Tema del Mes

FEBRERO 2013

¿Grande se nace... o se hace?

18 / 02 / 2013 - Por Oscar Barnade

La consolidación de Vélez Sarsfield se da en el marco de una crisis generalizada de los grandes. Y sirve para disparar una serie de preguntas: ¿se es grande por títulos o por convocatoria? ¿Puede con el tiempo cambiar la opinión generalizada y arraigada en el público de que sólo hay lugar para los históricos cinco grandes?

Algo está cambiando en el fútbol argentino y Vélez Sarsfield es la prueba. Sus éxitos en la escena nacional e internacional en las últimas dos décadas rompieron con todos los moldes. En sus primeros 83 años de historia, Vélez ganó un título, el Nacional de 1968. En los veinte siguientes, entre 1993 y 2012, acumuló trece vueltas olímpicas, ocho campeonatos locales y cinco internacionales. El ciclo triunfal no fue esporádico, como sucedió con otros equipos que también vulneraron la hegemonía de los equipos grandes, como Estudiantes en 1967, o los rosarinos a principios de los 70 y a mediados de los 80, o Ferro entre 1982 y 1984, o Argentinos en 1985 y 1986. Lo sostuvo en el tiempo: primero en los tres años que estuvo Carlos Bianchi como entrenador, entre 1993 y 1996; luego con ocasionales victorias entre 1998 y 2005; y, finalmente, la consolidación desde 2009 con la llegada de Ricardo Gareca. En cuatro años ganó tres de los últimos ocho torneos, fue protagonista en los competiciones internacionales y generó un estilo propio de juego desde la Primera a las inferiores.

La consolidación de Vélez se da en el marco de una crisis generalizada de los grandes. Y dispara una discusión que parece difícil de descomprimir. ¿Grande se nace o se hace? ¿Se es grande por títulos o por convocatoria? ¿Tiene techo el presente de Vélez? ¿Puede con el tiempo cambiar la opinión generalizada y arraigada en el público de que sólo hay lugar para los históricos cinco grandes? ¿Siempre fueron cinco grandes en lo futbolístico, económico e institucional?

Seguro que no toda la historia, pero sí una parte de ella se escribe con las gargantas, con el corazón, con lo que dicen las voces multiplicadas. Los cantos de los últimos años en las tribunas reflejan que la discusión está latente. Los hinchas rivales le cantan a los de Vélez: “Equipo chico la puta que te parió”; “Para ser grande/hay que llenar la popular”; “Olé, olé, olé olá, lo dijo Trotta también Chilavert/ vos sos visitante jugando en Liniers”. Las chicanas son por el poder de convocatoria. Del otro lado las respuestas tienen que ver con los títulos conseguidos: “Para ser grande/hay que ser campeón mundial”; "Aunque el periodismo, nunca lo aceptó/Vélez es un grande, ya lo demostró.../Porque lleva gente y sale campeón.../Y ya festejamos ganando en Japón”. 

La historia del fútbol argentino tiene más de 140 años y la del fútbol organizado, 120. Vélez cumplió el 1º de enero 103 años. ¿Qué lugar fue ocupando Vélez durante casi un siglo? Hay tres etapas bien diferencias: la primera de inserción y permanencia. La segunda, de reconstrucción y crecimiento. Y la tercera, de consagración.

Vélez ingresó en la liga oficial en 1913 y en 1919 llegó a Primera. Después se mantuvo siempre en la categoría superior. No hizo grandes campañas, apenas un subcampeonato en 1919 y un jugador como goleador del torneo en 1920. Por esa misma razón no era un club convocante. En las tablas de recaudaciones siempre aparecía por debajo de la mitad. Pasó de 100 socios en 1913 a 1.260 en 1927 y algo más de 2.600 en el inicio del profesionalismo. El hecho más trascendental por esos años fue la inauguración de la iluminación en el estadio. El 7 de diciembre de 1928, en el viejo Fortín de Villa Luro que tenía capacidad para 16.000 espectadores, se disputó el primer partido nocturno con luz artificial en el país, entre el equipo olímpico de fútbol, que había ganado la medalla de plata en Amsterdam, y un combinado nacional. Cuando se definió el profesionalismo, Vélez no tenía lugar si se decidía armar una liga fuerte de 10 equipos (Boca, River, Independiente, Racing, San Lorenzo, Huracán, Estudiantes, Gimnasia y otros dos equipos más convocantes) pero sí fue uno de los primeros convocados cuando la escisión en nuestro fútbol era inminente y la Liga profesional empezaría con 18 equipos.

A partir de 1934, tras la última fusión y la creación de la actual Asociación del Futbol Argentino (AFA), los dirigentes de los equipo más convocantes querían tener el dominio absoluto de las decisiones. Y crearon el voto proporcional. El 5 de agosto de 1937 –decía el texto oficial- pasaron a tener tres votos “los clubes que tengan más de 15.000 socios, veinte años de participación consecutiva en los torneos oficiales y hayan sido campeón en dos  o más temporadas“. Sólo cinco equipos entraron en esa categoría: River, Boca, Independiente, San Lorenzo y Racing. Desde entonces los medios de prensa empezaron a hablar de los cinco grandes y en 1941 aparece un libro que sella para siempre la categoría de grandes: La historia de los 5 grandes del fútbol argentino, de editorial Castroman y autores varios. En un segundo escalón quedó Huracán (no llegaba a los 15 mil socios), que tuvo dos votos hasta 1942 y tres desde 1942 a 1946. Como se resalta en el texto de Ernesto Provitilo de este mismo dossier (“La épica de resignificar la grandeza”), una publicidad de principios de los años 50 ubicó al equipo de Parque de los Patricios en el pedestal. Los siete grandes del fútbol argentino eran, además de los seis clubes, los cigarrillos Imparciales. Vélez estaba ajeno a esta movida. Era uno de los clubes chicos.

En 1940 descendió y comenzó una nueva etapa, la de reconstrucción y crecimiento institucional. El nombre de José Amalfitani resultó magnánimo en la historia de Vélez. Asumió la presidencia con un club que apenas superaba los 2.000 socios (en 1934 tenía casi 7.000) y que había bajado a Segunda División. Once años después, Vélez había inaugurado el estadio de cemento (1951), se había consagrado subcampeón del fútbol argentino (1953) y tenía 12.000 socios (llegando a 45.000 en 1960). El crecimiento institucional fue sostenido, año tras año. Vélez amplió sus instalaciones, diversificó la oferta deportiva y se transformó en un ejemplo.

A principios de la década del 60, los medios reflejaban que en las reuniones del Comité Ejecutivo de la AFA había un grupo de siete instituciones grandes que tenían peso en las decisiones. El grupo de los siete lo integraban Boca, River, Independiente, Racing, San Lorenzo, Huracán y Vélez. Además, en las tablas de recaudaciones aparecía entre el séptimo y el noveno lugar, eventualmente en un sexto. Cuando se consagró por primera vez campeón, en el Nacional de 1968, un título de la revista Sport, el mensuario de El Gráfico, resumía el presente del club: “A Vélez le faltaba esto: ¡campeón!”. Como Banfield en 1951, Vélez era el club chico de las simpatías múltiples (con la única, y obvia, excepción de los hinchas de River y Racing, los otros participantes del triangular final que definió el torneo). La frase de los futboleros y no tanto, desde esa época y hasta fines de la década del 80, era: “Qué lindo Vélez, me cae simpático, es un club ordenado, modelo, se merece ser campeón”.

Desde la década del 90 Vélez se consolida como un club ganador. Con unos primeros tres años muy fuertes y muy simbólicos para la historia del club. Conquista el torneo Clausura 93 y vuelve a salir campeón después de 25 años. Los hinchas de Vélez todavía recuerdan de qué modo la gente los felicitaba por el logro. Los teléfonos de línea no paraban de sonar. En los bares, en los lugares de trabajo, en la calle, los hinchas de Vélez lucían orgullosos sus remeras y recibían la palmada de aprobación del resto.

Al año siguiente, Vélez redobló la apuesta: ganó la Copa Libertadores y la Intercontinental (Copa Europea-Sudamericana, génesis del Mundial de Clubes). El recelo del resto del mundo futbolístico creció y auguraban el final del ciclo exitoso de Carlos Bianchi. Sin embargo, Vélez ganó otros tres títulos más, dos locales (Apertura 95 y Clausura 96) y uno internacional (Interamericana 96). En este presente de Vélez, además, se impuso la figura de Raúl Gámez, el dirigente más influyente en los últimos veinte años. Gámez explicaba así las metas fijadas: “La única función de los dirigentes no es tener un balance positivo. Uno busca un rédito de felicidad, bienestar del socio y también en el aspecto deportivo. Los dirigentes buscamos el logro de títulos, si se puede, y el conjunto de las actividades sociales funcionando a pleno”.

Y algo más: Vélez logró ser considerado grande a la hora del reparto del dinero de televisión. “Vélez –dijo Gámez- pasó a cobrar lo que cobran San Lorenzo, Independiente y Racing, aunque naturalmente por debajo de Boca y de River. Si bien Vélez no tiene la misma parcialidad que esos equipos, por los títulos que logró y por el plantel convocante, se lo consideró entre los grandes porque la gente lo quería y quiere ver”.

Entre 1999 y 2004 Vélez no ganó ningún título. Sin embargo, en aquellos años extremadamente difíciles para el país, la dirigencia encabezada por Gámez se propuso ganar el “campeonato económico”. En paralelo, el cuidado de las divisiones inferiores como potencial fuente de ingresos fue otra de las prioridades. En poco tiempo los resultados quedaron a la vista de todos. Los últimos cuatro años de Vélez representan la coherencia de una institución modelo. Los últimos dos presidentes (Fernando Raffaini y Miguel Calello) se criaron en el club y se plasmaron como dirigentes de la mano de Gámez. Christian Bassedas se formó como jugador en el club, fue multicampeón, y desde 2009 es el manager. Bassedas fue quien propuso a Ricardo Gareca como entrenador. Un técnico trabajador y de perfil bajo, que renueva sus contratos año tras año. En 2013 ya va por su quinta temporada. Ganó tres títulos locales y ahora apunta al gran objetivo: que Vélez gane su segunda Copa Libertadores.

Si se toma en cuenta sólo la era profesional, Vélez es el quinto equipo con más títulos. Con la última conquista dejó atrás a Racing. Contando toda la historia del fútbol argentino, algo que se está haciendo costumbre, por suerte, desde hace unos años, aún está séptimo con nueve títulos, a uno de Alumni, a 4 de San Lorenzo y a 7 de Racing e Independiente. La historia continúa.

Dos anécdotas de las que fue testigo este cronista en los últimos veinte años son apenas una muestra de que algo está cambiando. En enero de 1997, en Punta del Este, un chico de diez años andaba todo el día con la camiseta de Vélez puesta. Era de la capital de Corrientes. El padre contaba que hacía dos años el pibe había dejado atrás la herencia paterna. Casi diez años después, en 2006, cuando Racing hizo la pretemporada en Mendoza en los inicios de Diego Simeone como entrenador, el grupo de periodistas enviados se tomó un descanso para ir a las termas de Cacheuta. La única camiseta visible entre la gente era una de Vélez. Era el guía de un grupo. Era mendocino. Hacía rato había elegido al equipo de Liniers, a más de 1.000 kilómetros de distancia.

La gente de Vélez se considera grande hace rato. ¿Qué debería pasar para que el resto del mundo futbolístico también se rinda ante todo lo logrado por Vélez? El estadio de Vélez tiene capacidad para casi 50.000 espectadores. Y aunque creció el promedio de hinchas que sigue al club de local (también de visitante), permanece sin tener un poder de convocatoria acorde a su actualidad. No hay dudas de que hay más de 50.000 hinchas de Vélez en todo el país. Ahora, ¿si cada 15 días la gente de Vélez ocupara en casi su totalidad su estadio, entonces sí sería grande por ese poder de convocatoria, aún si comienza un período de años sin títulos? ¿O no alcanzaría y sería presa fácil de los depredadores?

La conquista de títulos en la era amateur fue la primera causa de masividad de los clubes grandes. El exitismo, la contratación de figuras del interior y la cobertura de los medios de prensa extendieron las fronteras del barrio hacia todo el país. La identidad futbolística, desde entonces, forma parte de la herencia familiar. Vélez logró sumar muchos hinchas en los últimos veinte años, pero con un ciclo exitoso similar (y en algunos casos mayores) que el de los grandes en la época amateur, las proporciones de crecimiento son muy diferentes. Además, no tiene un opositor fuerte, un otro del que es necesario diferenciarse. Esa identidad barrial que construyeron Boca-River, Independiente-Racing y San Lorenzo-Huracán. Un ensayo de cambio de paradigma se vive en los últimos años entre Vélez y San Lorenzo desde que Ferro y Huracán descendieron de categoría. El nuevo duelo incluye muertos, partidos suspendidos, prohibición de hinchas visitantes en las tribunas, desfiles de peñas y desfiles de copas. Es lo más parecido al “folclore” de un clásico, con lo bueno y lo malo, aunque históricamente no lo sea.

Por último, la aparición de un crack propio con trascendencia nacional e internacional podría ser un punto de inflexión a futuro. Además de seguir creciendo con títulos y estabilidad económica e institucional, el surgimiento de un jugador diferente, líder, carismático. Un crack de selección, ídolo para propios y extraños, sería un trampolín de popularidad, si es la popularidad la que finalmente mide la grandeza de los equipos. Eso sí, las llamadas y los mensajes en tiempos de nuevas tecnologías no abundan. La costumbre hizo que los hinchas de Vélez no reciban hoy felicitaciones masivas como en 1993 y 1994. Hasta en una redacción se le escuchó decir a un joven periodista de un equipo grande: “Dejen algo para los pobres”.