Tema del Mes

FEBRERO 2013

El mercado de pases: una línea directa con Europa

18 / 02 / 2013 - Por Juan Pablo Moretto

La venta de Jorge Valdano a España en 1975 abrió el camino a la exportación de jugadores argentinos de clubes medianos al extranjero, sin la obligación de pasar antes por Buenos Aires. Y eso configuró la vertiginosa realidad que configura el mercado de pases del fútbol nacional hoy, sus crisis y su pobreza deportiva.

La década del 70, época de horrores en el país, también fue tiempo de bisagras en el fútbol argentino: pocos lo recuerdan, pero en 1975 Jorge Valdano pasó sin escalas de Newell’s al Alavés y sentó, en silencio, las bases iniciales de un escenario diferente al que había regido desde el kilómetro 0 del profesionalismo. Si las transferencias de los jugadores se compararan con los títulos de los clubes, aquel singular viaje de Rosario al País Vasco sería como el torneo Metropolitano 1967 que ganó Estudiantes: una frontera, un antes y un después que casi cuatro décadas más tarde, ya en 2013, también sirve para entender el presente escaso de los clubes grandes.

Esa venta fue un preámbulo en el rompimiento de la cadena natural que enlazaban las trayectorias y las aspiraciones de los futbolistas: de equipo chico a equipo grande y de equipo grande a Europa, o del Interior a Buenos Aires y de Buenos Aires a Europa. El oligopolio de Boca, River, Independiente, San Lorenzo y Racing quedó percudido porque aquella excepción de Valdano se transformaría en regla general en el siglo XXI. Vivimos tiempos en que los chicos ya no están forzados a venderles sus mejores jugadores a River ni a Boca, sino que también tratan directamente con España, Italia o Bélgica. Los grandes dejaron de operar como peajes domésticos y el impacto es doble: lo sufren sus raquíticas realidades futbolísticas y económicas. Es otro factor, uno más, que explica sus crisis.

A 37 años de aquella transferencia pionera, Valdano recuerda que entonces se enfrentó a una sensación ambigua: el desconcierto de no saber si le convenía pasar de inmediato a España o, como cualquier otro jugador de un club “mediano” como Newell’s, forzar un paso intermedio por Buenos Aires. Valdano llamó a César Luis Menotti: el delantero creía que la respuesta del entrenador de la selección argentina sería una opinión decisiva para tener en cuenta, pero el problema fue que Menotti multiplicó la incertidumbre de Valdano. El técnico le dio dos argumentos, uno en contra de la venta y el otro a favor. La tesis por la cual el futbolista debía quedarse en Rosario (y posiblemente esperar una transferencia a Buenos Aires) era que el propio Menotti intuía que, si Valdano seguía jugando en el país, tendría más chances de formar parte del plantel del Mundial 78 (en esa época sólo los futbolistas que jugaban en la Argentina tenían acceso a la selección). Pero el punto de vista inverso, el que lo alentaba a la transferencia inmediata a Europa, también era poderoso: Menotti le confesó que no sabía si a la semana siguiente seguiría en su puesto. “Eso -resume Valdano- no hizo más que confirmar mi incomodidad con respecto a la falta de rigor del fútbol argentino, y entonces acepté el pase”. Valdano inició un éxodo inesperado: los clubes grandes no lo disfrutaron en la cancha ni en la tesorería.

Sin proponérselo, aquel contacto Newell’s-Alavés sirvió de base y de inspiración para que, veinte años después, Lanús, Belgrano de Córdoba o Colón de Santa Fe (tres ejemplos de clubes que entonces se raspaban las rodillas en el ascenso y hoy son protagonistas en Primera) empezaran a vender como antes sólo hacían los equipos grandes. Se duplicó un cambio de paradigma: el proletariado del fútbol argentino comenzó a tejer contactos directos con las instituciones europeas y, en un proceso simultáneo, los futbolistas ejercieron un cambio en sus aspiraciones. Soñar con ponerse la camiseta de River o Boca dejó de ser indispensable. El anhelo pasó a ser Europa. “Los grandes están tomando el ejemplo de los chicos. A falta de recursos y de compras, deben trabajar más y mejor en sus divisiones inferiores”, sostiene Alejandro Marón, el presidente de un club, Lanús, que en los últimos quince años vendió futbolistas a Europa con una cotidianeidad imposible de imaginar en las décadas del 70 o el 80: Ariel Ibagaza, Gustavo Bartelt, Sebastián Leto, Rodrigo Archubi, Walter Coyette y Lautaro Acosta, entre otros, forman parte de una lista que seguramente en los próximos años se agrandará con Agustín Marchesín, Esteban Andrada o Guido Pizarro.

Para los futbolistas de buen nivel, pero lejos de ser cracks, atrás quedaron los tiempos en que Europa no era un paso frecuente sino extraordinario. Jorge Higuaín, ex defensor de Nueva Chicago, Gimnasia, San Lorenzo, Boca y River, recuerda su emoción cuando un equipo secundario de Francia, el Brest, se interesó en su pase. Esa oportunidad no le llegó en un chasquido de dedos: el Pipa ya acumulaba once años de experiencia en la elite del fútbol argentino. “Estoy seguro de que, si yo hubiera jugado en la actualidad, me habría ido a Europa directamente desde Gimnasia, sin escalas previas en San Lorenzo ni en Boca, como sí tuve que hacer en la década del 80. Pero el contexto era otro y también eran diferentes nuestras ideas sobre la carrera de un futbolista. Es un tema que, dentro del contexto de mi familia, hablamos mucho con Gonzalo y Federico”, cuenta Higuaín en relación a sus hijos delanteros, uno figura en España y el otro en los Estados Unidos.

El caso de Gonzalo, incluso, es paradigmático de estos tiempos modernos, tal vez no en cuanto a su club de origen (River, aunque la gestión de Daniel Passarella volvió a realizar ventas ventajosas para el club, como las de Eric Lamela, Lucas Ocampos y Roberto Pereyra) pero sí por la velocidad con la que fue cerrada su transferencia: el Pipita jugó dos años en la Primera División argentina y enseguida emigró al Real Madrid. Aquí sí, en el caso del delantero de la selección, todo sucedió en un chasquido de dedos, como si fuera la esencia, pero al mismo tiempo la maldición, de los clubes grandes: fabricar alguna estrella fugaz que deslumbre lo suficiente para salvar el año económico y maquillar el balance contable de la temporada. Del resto, de los procesos que avalen una identidad coherente con la historia del club, no se perciben políticas tan definidas.

Resulta interesante que, más allá del descenso de River en 2011, de la promoción que San Lorenzo jugó en 2012, y del año en la cornisa que Independiente vivirá en 2013, el periodista Alejandro Fabbri cree que crisis eran las de antes. “En 1984, Boca no tenía camisetas para jugar”, esgrime el conductor televisivo, en referencia a aquel partido contra Atlanta, en la Bombonera, en el que, ante la similitud de colores con su rival, Boca debió improvisar remeras blancas y números pintados con marcadores que, por la transpiración de los futbolistas durante el juego, pronto se borronearon.

Es cierto que, en la actualidad, Boca, River, Independiente, Racing y San Lorenzo renuevan anualmente contratos millonarios con indumentarias deportivas y patrocinadores, pero esas enormes cantidades de dinero resultan cada vez más insuficientes para tapar los agujeros económicos. Y entonces cabe preguntarse: ¿aquellas dificultades de la década del 80 estaban vinculadas a pésimas gestiones transitorias o eran un conflicto de base como sucede ahora? Una lectura primaria sugiere que las raíces de las crisis del siglo XXI parecen mucho más profundas y perecederas, por más que las dirigencias actuales anuncien cada dos o tres años fastuosos contratos con marcas de ropa deportiva y sponsors para las camisetas. Sólo se trata de maquillaje.

La brecha entre unos y otros del fútbol argentino siguió reduciéndose a principios de la década del 90, cuando los clubes chicos comenzaron a exigirles a los grandes un porcentaje por futuras ventas, hasta que, finalmente, en 1995 los tribunales europeos dictaminaron la ley Bosman y la industria del fútbol mundial sufrió un Big Bang: los equipos de Inglaterra, Italia, España, Francia y el resto del continente quedaron autorizados a contratar un número ilimitado de futbolistas con pasaporte europeo. La onda expansiva también llegó a la Argentina y, desde entonces, Boca y River se mantuvieron como la vidriera principal para el mercado internacional, pero definitivamente dejaron de ser la única.

Y ya en este siglo, además, entraron en juego las nuevas comunicaciones, por lo que cualquier club, de cualquier división de la Argentina, encontró la manera de contactarse con diversos captadores de talentos del mundo y mostrarles sus mejores jugadores, incluso de las divisiones inferiores. Hoy sucede lo que antes era imposible: que un joven de la quinta división de Tigre prefiera debutar en su club antes que hacerlo en Boca o en River. “Acá voy a tener más posibilidades de mostrarme porque se exige un poco menos y se puede jugar más tranquilo. Eso genera confianza y, con confianza, sé que puedo conseguir alguna buena transferencia”, le dijo al autor de esta nota un joven de dieciséis años y una zurda prodigiosa. El chico también sueña con la gloria, el prestigio y el progreso, pero su objetivo principal es otro: ser transferido. Por eso continúa cómodo en Tigre: él y varios de sus compañeros están convencidos de tener las mismas posibilidades que los chicos de River o Boca de cautivar a un cazatalentos, pero creen que en su club tendrán, además, mayores posibilidades de llegar a Primera División y mantenerse.

También está el caso de Vélez, que como en casi todo camina un paso adelante del resto: alterna el viejo paradigma de venderles jugadores a Boca y River (Santiago Silva, Leandro Somoza y Marcelo Barovero son los últimos ejemplos) con sus masivas ventas al exterior (Maxi Moralez, Juan Manuel Martínez y Ricky Álvarez). Y una última reflexión respecto a los grandes: nadie puede negar que mantienen su influencia en la agenda de los clubes europeos. River volvió a vender de aceptable a bien en los últimos meses, Boca acumuló millones en la década pasada, Independiente inició la remodelación de su estadio gracias a las transferencias de Sergio Agüero, Oscar Ustari y Germán Denis, y la tesorería de Racing ya festeja las anunciadas partidas de Ricardo Centurión, Luis Fariña y Luciano Vietto.

Pero el problema, para estos clubes, es que estas operaciones dejaron ser un recurso genuino y se convirtieron en un remiendo. Encima la crisis en Europa, la regla del Fair Play financiero que trata de imponer la UEFA y África como continente exportador más barato complican aún más un escenario que antes parecía natural.

“La globalización -concluye Valdano, a 37 años de su venta al Alavés- definió el intercambio de todo, incluido de los futbolistas, en una sola dirección: de los países pobres a los países ricos. De modo que hay un mercado vendedor y otro comprador. Y el mercado, ya lo sabemos, no respeta tiempos”.

Y ahora, también sabemos, tampoco respeta a los poderosos.

Los cambios de poder y dinero, del siglo XX al XXI

Quizás cuando el delantero Julio Libonatti pasó de Newell’s al Torino de Italia en 1925, en la primera transferencia oficial de Argentina a Europa, muchos pensaron que las ventas al exterior se volverían un habitué del mercado. No fue tan sencillo: el fútbol argentino debió construir su patrimonio durante más de cuatro décadas para lograr cautivar a las potencias económicas mundiales. Mientras tanto, se solventó con el mercado local y, sobre todo, con una fuerte estructura en Sudamérica.

Desde 1970 a 1980, el fútbol argentino transfirió 441 jugadores al exterior. Menos del 20 por ciento de esos jugadores tuvo destino europeo. La cifra de pases interclubes casi que triplica a la cantidad de pases al exterior. Es decir, la economía se resolvía de una manera sencilla: Argentina ejercía el papel del más poderoso en Sudamérica y era un imán para todos los jugadores del continente. Y, además, por supuesto, los cinco clubes grandes se ocupaban de estimular constantemente el mercado, con perpetuas compras de jugadores (algunos desconocidos) de ligas del interior y ventas controvertidas al resto de los equipos.

Entre 1980 y 1995, la Argentina transfirió 2702 jugadores al exterior: 630 de esos futbolistas, el 23%, se fueron a Europa. El mercado siguió concentrado en Sudamérica, aunque la brecha entre los equipos grandes y el resto se hizo aún más desigual. En su afán por demostrar esa desigualdad, un diario tituló “Montaña de dólares” y presentó un cuadro en el que exhibía las principales transferencias de esos tiempos. En el top 15, sólo había jugadores de los cinco grandes y sus ventas millonarias a equipos europeos. Entre ellos, Juan Sebastián Verón, de Boca a la Sampdoria por 6.665.000 dólares. Hernán Crespo, Claudio López, Fernando Gamboa, Claudio Biaggio y Javier Mazzoni, entre otros, también en cifras millonarias.

Uno de los ejemplos más claros que denota la desigualdad fue Argentinos Juniors. Fábrica de cracks en los años ochenta y noventa, aunque sometido por las reglas que imponían los poderosos. Hasta 1994, la institución de paternal vendió lo mejor de su cantera y recaudó 15.960.000 dólares, un número escaso teniendo en cuenta que se desprendió de jugadores como el mismísimo Diego Maradona, Claudio Borghi, Oscar Dertycia, Ubaldo Filliol y Pedro Pasculli, entre otros.

La globalización y las nuevas comunicaciones del siglo XXI han cambiado el rumbo del mercado. Eso hace que Denis Straqualursi pase de Tigre al Everton, en un préstamo millonario y una opción de compra aún más millonaria. Eso hace que Paulo Dybala, jugando en la B Nacional, cautive al Palermo de Italia y embolse casi 12 millones de euros.