser la materia con la que un aparato de propaganda descarga su poder material y simbólico para sellar una identidad y una pertenencia sin fisuras. Si el asesinato lo cometieron los “otros” no hay nada que indagar ni por qué preocuparse. Ahora es posible celebrar en el mismo registro la memoria del padre Mugica y el día del Montonero.