Tema del Mes

FEBRERO 2013

Entre la decadencia y la tugurización

11 / 02 / 2013 - Por Gonzalo Aguilar

En esta entrevista, el arquitecto, historiador y especialista en urbanismo Adrián Gorelik (Buenos Aires, 1957) habla sobre las cuestiones más urgentes que presenta la expansión del área metropolitana de Buenos Aires: villas, ciudades-archipiélago, Puerto Madero y Costanera Sur. ¿Erradicación, urbanización o una tercera posición?

-Quienes viajan periódicamente por la Autopista Illia han visto a lo largo de estos años el crecimiento sostenido y caótico de la villa 31 con edificios de hasta cinco pisos en una zona excelentemente ubicada de la ciudad. ¿Cuáles son las razones por las que crece tanto la villa? ¿Tan grave es el problema habitacional en Buenos Aires? ¿Hay una política destinada a regular o a darle forma a estos cambios?

-El problema habitacional es muy grave en Buenos Aires, y tiene varias manifestaciones además de la más llamativa que produce la incrustación de la villa miseria en sectores urbanos de alta calidad y valor inmobiliario, como Retiro (o San Isidro, porque vale la pena aclarar que estos problemas involucran siempre a la Buenos Aires metropolitana, más allá de los límites jurisdiccionales entre Capital y Provincia). Aunque es un fenómeno muy difícil de cuantificar, todos los estudiosos coinciden en que la precariedad habitacional y urbana es lo que más ha crecido en las últimas décadas, lo que se puede ilustrar con el contraste demográfico entre los sectores “formales” e “informales” de la Capital: entre los censos del 2001 y 2010, la población total decreció, mientras que las villas miseria dentro de la Capital aumentaron su población en un 50% (de 107.000 a 163.000 habitantes). Más allá de este ejemplo extremo (el Gran Buenos Aires ya no tiene el crecimiento poblacional de los años expansivos, pero todavía crece), lo cierto es que la “informalidad” es el vehículo principal del crecimiento poblacional en toda el Área Metropolitana.

 -¿Dónde se manifiesta más esta informalidad?

 -Sobre todo en la proliferación –en el centro-sur de la Capital– de casas tomadas y hoteles e inquilinatos (una institución incalificable apañada por el Gobierno de la Ciudad, que ofrece cuartos insalubres para familias enteras a precios similares a los que pagarían por un departamento en alquiler, si es que pudieran acceder al mercado de alquileres); o en la especie de implosión de muchos barrios populares al sur de la Capital y en el Gran Buenos Aires, que tras su apariencia formal dada por la estructura del amanzanamiento y la regularidad de las fachadas, ocultan un adensamiento de construcciones apiñadas y estrechos pasillos en el interior de cada manzana muy similar al de una villa miseria. Finalmente, el problema aparece con claridad en el proceso sufrido por los “asentamientos” del Gran Buenos Aires; éste es un fenómeno en el que vale la pena detenerse brevemente porque señala muy bien el deterioro del hábitat popular en las últimas décadas. Los asentamientos surgieron a través de grandes tomas de tierras en la década de 1980, como consecuencia de la ley de control de uso del suelo promulgada por la Dictadura que terminó con el mercado de loteos populares (nótense de paso los efectos paradójicos de esa ley 8912, imaginada por técnicos de la planificación desarrollista en la década de 1960 para limitar la “urbanización salvaje” de los especuladores inmobiliarios, pero que aplicada en un contexto de ausencia total de políticas públicas para la habitación popular, terminó cerrando completamente el acceso a la tierra de los más pobres, empujándolos a un nuevo tipo de invasión ilegal: una vez más, la combinación entre planificación modernista y gobiernos autoritarios produjo efectos perversos en la producción del espacio urbano). Lo peculiar de los asentamientos es que, a pesar de reconocer el mismo origen ilegal que las villas miseria, nacieron con el explícito designio de distanciarse de su carácter informal, cerrado, buscando la integración ab initio con los barrios adyacentes a través de su propio trazado (la continuidad de las calles, la manzana cuadrada como trama universal y la división en lotes análoga a la de los barrios formales, frente al plano laberíntico de las villas); como una especie de manifiesto urbano que dijera: tenemos vedado el mercado formal de tierras, pero nuestros barrios no van a crecer bajo el estigma de la exclusión. Sin embargo, el paso del tiempo no ha resultado demasiado favorable a ese impulso integrador: los servicios públicos esperados nunca terminaron de llegar, y las crisis económicas han impedido el sueño del progreso autogestionario, de modo que lejos de consolidar sus cualidades urbanas, afirmando su cohesión con el resto del suburbio, los barrios producto de asentamientos han tendido, en la mayor parte de los casos, a la decadencia y la tugurización.

 -De ahí salieron los movimientos piqueteros.

 -Si se piensa que allí nació el movimiento de los piqueteros, todo esto podría pensarse como una metáfora perfecta del drama de los sectores populares urbanos en estas décadas: como se viene repitiendo desde el 2001, lo que reclaman los piqueteros no es tanto un cambio radical del sistema como su integración en él, pero ya no existe ni el Estado de bienestar ni el mercado que podrían garantizarla; sólo existe el Estado clientelar, que asegura cotidianamente un sustento mínimo, pero también la reproducción de las condiciones miserables, patentes en los paisajes de sus barrios a medio hacer.

-En este problema habitacional, ¿cómo ves el juego de fuerzas entre las políticas de Estado y el mercado inmobiliario?

-El ejemplo de los asentamientos muestra también que el problema no es meramente “habitacional”, es decir, definido por la falta de techo: los sectores populares urbanos tienen en Buenos Aires una larga historia de autoconstrucción de viviendas (todos los barrios populares en la Capital se hicieron así en las primeras décadas del siglo XX, y continuó siendo del mismo modo durante todo el proceso de expansión del Gran Buenos Aires hasta los años 1970). El problema es mucho más vasto e involucra la falta absoluta de políticas de suelo (uso, regulaciones de precios, plusvalías urbanas, etc.). Y eso también lo paga la clase media: los costos del suelo en toda el Área metropolitana han hecho también inaccesible para sus jóvenes la salida de la casa familiar (tanto a través del alquiler, como, por supuesto, del hoy imposible “sueño de la casa propia”). El único mercado realmente existente es el de viviendas ABC1, que crece desproporcionadamente en relación a la demanda propiamente habitacional –sólo empujado por el suceso de los commodities y la necesidad de invertir (un porcentaje no calculado, pero que llega muchas veces al 50% de las “torres country” que se han construido en las últimas dos décadas en toda la zona norte, está desocupado). Frente a eso, las únicas políticas son la provisión de viviendas (el Gobierno Nacional y los provinciales ha producido muchísimas viviendas en todo el país en las últimas décadas), pero realizadas burocráticamente y en completa desconexión de cualquiera de los temas urbanos mencionados, o, en el caso de las villas, las eternas promesas de una urbanización que apuntan mucho más a resolver internas políticas (entre el Gobierno de la Ciudad y el Nacional, y entre ambos y los grupos dirigentes villeros), que a plantear con seriedad, profundidad y continuidad la cuestión de la extrema fragilidad social, urbana y ambiental de la metrópoli. Como se ve, el problema es mucho más vasto que la villa de Retiro. Dicho esto, la imagen desde la autopista, con el fondo de los rascacielos de la Avenida del Libertador, puede ser tomada entonces como síntoma, y desde ese punto de vista es muy significativa y digna de atención, porque es la imagen que pone blanco sobre negro el conflicto mayor que todas aquellas situaciones de precariedad urbana suponen: las centralidad de las desigualdades sociales y territoriales, que cada vez dan más el tono de esta ciudad de Buenos Aires –y recordemos que supo ser durante buena parte del siglo XX una de las ciudades de mayor equidad en América Latina.

-El proyecto de IRSA en la Costanera Sur, al lado de la villa Rodrigo Bueno, parece poner de relieve varios problemas de la Ciudad sobre todo en el choque de un proceso de gentrificación y otro de pauperización en una ciudad en la que escasean los espacios públicos. Además, el proyecto tiene el condimento de haber sido aprobado por el PRO y el kirchnerismo. ¿Qué le criticarías a este proyecto? Ya escribiste sobre Puerto Madero, ¿ves que este proceso es similar? ¿Nos estamos acercando a Rio de Janeiro con las favelas al lado de grandes emprendimientos edilicios?

-De todas las cuestiones involucradas en el conflicto desatado en la Costanera Sur, quiero detenerme aquí en dos aspectos para mí fundamentales: la evidencia de que Puerto Madero ha producido una frontera socio-urbana indeleble en la ciudad, y el hecho de que los conflictos socio-urbanos encuentran siempre entre nosotros una expresión maniquea que, lejos de permitir afrontarlos, los mantienen en estado puro. Sabemos que Puerto Madero marcó un nuevo ciclo en el pensamiento urbano en Buenos Aires: promoviendo la participación de importantes capitales privados en megainiciativas que afectan sectores urbanos de escala territorial, dio comienzo a un tipo de urbanismo que, frente a la idea de plan urbano general guiado por el interés público, se limita a impulsar (y, en este caso, poner en el mercado, ya que eran tierras públicas) fragmentos de oportunidad para los negocios. Lo que no había quedado tan claro hasta ahora, que vemos al Puerto funcionando como pieza urbana, es que haciendo de la política del fragmento su sello ideológico, Puerto Madero estaba al mismo tiempo definiendo una nueva realidad, la de la ciudad archipiélago –y la propia naturaleza del Puerto, de isla de los negocios y el turismo separada de la Ciudad, materializa esa condición fragmentaria de un modo inmejorable. Pero el carácter único que logró el Puerto frente a otros fragmentos de oportunidad, es que inventó un territorio de altísimo valor económico en pleno centro de la ciudad; digamos, para ejemplificar, que es como si se pudiera liberar para los negocios cientos de hectáreas en pleno barrio de Recoleta. Una vez definida esa frontera, todo lo que se haga en su interior es un negocio redondo (no para la Ciudad, sino para los inversores, por supuesto), y el proyecto de IRSA no hace más que aprovecharse de esa condición de enclave, dándole lugar ahora en su interior al imaginario bucólico del country club náutico. La segunda cuestión que quería destacar tiene que ver con la reacción que este proyecto generó entre los sectores progresistas: la defensa principista de la urbanización de la villa Rodrigo Bueno como única solución aceptable. Porque esto señala el modo clásico en que los sectores movilizados de la sociedad civil intentaron reaccionar contra la modernización autoritaria, desde Cacciatore a Grosso, pero que son falsos dilemas con los cuales es muy difícil producir un pensamiento urbano alternativo: modernización versus preservación; gestión centralizada versus participación descentralizada de los vecinos; edificios versus espacios verdes, etc. En el mismo área del conflicto actual, ya padecimos los efectos de este pensamiento antinómico: ante el proyecto de un parque metropolitano que se veía apenas como una excusa para futuros proyectos inmobiliarios, se reclamó la más radical de las no intervenciones, la Reserva Ecológica (y vale la pena confirmar que hoy nada parece más funcional al carácter elitista de Puerto Madero que esa reserva). Hoy asistimos a otro caso similar: la propuesta de desplazamiento de los edificios de Gobierno de la Ciudad a la zona del Borda y el Moyano, leída en clave exclusiva de maquillaje para negocios inmobiliarios, ha desatado una ola de defensa de ese hospicio indefendible, que olvida además décadas de lucha progresista por la desmanicomialización (y, en términos más urbanos, por la recentralización del sur de la ciudad).

-En los últimos tiempos frente a la persistencia de la idea de la erradicación –que ha dado tan malos resultados- se le opone la idea de urbanización, pero no siempre queda en claro qué significa urbanizar.

-En lo que hace al tema de las villas, la antinomia de hoy parece ser erradicación o urbanización. En verdad, se trata de dos posiciones que recorrieron enfrentadas toda la segunda mitad del siglo XX: sintetizando mucho, la primera representa la clásica actitud desarrollista; la segunda, la reacción primero basista y luego dependentista a aquella visión modernizadora. Pero en las últimas décadas, al tiempo que se ha ido imponiendo una aceptación realista de que las villas forman parte constitutiva de los modos de urbanización en las ciudades latinoamericanas y que, por lo tanto, deben ser incluidas en toda visión de la ciudad, desmontando la vieja oposición formal/informal, también se ha ampliado la paleta de instrumentos de planificación con que debe abordárselas junto al resto de la ciudad. Ahora bien, esto supone que ni la erradicación ni la urbanización son malas o buenas de por sí, sino que deberían formar parte de una batería más amplia de opciones en relación a cada situación específica y al modo en que se insertan en un plan general (claro que esto supone la existencia de un plan, que en nuestro medio brilla por su ausencia). No pueden compararse las soluciones posibles y necesarias para casos como Retiro o la Villa 21, con poblaciones que rondan los 30.000 habitantes cada una, con las que podrían pensarse para la pequeña (y bastante reciente) población de la villa Rodrigo Bueno (de unos 2.000 habitantes): si se decretara que la única política progresista es la de consolidar siempre la situación existente, eso supondría un congelamiento del statu quo (y vale decir que no es otra cosa la política de la ciudad archipiélago). La gran diferencia de Buenos Aires con Río (o con Caracas o Lima) en este tema es, por ahora, cuantitativa (y quizás éste sea uno de los casos en que, como escribió Marx, lo cuantitativo puede volverse cualitativo): frente a porcentajes del 40, 50 o 60% de precariedad habitacional e informalidad urbana en aquellas ciudades, Buenos Aires, luego de décadas de crecimiento y consolidación de la miseria, no llega a superar en toda el Área Metropolitana un 15% de su población. Lo que significa que aquí podría existir más margen de maniobra para intentar políticas innovadoras, si hubiera voluntad política e imaginación urbana para ello. Es evidente que algunas políticas exitosas en Río, como la de la Favela Bairro (una política que busca la urbanización de las favelas mejorando los espacios públicos, consolidando la presencia de instituciones y favoreciendo el mejoramiento edilicio) deben ser replicadas en villas como Retiro (y algo así ha propuesto el plan impuesto al Gobierno de la Ciudad por la Justicia en 2010); pero la microdifusión de asentamientos precarios en todo el territorio metropolitano debería convocar otro tipo de soluciones.

-¿Y hacia qué ‘solución’ estamos yendo?

-Mi impresión es que en este caso concreto se va a llegar a la más conservadora de todas, reuniendo salomónicamente las dos situaciones extremas, la de la villa y la del country náutico a pocas cuadras de la Plaza de Mayo. Los sectores progresistas lo van a poder presentar como el triunfo de haber clavado una pica en Flandes, pero para los inversores eso no es demasiado grave: la ciudad archipiélago es ya el escenario de todas sus operaciones, y en última instancia sólo se trata de reforzar las fronteras de cada enclave. Ahora bien, más allá de este caso concreto, creo que la sorpresiva alianza del macrismo con el kirchnerismo en la aprobación de toda una serie de proyectos está señalando varias cuestiones. Por una parte, se ve allí el funcionamiento político de la ciudad archipiélago: ante la ausencia de plan, todo canje de proyectos es posible, porque no se afectan mutuamente. En segundo lugar, la incompatibilidad de los proyectos negociados puso en evidencia una vez más el fracaso principal de la autonomía de la Ciudad: como no se ha conseguido generar una clase política local (y, menos que menos, un espacio público propio), a los actores reales que hacen política en Buenos Aires la ciudad sólo les interesa como escenario transitorio para sus carreras políticas o económicas (y hay otro indicio del fracaso, menor pero significativo: la Legislatura sigue funcionando con la misma lógica que el viejo y desprestigiado Concejo Deliberante, incluso con el detalle de la aprobación masiva de proyectos en la noche del último día de sesión). Finalmente, algo más estructural: el kirchnerismo puede hacer esos pactos con el macrismo sin pagar costos, tanto porque ve la Ciudad como un territorio políticamente perdido de antemano como, más importante, porque los tan denostados años 90 no fueron revisados en lo que hace a las políticas urbanas: en definitiva, Puerto Madero fue un invento del peronismo de izquierda que estaba entonces con Grosso, y buena parte del boom económico de la última década se canalizó a la construcción de torres country en Buenos Aires sin que nadie se escandalizara con ello.