Tema del Mes

DICIEMBRE 2012

La negación del valor de la vejez

13 / 12 / 2012 - Por Gustavo Schujman

En otros tiempos llegar a viejo era llegar a una posición respetable. Hoy eso no está asegurado. No alcanza el lugar que uno ocupa o la edad que uno tenga para obtener alguna consideración especial o algún poder sobre los demás. Para mal o para bien, hoy es necesario construir una figura que se vuelva respetable. Somos nosotros, los adultos, quienes tenemos que asumir un compromiso contracultural en favor de los viejos.

A comienzos de los años 70, Italo Calvino publicó un bello libro titulado Las ciudades invisibles. Esta obra está compuesta por relatos de viaje que Marco Polo hace a Kublai Kan, emperador de los tártaros. Son viajes ficticios y las ciudades relatadas por Marco Polo son producto de la imaginación del autor.

Calvino, en una nota preliminar al libro, dice que son “ciudades imposibles” y “no reconocibles”.  Me permito discrepar con él. Que sean inventadas no significa que sean imposibles. Que sean imaginadas no implica que sean irreconocibles. Una de esas ciudades es Leonia. En el relato de Marco Polo podemos leer: “La ciudad de Leonia se rehace a sí misma todos los días: cada mañana la población se despierta entre sábanas frescas, se lava con jabones apenas salidos de su envoltorio, se pone batas flamantes, extrae del refrigerador más perfeccionado latas aún sin abrir, escuchando las últimas retahílas del último modelo de radio. En los umbrales, envueltos en tersas bolsas de plástico, los restos de la Leonia de ayer esperan el carro del basurero (...) Más que por las cosas que cada día se fabrican, venden, compran, la opulencia de Leonia se mide por las cosas que cada día se tiran para ceder lugar a las nuevas. Tanto que uno se pregunta si la verdadera pasión de Leonia es en realidad, como dicen, gozar de las cosas nuevas y diferentes, y no más bien el expeler, alejar de sí, purgarse de una recurrente impureza. Cierto es que los basureros son acogidos como ángeles, y su tarea de remover los restos de la existencia de ayer se rodea de un respeto silencioso, como un rito que inspira devoción, o tal vez sólo porque una vez desechadas las cosas nadie quiere tener que pensar más en ellas”.

El sociólogo Zygmunt Bauman comienza uno de sus libros (Vidas desperdiciadas) hablando de Leonia y preguntándose (junto al forastero Marco Polo) cuál es la producción básica de esa “ciudad invisible”: ¿Las cosas encantadoras y completamente nuevas, tentadoramente recién salidas y seductoramente misteriosas? ¿O más bien los montones de basura, que no dejan de crecer? ¿Se tiran las cosas por su fealdad o son feas porque se las ha destinado al basurero?

Por supuesto, es fácil hacer la analogía entre esa ciudad y nuestra sociedad actual. Lo que impera en ambas es la llamada “sociedad de consumo”.  Esa es la lectura más directa y sencilla. Sin embargo, sería un error pensar que ese “consumo” es sólo de cosas materiales o que los desperdicios que se van acumulando son sólo desperdicios de objetos concretos, tangibles.  En efecto, el culto a lo nuevo es también el culto a la juventud y la preferencia por todo lo que sea “juvenil”. En este contexto, lo viejo, lo ya conocido, lo “pasado de moda”, es inútil, superfluo, innecesario, indeseado.

Basta ver el bombardeo de publicidades y mensajes mediáticos que nos hablan de la necesidad de mantenernos jóvenes al precio que sea. Y la venta de ilusiones a través de anuncios de cosméticos, particularmente de cremas antiedad, que logran el milagro de hacer desaparecer las arrugas. Ilusiones que nos llevan, más temprano que tarde, al desencanto y la desilusión. 

Por supuesto, lo que nos muestra Leonia es una cultura. Sus habitantes esgrimen una conducta ligada al “afán de novedades” y al desprecio por lo que ha dejado de ser nuevo. Esta conducta, si bien muy influenciada por el medio, no es propia de autómatas sino de sujetos capaces de pensar, de reflexionar sobre sus modos de actuar y de cambiar. Los desperdicios que se generan en Leonia podrían dejar de producirse si sus ciudadanos dejaran de comportarse como lo hacen. Pero para que ese cambio sea posible es necesario reconocer la propia responsabilidad en la construcción de ese estado de cosas que se ha ido consolidando.

Lo mismo cabe decir de nuestra sociedad y de nuestros modos de comportarnos socialmente. No es que sea una tarea sencilla hacernos cargo de lo que nos toca en la reproducción de aquello que cuestionamos cuando hacemos uso de nuestra razón. Pero es una tarea necesaria.

Nuestros valores están fuertemente influidos por la sociedad en la que vivimos. Pertenecemos a una época y a una cultura determinada y nuestra apreciación de las cosas se ajusta, en buena medida, a pautas y criterios que no inventamos sino que nos son dados por los que viven con nosotros. La mayoría de nuestros valores no son creados por nosotros sino que suelen coincidir con valores grupales, familiares, sociales y nacen de la interacción con los demás. Pero esto no nos exime de nuestra indelegable responsabilidad sobre nuestras maneras de valorar y, fundamentalmente, de actuar.

Se hace realmente difícil entrar en la vejez y aceptarla, dentro de este clima en el que ser viejo es empezar a ser desconsiderado o excluido. Y se hace muy difícil lograr, cuando ya somos viejos, ser escuchados y reconocidos como sujetos que han ido construyendo un saber a partir de la propia experiencia.

Pero no es justo echar culpas a los niños o a los adolescentes. La responsabilidad respecto del modo de valorar (o desvalorizar) la experiencia de las personas mayores es primordialmente una responsabilidad del mundo adulto. Somos nosotros, los adultos, quienes tenemos que asumir un compromiso contracultural en favor de los viejos. Y son los mismos viejos quienes tienen que asumir la responsabilidad de erigirse en autoridades nutritivas y orientadoras para niños y jóvenes, sabiendo que la autoridad actual ya no puede ser la autoridad tradicional conservadora representante de las antiguas costumbres o valores del grupo al que se pertenece, y reconociendo que ya no es posible constituirse como autoridad sosteniendo que algo es valioso porque “siempre” lo fue.

En otros tiempos llegar a viejo era llegar a una posición respetable. Hoy esa respetabilidad no está asegurada. Como en otros ámbitos, hoy no alcanza el lugar que uno ocupa, el rol que uno cumple, o la edad que uno tenga, para obtener algún valor adicional, alguna consideración especial o algún poder sobre los demás. Para mal o para bien, hoy es necesario construir una figura que se vuelva respetable. Y no alcanza lo vivido para que haya experiencia. La experiencia es, como dice Beatriz Sarlo en Tiempo pasado, “lo que puede ser puesto en relato, algo vivido que no sólo se padece sino que se transmite". La experiencia es el pasaje de lo puramente subjetivo a lo social instalado en el lenguaje. Es decir, es necesario transformar lo vivido en relato y discurso dignos de ser escuchados.

¡Qué desafío! Si logramos llegar a viejos, tenemos que intentar llegar enteros. Esto no significa llegar sin achaques, sin limitaciones físicas, sin debilidades. Llegar enteros significa llegar plenos, conscientes de que la vejez no es un problema (o no es sólo un problema) sino una oportunidad de vivir de otra forma, de sacar el máximo partido de las propias capacidades.

Hoy es sumamente difícil concebir la vejez de este modo, justamente porque la cultura actual debilita nuestra autoestima cuando llegamos a viejos, y porque no nos han educado para enfrentarnos a las limitaciones que trae consigo el paso de los años. Pero que sea difícil no implica que sea imposible. Y, por las mismas razones ya expuestas, es un desafío necesario. 

Sobre los modos de concebir la vejez, siendo ya viejos, hay al menos dos posturas bien diferenciadas: la de quien reconoce los límites que impone la edad pero que no los acepta, cayendo en la melancolía y en el mundo de los recuerdos (expresada por Norberto Bobbio en su libro De senectute). Y la de quien ve en la vejez una etapa diferente de las anteriores, en la que se pueden desplegar capacidades y proyectos no experimentados con anterioridad. Esas capacidades suelen ser, como afirma Rita Montalcini en su obra El as en la manga, las capacidades mentales o intelectuales.

Esta segunda manera de concebir la vejez es la más apta para lograr la consideración y el respeto de los demás. Pero para poder vivir la vejez en plenitud, hay que prepararse para ella pues los recursos que necesitamos y que valen en la vejez se obtienen mucho antes. Por eso, educar para la vejez es anticiparse a sus problemas y fortalecerse para llegar a viejos sin estar completamente apabullados por las limitaciones y condicionamientos propios de la edad. Esta educación para la vejez, que debiera ser propuesta por los adultos a los niños y a los jóvenes, implica la reversión de la cultura “leoniana” que hoy impera e incluye el reconocimiento y la valoración de aquello que los viejos puedan aportar a este mundo siempre dinámico y cambiante.