Tema del Mes

FEBRERO 2013

La clase obrera va al paraíso

17 / 02 / 2013 - Por Walter Vargas

Estudiantes de La Plata, buque insignia de los chicos, club admirado por los medianos y repelido por los grandes heridos en el honor. ¿Qué tenía de particular ese Estudiantes que ganó el Metropolitano en 1967 y luego se convirtió en el primer equipo en obtener tres Libertadores seguidas? ¿Jugaba el equipo de Zubeldía y Bilardo realmente bien o se trataba solo de una banda de matones y especuladores?

Desde el nacimiento del profesionalismo, consumado en 1931, y hasta el 6 de agosto de 1967, todos, absolutamente todos los títulos de Primera División fueron patrimonio de los cinco clubes grandes tradicionales. Por estricto orden alfabético: Boca, Independiente, Racing, River y San Lorenzo. ¿Y eso por qué? Por cuatro razones primordiales. Uno: mayor poderío económico. Dos: planteles de calidad copiosa. Tres: tácito beneficio de ingenuidades tácticas. Muy sencillo: si todos los equipos juegan a lo mismo, va de suyo que en la enorme mayoría de las veces ganará el que disponga de superior cantidad de jugadores de técnica sobresaliente. Y cuatro: el célebre argumento del caballo del comisario. Ante situaciones de papas calientes, e incluso no tanto, las manos arbitrales no hesitaban en hacer el trabajo sucio. Lo sufrió Gimnasia y Esgrima La Plata en 1933 y lo sufrieron de forma sistemática medianos y chicos que osaron interpelar la hegemonía de los más poderosos. Francisco Pancho Varallo, goleador máximo de la historia de Boca hasta ser desplazado por Martín Palermo, confesó en su momento que ellos, los players xeneizes, daban por hecho que si las circunstancias lo requerían llegaba una ayuda extra. En la década del 40 se hizo público algo que hoy resultaría intolerable: un árbitro de la AFA constaba al tiempo en la nómina de socios de Boca.

A propósito: en medio de una jugosa charla futbolera con el autor de estas líneas, Roberto Fontanarrosa opinó que buena parte del resquemor rosarino hacia el porteño, o la porteñidad, tiene origen estrictamente futbolero. A decir de Fontanarrosa, los primeros años de Central y Newell’s en los campeonatos de la AFA fueron un verdadero suplicio. Dicho en jerga de tertulia de café: los bombeaban de manera escandalosa.

Volvamos al 6 de agosto de 1967: en el Gasómetro (hoy en vías de recuperación y reconstrucción) el humilde Estudiantes de La Plata hace trizas los libros de la cátedra, moja la oreja de los grandes y se queda con el primer Torneo Metropolitano al cabo de un resonante 3 a 0 a expensas de Racing, el extraordinario Equipo de José que está a pocos días de quedarse con la Copa Libertadores de América.

El Torneo Metropolitano había sido invención del entonces presidente de la AFA, Valentín Suárez, un dirigente vinculado con Banfield desde el punto de vista formal y vinculado con los vientos renovadores desde el punto de vista existencial. Genuino baqueano de la calle, sabio de la tribu, Suárez postulaba que había que dar un salto que contemplara torneos más atractivos y, en lo posible, de puertas abiertas a una impronta federal. De allí emanó el inédito Metropolitano (dos zonas de doce equipos, partidos interzonales que reunieran todos los clásicos en la misma fecha, semifinal y final en cancha neutral) y de allí emanó el Nacional que en ese mismo 1967 convocó a San Lorenzo de Mar del Plata, Central Córdoba de Santiago del Estero, Chaco For Ever y San Martín de Mendoza.

Pero Estudiantes, Estudiantes de La Plata, buque insignia de los chicos, admirado por los medianos y repelido por los grandes heridos en el honor, ¿qué tenía de particular ese Estudiantes que en seis días había ganado tres partidos decisivos y obligaba a que las agencias de noticias internacionales chequearan doblemente la veracidad de la especie? (Nótese que en el Racing subcampeón jugaban, por caso, Roberto Perfumo, considerado el mejor número 2 del Mundial de Inglaterra 66, y Humberto Maschio, el Bocha Maschio, de notable suceso en el Calcio).

Estudiantes, aquel Estudiantes, fue fruto de la corazonada de su presidente, Mariano Mangano, que a comienzos de 1965 declinó la contratación del veterano Victorio Spinetto y se la jugó por un DT joven, todavía novato, pero animal de fútbol y cultor de horas y horas de pizarrón con su compadre y amigo Argentino Geronazzo: Osvaldo Zubeldía, Vasco, Huevo, Zorro, según la confianza de la que se sintiera acreditado quien eligiera emplear tal o cual apodo.

 Originario de Junín, Zubeldía había sido un mediocampista dinámico, pícaro y oportunista, que vistiendo la camiseta de Boca, por ejemplo, se había dado el gusto de tener de hijo a Amadeo Carrizo, considerado por entonces el mejor arquero argentino de todos los tiempos. Ya en el otoño de su campaña, quien era prefigurado como un pichón de gran estratega llegó a escribir una página de Guinness (los sábados jugaba para Banfield en la B y los domingos dirigía a Atlanta en la A) hasta que el llamado de Mangano cambiaría su vida para siempre.

Estudiantes venía de dos campañas muy malas y se sentía urgido de sostener su presencia en Primera y dar cauce a un enorme potencial en las Divisiones Inferiores a cargo de otro visionario de la época, Miguel Ubaldo Ignomiriello, un pionero en lo que hoy se da en llamar entrenamiento de doble turno. Hurgando en las librería de usados de Avenida de Mayo, Ignomiriello había encontrado un texto que aludía al mejor rendimiento de los operarios de las fábricas cuando se parcelaban las horas de prestación y decidió ponerlo en práctica con los planteles de fútbol.

No bien llegado a Estudiantes se dio una empatía natural entre Zubeldía e Ignomiriello, entre Zubeldía y el profesor Jorge Kistenmacher, a la sazón su preparador físico, y se puso manos a la obra. De Sacachispas llegaron el arquero Alberto Poletti y Eduardo Manera, de Sarmiento llegó Miguel Angel López, de Chacarita llegó Marcos Conigliaro y de Deportivo Español llegó un flacucho de nariz prominente, más inteligente que hábil y más volante que delantero: Carlos Salvador Bilardo. Bilardo será entre 1965 y 1970 el amanuense por definición del primordial ideario de Zubeldía, una suerte de DT dentro de la cancha que contribuirá con una impronta de villano que hasta hoy mismo separa las aguas. Para muchos Bilardo fue apenas un futbolista hábil y mañero. Para otros tantos, la encarnación misma del juego sucio, un cultor corregido y aumentado de la máxima maquiavélica de que el fin justifica los medios.

De todos modos, el Estudiantes de La Plata que se constituyó en un hito del fútbol argentino trasciende por lejos las presuntas oscuridades espirituales de Bilardo e incluso páginas tan desafortunadas como la escrita en 1969 en la Bombonera, cuando en pos de la segunda Copa Intercontinental, versus el Milan de Italia, varios jugadores se descontrolaron hasta el límite de la brutalidad e incluso tres de ellos fueron presos a la cárcel de Devoto (y conste que aludimos a tiempos de la dictadura militar cuya cabeza visible era Juan Carlos Onganía, presidente de facto y entusiasta defensor del orden equivalente a la paz del cementerio).

Estudiantes, admitámoslo, jugaba al límite del reglamento. De hecho, Zubeldía contrataba árbitros para que les dieran charlas a sus jugadores acerca de cuál era la frontera de lo permitido y lo prohibido. Por caso, la pérdida de tiempo deliberada. No existía la regla de los seis segundos, se podía jugar la pelota al arquero cuantas veces se quisiera y éste tomarla con la mano, y en esta materia el Estudiantes de Zubeldía le sacaba un campo a todos.

Pero también, no es menos justo reponerlo, fue pionero de las pretemporadas en la Costa, de los entrenamientos de doble o triple turno, de las concentraciones prolongadas y de las llamadas jugadas de pizarrón, sea en defensa o en ataque. En defensa, aceitando la sistemática provocación de la posición adelantada. En ataque ensayando horas y horas córners y tiros libres. Hoy, en pleno siglo XXI, hasta los entrenadores más románticos se ufanan de los frutos del “trabajo de la semana”.

Ese Estudiantes que estableció un antes y un después radical se maceró un par de años antes en sendas giras ricas en laboratorio y juramentaciones: una por Chile y otra por Centroamérica. Un quinto puesto en 1965 y un séptimo puesto en 1966 prefiguraron lo que Zubeldía profetizó en una habitación del Hotel Nogaró en la charla técnica previa al debut frente a Huracán en el Metro 67: “Creo que ha llegado nuestro momento. No somos inferiores a nadie. Si nos mentalizamos, somos humildes y nos esmeramos cada día, podemos ganar el torneo”. La mitad de los jugadores asintieron, entusiasmados. La otra esbozó una sonrisa a medio camino entre la cortesía y la incredulidad.

Lo cierto es que Estudiantes no sólo ganó ese Metropolitano sino que además se constituyó en el primer equipo en ganar la Copa Libertadores tres veces consecutivas (1967/68/69), en el único equipo no uruguayo que dio tres vueltas olímpicas en el mítico estadio Centenario y en el único que se dio el gusto de coronarse campeón del mundo en Old Trafford. En efecto, el 16 de octubre de 1968 un equipo juzgado como pequeño y regional para el periodismo británico dejó con las manos vacías a un Manchester United cuyas dos principales figuras venían de ganar el Mundial 66 con Inglaterra: Nobby Stiles (un pendenciero profesional, el niño terrible del fútbol europeo) y Bobby Charlton, dueño del rango de mejor futbolista inglés de todos los tiempos. Por cierto: en ese Manchester también jugaban quienes gozaban reputación de mejor futbolista irlandés de todos los tiempos y mejor futbolista escocés de todos los tiempos: George Best y Denis Law.

A grandes trazos, ¿cómo jugaba el Estudiantes que constituyó un mojón ineludible en la historia del fútbol argentino? Era aguerrido, disciplinado y compacto: un precursor delpressing. Defendía muy bien, sea con marcaciones estrictas, provocando posiciones adelantadas o estableciendo superioridad numérica, y cuando disponía de la iniciativa aprovechaba al máximo lo que hoy se da en llamar “pelota quieta” o capitalizaba fluidez y aceleración soltando marcadores de puntas y mediocampistas.

También se agrandaba en las paradas más bravas. Lo que se dice una admirable fortaleza mental. Pero una de las virtudes más escamoteadas de este equipo es que disponía de futbolistas de gran técnica. No menos de seis: el arquero, Poletti, de lo más moderno para la época; el lateral Manera, el defensor central Raúl Madero, los volantes Eduardo Flores y Juan Echecopar y el delantero Juan Ramón Verón, un gambeteador electrizante a quien el célebre Ferenc Puskas, que lo tuvo en su plantel dirigiendo al Panathinaikos de Grecia, lo calificó como el futbolista más hábil que vio en su vida.

También, como se dijo, este Estudiantes revolucionario era baqueano en el río revuelto y en la provocación. El doctor Madero, hoy prestigioso médico deportólogo que hace medio siglo integra el staff investigador de la FIFA , admite que no eran “señoritas de liceo”, pero jura que son víctimas de una ecuación intelectualmente deshonesta: se potencian sus costados non sanctos y se les mezquina el elogio a sus gestas. Claro que si a 45 años de aquel primer título de un club considerado chico estamos desandando su  camino, ya estamos hablando de un reconocimiento merecido. Todo lo demás, da tela para cortar y la seguirá dando, puesto que el Estudiantes de Zubeldía goza status de equipo legendario.

Sellada la pretensión de semblanza, permítanme una confesión: en mis casi 35 años de periodismo, he tenido que hacer un plus de esfuerzo por cultivar una subjetividad crítica (la objetividad no es más que una apetitosa zanahoria tras la cual caminar) acerca del célebre equipo de marras. Eso me ha permitido, hasta donde sé, no pisar el palito de la canonización ni de la satanización. Considero que el Estudiantes de Zubeldía hizo más grande al fútbol argentino pero al tiempo rozó límites delicados. Y viceversa. Ahora bien: como los periodistas no bajamos de un plato volador ni estamos vacunados contra ciertas impregnaciones, tampoco me ahorraré confesar que en tanto devoto de la albirroja viví la gesta del 67 con una conmoción copiosa, y por copiosa inolvidable, y que desde entonces porto el orgullo de saber que ese Estudiantes llevó a la clase obrera al paraíso y autorizó a todos, incluso a los más pobres y a los más débiles, a soñar con una vuelta olímpica que en más de cuatro casos se volvió más real que la propia realidad.