Tema del Mes

FEBRERO 2013

De Marangoni a Cantero, el cambio cultural

18 / 02 / 2013 - Por Alejandro Wall

Javier Cantero, presidente de Independiente, impuso un sistema de asambleas abiertas, se enfrentó a las barrabas bravas y asegura que la función de un club es social y su misión es integrar: la violencia en el fútbol no sólo se combate con rejas y operativos atestados de policías. Cuán importante es su figura para el deporte actual, contado por un rabioso hincha de Racing.

Supe que Independiente era nuestro demonio un domingo a la tarde en que vi a mi viejo feliz. Escuchábamos el partido por radio sentados a la mesa del comedor de casa, los dos hablándole a la radio, los dos mirando a la radio, como poseídos, cuando el relator nos dijo: “Marangoniiiiigooooool”. Eso entendimos: Marangoni. Mi viejo no tuvo ni un segundo de reflexión: empezó a putear y lo hizo con una de sus puteadas más largas: la reputísima madre que los remil veces parió, gritó, y le dio un golpe tan fuerte a la mesa que tiró la radio. Yo también hice como que estaba muy enojado, me agarré la cabeza, y la verdad es que me ponía muy triste, sí, pero tenía siete años y las cosas del fútbol para mi vida todavía no arrastraban la exageración de la adolescencia. Creo que quería impresionar un poco a mi viejo, mostrarle todo lo hincha de Racing que era.

Estábamos en eso cuando, de pronto, en pleno brote, escuchamos terminar la frase: “… de Raciiiiiiing, gooooollllll de Racing, Independiente dos, Racing dos, Italo Ortiiiiiiiiiiízzzz con desvío previo en la pierna de Marangoni, Racing empata el partido”. La cara nos cambió. Pasamos de putear como locos a gritar el go ldesaforados, a abrazarnos, abrazarnos fuerte, y mi viejo, sacado de la euforia, todavía confundido por el malentendido, me dijo que nos íbamos a festejar -¡festejamos los empates!-, que nos íbamos con mi vieja a comer pizza a lo de José, en Mosconi y San Martín. Con eso entendí todo. Ahí, dándole a la muzzarella con fainá, entendí que buena parte de mis alegrías y tristezas no sólo estarían atadas a Racing sino también a Independiente.

Era el primer clásico que se jugaba desde la vuelta a Primera y, por lo tanto, era mi primer clásico en uso de todas mis facultades. Transité la B con total inconsciencia de hincha, casi con indiferencia, lo admito, y todo mi recuerdo del descenso es mi viejo llorando, entrando por la puerta del frente de mi casa, una puerta que sólo se usaba en casos excepcionales, como que tu equipo descienda. O sea que recién en el campeonato del retorno comencé a tomar nota de ciertas cuestiones. Ese primer clásico cambió mi mirada hacia los hinchas de Independiente. Cuando encontraba alguno, algo que ocurría muy poco -no es chicana, qué se yo, cosas de la vida: sólo tenía a uno cerca, Jorge, un vecino de Caseros- los veía como entes. Voy a decirlo ahora: no entendía cómo es que podían ser hinchas de ese equipo, cómo les podía gustar esos colores, cómo podían tener pasión por algo llamado ¡Independiente!

La identidad de un hincha también se forma por el otro, hay una necesidad ahí, una retroalimentación en la rivalidad. La idea del “no existís”, esa negación infame, queda invalidada cuando el otro es tan importante, cuando también nos mueve las pulsaciones, porque el día en que tu equipo juega con ese otro es un día donde el cielo cambia de color, un día que lo reconocés con sólo levantar la cabeza. Avellaneda, además, es la capital de la desmesura futbolera. Un caso único: dos canchas separadas por dos cuadras, una convivencia a los codazos, casi un conflicto de medianeras.

Así que yo miraba a los hinchas de Independiente un poco fijo, estudiándolos, con desconfianza. Mirá vos, me decía, este pibe se pone contento con los goles de Navarro y juega a la pelota creyendo que es Merlini. Cuando todos sabíamos que sólo se podía ser feliz con Rubén Paz. Ahora que estamos grandes y somos padres responsables vamos a admitir que Independiente te ponía una carta fuerte en la mesa con Ricardo Bochini, que nos parecía un abuelito en la cancha pero que el día de la pizza hizo un gol de antología. Bochini arrancó la jugada en su campo. Independiente hizo un par de paredes hacia la izquierda, Barberón desparramó a dos o tres, y se la tocó otra vez a Bochini en la medialuna del área, casi de espaldas al arco. Bochini, sin marca, acomodó la pelota, se dio media vuelta y la empaló como acompañándola con el pie, como si ahí abajo tuviera las manos. Una bestia. Wirzt, el arquero, se estiró, pero la pelota le pasó por arriba con un dibujo perfecto. Un golazo, que ahora disfrutamos en silencio por YouTube, porque ya no duele. Como disfrutamos al Bocha, el Iniesta argentino, un viejo adversario. Somos capaces de eso, por suerte.

Esos años ochenta eran tiempos en los que Independiente era un club muy vital; un club lleno de músculos. Jorge, mi vecino, me decía que era el Rey de copas, que nunca había descendido, que era el único club de fútbol con escuela de equitación, y que no sé cuánto. Todo me importaba muy poco, salvo el descenso, que además coincidió con que en la última fecha Independiente salió campeón. Tuvieron la felicidad a dos bandas.

El descenso es la piedra más traumática porque sólo tiene el remedio de que Independiente pase por esa experiencia, y es algo que no está en nuestras manos. No manejamos ese destino: ganar más copas y títulos depende de nosotros, quién sabe, pero la posibilidad de ver a Independiente en la B, algo que nos igualaría, depende sólo de ellos. Yo me iba a mi casa y le pedía argumentos a mi viejo, que me decía que dijera que éramos los primeros campeones del mundo, los primeros tricampeones de la Argentina, y que si eso no alcanzaba, entonces, me decía que dijera que tenemos los colores más lindos del universo, que ellos son unos amargos y que nadie llena canchas como nosotros. Y yo iba con eso.

Me acordé de todo esto hace poco en el bar de la sede Independiente, más visitante que nunca, en completo orsai, mientras esperaba que me recibiera Javier Cantero, el presidente del club, el tipo que se convirtió en fenómeno popular por cortarle la cara –y otras especias- a la barra brava. En la pileta climatizada, la gente nadaba y se distendía: un ambiente muy normal, muy ameno, y en el que me sentiría muy cómodo sino fuera porque está embadurnado con el color rojo, porque el escudo del demonio está hasta en la taza del té, y porque durante todo el día -¡obvio!- van y vienen pibes con la camiseta de Independiente. No tengo nada contra ellos, por favor, pero no es el lugar que elegiría para pasar un Año Nuevo con la familia.

Independiente, vamos a decirlo así, ya no es lo que era. Lo que fue. Hace diez años que no gana un título local, y la Copa Sudamericana que consiguió en 2010 se pareció demasiado a un espejismo para un club en crisis. Tiene una deuda que supera los 320 millones de pesos, un estadio nuevo que no termina de construir, y una barra brava que no se resigna a perder sus privilegios. Pero Independiente, además, pelea contra el descenso, su peor pesadilla.

Julio Comparada fue presidente del club durante seis años. En ese lapso, mientras la deuda crecía y se esfumaba la plata de pases millonarios como el del Kun Agüero, la barra brava custodiabalas tribunas y las asambleas de voces opositoras. También sucedían absurdos, como el embargo de la estatua de Bochini por un conflicto con una empresa constructora. Cuando tuve el dato, lo llamé para contarle. El Bocha no lo podía creer: “¡¿Qué?! ¿Me estás hablando en serio?”. Le hablábamos en serio.

Cantero derrotó en las elecciones a Baldomero Cacho Álvarez, ex intendente de Avellaneda, hombre del PJ Bonaerense, que contaba con el apoyo de Hugo Moyano, Comparada y los pesados del paravalancha. Cantero les ganó a todos: al aparato y a la barra. Su política, de movida, fue más profunda que la que se observó en los medios, dedicados a nadar entre lo que flota en la superficie. Las asambleas fueron abiertas, sin la presencia de patotas, y se transmitieron por Internet para que las siguiera cualquiera. En la página oficial, como símbolo de transparencia, se publicaron los nombres de los dueños de los pases del plantel, una información que los colegas de Cantero suelen ocultar.

Lo que todos destacaron, sin embargo, fue su pelea con la barra, que dejó de recibir prebendas e intentó todo tipo de extorsiones, incluso frente a las cámaras de la televisión. Cantero no trató de imponer mano dura, de hablar con palabras gruesas, nada de eso: Cantero rompió con Bebote Álvarez, le hizo frente, pero dijo que la función de un club es social y su misión es integrar, por ejemplo, a esos pibes que encuentran en la tribuna un lugar de pertenencia. La violencia en el fútbol no sólo se combate con rejas y operativos atestados de policías. Cantero contrató a Florencia Arietto como jefa de seguridad y todos hicieron uhhhhhhhohhhahhh, y después de la sorpresa supieron que Arietto es una abogada defensora de los derechos humanos, una mujer que trabaja con chicos en situación de riesgo social, y que llegó para trasladar esa experiencia a lo que sucede en la tribuna.

“Entre los que llevaron al club a esta situación, hay barras”, me dijo durante una entrevista que le hicimos con Jonathan Wiktor; “barras de guante blanco, que son violentos con el club, mucho más de los que practican violencia física”. En su despacho todavía se sentían los fantasmas que habían entrado a apretarlo unos días antes comandados por Bebote Álvarez. Esa resistencia lo convirtió en un héroe moderno para los medios. Pero Cantero, como él mismo explicó, fue un emergente de algo que se mantenía bajo tierra entre los hinchas de Independiente. Fueron ellos -los hinchas genuinos, los socios- quienes empezaron a putear a la barra, los que habían entendido antes que nadie quiénes fueron los que hundieron el club.

Independiente vive por estos días la angustia de la cercanía con el abismo y la certeza es que, en caso de caer, quien se terminará yendo a la B –o quizá ya se fue- es el proyecto de Cantero, lo que implicaría también que se vaya al diablo –uh, sí, al diablo- la posibilidad de que otros puedan seguir su camino. Un camino que, hay que decirlo, en el último tiempo no se sabe a dónde conduce porque la desesperación ante el hundimiento casi siempre lleva a retroceder posiciones. Arietto, la mujer que enfrentaba a la violencia, se fue a principios de año, días después de que Cantero se reuniera con Hugo Moyano, cuyos vínculos con la barra son indisimulables. Los hombres del paravalanchas volvieron a sus puestos en la tribuna, aunque Cantero niega que exista un pacto. Las consecuencias de no ir a fondo, sin embargo, quedaron a la vista: la comisión directiva se partió por las internas y lo que parecía un proyecto homogéneo ahora se ve desdibujado.

El hijo de Grondona, Julio Ricardo, presidente de Arsenal, contó que cada lunes su padre se toma un café con Cantero. Un llamado de Grondona, incluso, fue clave para que Miguel Ángel Brindisi aceptara remplazar a Américo Gallego como entrenador del equipo. En medio de ese pantano, el ex funcionario menemista Guillermo Marconi, hincha de Independiente y secretario general del Sindicato de Árbitros Deportivos de la República Argentina (SADRA), cercano al presidente de la AFA, pidió que sus representados no sean elegidos para dirigir al equipo en cuestión. Si quiso aventar sospechas, generó lo contrario. Todo el combo alimentó diversas teorías conspirativas porque, además, el equipo comenzó a mostrar signos vitales, una recuperación inversamente proporcional al derrumbe de Argentinos Juniors. El pronóstico, a esta hora, quién sabe mañana, es alentador para la comarca roja de Avellaneda.

Hay quien piensa todavía, y más allá de todo, que para salvar al fútbol, para sostener las intenciones de Cantero, hay que salvar a Independiente. Digámosle no a esa idea: para salvar al fútbol podríamos empezar, en todo caso, por desdramatizar el descenso. Acá estamos los hinchas de Racing para hacer nuestro aporte, y los hinchas de River podrán hacer el suyo, y los de San Lorenzo también vendrán. El descenso no es el fin de nada: no sólo no es la muerte, que ya es mucho decir, sino que además es lo más parecido a una reconstrucción: es volver a armar la jugada, como hace el Barcelona y nos gusta tanto.

Cantero todavía tiene el desafío de recuperar un club más allá de sus resultados futbolísticos inmediatos. Nadie dice que será fácil, pero eso sería un verdadero cambio cultural: pensar el descenso como una circunstancia del juego, la peor derrota quizá, aunque no peor que la quiebra de tu club, que el remate de la cancha, que una patota pegándole patadas a tu vida de hincha. Digamos que irse al descenso no es un drama del que no se vuelve, y tampoco es una gran cosa en estos años en los que los grandes ya no son tan grandes y los chicos ya no son tan chicos; años en los que se fue River y, después de algunos vidrios rotos, el mundo siguió andando. Es una sensación de vacío, ah, sí, se experimenta cierto dolor y después volvés. Un club, en cambio, cuesta siglos ponerlo en pie. El día que lo entendamos cambiamos el fútbol.

Es posible que alguna vez suceda. Esta imagen lo demuestra: mientras un grupo de hinchas mayores de edad, gente que vota, que sabe cruzar la calle sola, amenaza de muerte a Luciano Leguizamón después de una práctica, un chico de unos diez años, tal vez doce, se mete entre los cuerpotes, se asoma a la ventanilla del auto del jugador y le pide que le firme la camiseta. Fue lo único que le importó entre las puteadas. Ese pibe llenó de ternura una escena que desbordaba patetismo. Ese pibe sí que entendió de qué se trata el fútbol.

Ustedes dirán que ahora, después de todo, tengo que explotar como un Hulk celeste y blanco y decir que deseo con el alma que Independiente se vaya bien derechito hasta ahí, que se iguale con Racing en el barro tal vez, que sus hijos sientan lo que sentimos nosotros cuando fuimos niños, y así poder ir a cobrarme todas las cuentas de mi infancia con Jorge, mi vecino, y gritar ese empate simbólico con mi viejo como la tarde en que nos fuimos a comer pizza. No, no les voy a dar el gusto. Eso sí: ojalá que gane Cantero, o lo que creíamos que era Cantero, o lo que queríamos que fuera Cantero. El resto lo decidirá el destino, ese señor redondo con forma de pelota.