Tema del Mes

FEBRERO 2013

La épica de resignificar la grandeza

18 / 02 / 2013 - Por Ernesto Provitilo

¿Qué es lo que mide la "grandeza" de un club? Este artículo propone una respuesta aproximativa a estos interrogantes, a través de una detallada historia del fútbol argentino, llena de datos curiosos, desconocidos y controversiales, desde el amateurismo y la fundación de los primeros clubes a la época de la profesionalización y los negocios millonarios.

Grande se nace. O grande “se hace”. O ambas. Y sin embargo, ¿qué es lo que mide la grandeza de un club? ¿Se trata, en realidad, de algo mensurable? ¿Es el arraigo popular el que determina ese valor? ¿O son los éxitos deportivos los que refrendan ese status? Es probable que a lo largo de este texto no encontremos ninguna respuesta concluyente a estas preguntas, pero sí intentaremos desandar el camino cronológico mediante el cual surgió una categoría estática e inamovible, “Los cinco grandes”, casi como si fuera un título vitalicio o un abolengo sagrado que ninguna decadencia podrá socavar.

River descendió a la Segunda División, Boca transitó una década difícil en los años 80, Racing y San Lorenzo también experimentaron un retroceso a todo nivel y actualmente Independiente transita con preocupación un presente que se riñe con su afamada historia. No obstante, ninguno de los cinco grandes perdió su identidad. La idea, entonces, será oscilar entre la génesis de este olimpo y su actualidad en un recorrido transversal que no comienza en 1931, con el profesionalismo del fútbol argentino, sino cuando debe comenzar, en 1891, con la primera liga disputada en nuestro país.

El influjo cultural británico en la Buenos Aires de la segunda mitad del siglo XIX fue ostensible a todo nivel. La inmigración estaba consolidada y, con la presidencia de Julio Roca, el capital del Reino Unido controlaba ferrocarriles, frigoríficos, bienes raíces y demás sectores estratégicos de la economía argentina. Acompañando este proceso también se fundaban colegios británicos y desde allí, en materia de recreación, el fútbol comenzaba a aparecer como la actividad deportiva por excelencia. El 20 de junio de 1867 se juega en el Buenos Aires Cricket Club, muy cerca de donde hoy se ubica el Planetario, el primer partido de fútbol en la Argentina. Un grupo de residentes había creado el “Buenos Ayres Football Club” mediante la participación de los hermanos Thomas y James Hogg, quienes aseguraban que el fútbol era un pasatiempo económico ideal para unir a las clases populares con las acomodadas. Ese primer match fue disputado en un campo de cricket. Lo jugaron los “ingleses locos”, como se los llamó. Para diferenciarse entre sí, usaron gorros azules y rojos.

El fútbol era cuestión de británicos, pero luego de una masiva inmigración a comienzos de 1880 comenzó a extenderse a los criollos. El escocés Alejandro Watson Hutton fue quien trajo desde su tierra las primeras pelotas a Buenos Aires. Personaje vital para explicar este fenómeno, el británico llegó en 1882 a la Argentina y se hizo cargo del colegio Saint Andrew, desde donde impartió el fomento de la cultura deportiva, especialmente el fútbol. Fue un precursor. Las autoridades del colegio no coincidieron con su enseñanza y Watson Hutton se alejó de esa institución para fundar, por su cuenta, el English High School.

Un antes y un después. Desde ese momento, el fútbol dejó de ser privativo de la inmigración sajona y se extendió al resto de la ciudad y de las escuelas, e incluso algunas fábricas empezaron a tener su primer acercamiento. La necesidad de una organización se hizo inminente y la Argentine Association Football League creó el primer campeonato de fútbol jugado en Buenos Aires. El torneo fue ganado por Saint Andrew's School, justamente el colegio del cual se alejó Hutton. El llamado “padre del fútbol argentino” menoscabó a esta asociación y en 1893 nació otra liga que contaba con la participación de Quilmes Athletic Club, Caledonian's, Saint Andrews, English High School, Flores y Lomas Athletic. Este último fue el primer campeón de la flamante entidad.

Allí se establece el momento en que ese apasionamiento inicial, aunque confuso y con reglas poco claras, se convierte en el kilómetro cero del fútbol amateur en Argentina. Fue también en aquel cambio de siglo cuando se gestó el cuerpo de clubes deportivos que hoy dominan el escenario futbolístico, en simultáneo con el crecimiento del interés general en la disciplina. Los periódicos comenzaban a publicar los resultados y realizaban alguna crónica del hecho. Por primera vez, los partidos eran tema de conversación en la tarea laboral y en las reuniones de bar. El impacto cultural había golpeado. El fútbol había ingresado en la masa popular.

Alumni Athletic Club fue fundado formalmente en 1898, aunque sus inicios concretos se remontan a 1893, cuando Watson Hutton crea el English High School. Sin embargo, aunque Alumni es el club paradigmático del amateurismo, su importancia tal vez obture la de otra institución que también marcó el camino, Lomas Athletic, que dominó la corta escena del siglo XIX.

Creado en 1891 bajo el nombre de Lomas Academy, en sus instalaciones también se jugaba al rugby, al hockey sobre césped y al cricket, pero la actividad que más descollaba era el fútbol: Lomas ganó el certamen de 1893 y, seguido a ése, sumó otros cinco títulos consecutivos. Era un equipo casi invencible: de los 60 partidos que jugó durante seis años, ganó 46, empató 11 y perdió 3. Además, Lomas participó internacionalmente contra combinados uruguayos y sus jugadores eran la base del Buenos Aires Team, que enfrentó en varias oportunidades a su par de Montevideo.

En 1899, Belgrano Athletic consigue el campeonato y Lomas comienza a desprenderse del fútbol, internamente desplazado por el rugby. Se trata de un caso curioso porque el proceso general era el inverso: mientras el rugby se iba desplazando hacia sectores de élite, el fútbol cruzaba todas las franjas sociales y penetraba de lleno en los espacios más humildes. Si bien Lomas siguió participando en los torneos de la asociación, su rol dejó de ser hegemónico, con lo cual, al cabo de once años de resultados no tan buenos, se despidió con un catastrófico 0-18 ante Estudiantes de Buenos Aires (con 12 tantos del veterinario Max Susán), en lo que aún hoy es la mayor goleada de nuestro fútbol. En 1909, entonces, Lomas cerró su intervención, pero su huella quedaría marcada: fue, quizás, el primer grande de la Argentina.

Por supuesto que si hablamos de los cinco grandes, ya de este lado de la línea divisoria que se plantea entre el amateurismo y la era profesional en 1931, sabemos a quiénes nos estamos refiriendo. Pero para la etapa anterior también podríamos instalar una categoría similar, posiblemente ociosa y arbitraria, aunque al mismo tiempo descriptiva: “Los tres grandes”: Lomas como el iniciador y luego Alumni y Racing.

En 1898, el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública dispuso que la educación física fuera obligatoria en los colegios nacionales y que, además, se creara en los mismos un “Club Atlético” que pudiera contemplar a alumnos y graduados. El English High School, fundado por Hutton, cumplió como nadie esta disposición. Muchos jugadores que habían competido con el colegio no encontraban un equipo donde jugar y por ello se habían repartido en Lobos o en Lanús. Sin embargo, cuando en 1899 la Asociación Argentina crea una segunda división, muchos de esos players retornaron, entre ellos algunos de los míticos hermanos Brown.

En 1901 se creó una tercera categoría donde debían jugar los menores de 17 años. Era para equipos que dependieran de alguna institución educativa (el temor era que el club apareciera como una “publicidad” del colegio). Para no retroceder hasta esta divisional, el English High School cambia su nombre a Alumni, una denominación que surge por las asociaciones de ex alumnos en los Estados Unidos. Desde aquí la historia ya es bastante conocida. El equipo obtuvo diez campeonatos de primera división entre 1900 y 1911, ganó tres veces la Copa Competencia, se llevó en dos oportunidades la Copa de Honor de la Municipalidad de Buenos Aires, conquistó el torneo internacional Copa de Honor Cousenier, festejó en seis ediciones de la tradicional Chevallier Boutell y fue, además, el primer club argentino en superar a otro internacional: sucedió el 24 de junio de 1906 en el actual Campo Argentino de Polo cuando, ante más de 10.000 personas, venció a un combinado sudafricano.

En Alumni también apareció la primera gran figura del fútbol argentino, Jorge Gibson Brown. Junto a sus hermanos Carlos, Ernesto, Alfredo y Eliseo, la dinastía familiar marcó un hito: los Brown obtuvieron títulos de todo tipo y participaron en la selección nacional, en la que Jorge fue capitán. El “Patrircacho”, así le decían, murió joven, en 1936, cuando tenía 55 años, pero dejó tras de sí una marcada inspiración para toda una camada de jugadores y, como reconocimiento, un club de Misiones lleva su nombre (actualmente, Jorge Gibson Brown milita en el torneo Argentino B).

En 1912, Alumni dejó de participar en los campeonatos de la Asociación Argentina y sus jugadores fueron a otros clubes, en especial Quilmes, incluido Jorge Brown, que ganó otro título en su nuevo equipo. Las autoridades de Alumni, que insistían en afianzar el espíritu amateur de su institución, consideraron que se había llegado a un límite que no querían traspasar. El fútbol se había popularizado enormemente pero al primer gran campeón del siglo pasado no le interesaba usufructuar esa masividad. Y como no incorporaba a ningún jugador que no fuera ex alumno del English High School, el recambio de futbolistas se convirtió en su principal problema: su plantel se fue debilitando. El escaso ingreso de dinero se utilizaba para alquilar un campo donde jugar y además sus dirigentes realizaban obras de caridad, con lo cual en una asamblea en 1913 se decidió disolver el club.

El viejo y glorioso Alumni volvería años más tarde, aunque ya no al fútbol, sino cuando el colegio probó con el rugby y formó Asociación Alumni, el club que actualmente participa en los torneos de la Unión de Rugby de Buenos Aires (URBA). Por lo demás, en materia futbolística y casi evangelizadora, el legado de su camiseta rojiblanca a rayas verticales empezaba a desperdigarse por todo el país: Estudiantes de La Plata, Talleres de Remedios de Escalada, Barracas Central, Unión de Santa Fe, Instituto de Córdoba y San Martín de Tucumán, entre otros ejemplos, imitaron su vestimenta. Alumni, por lo tanto, ingresa en este segundo escalón de grandeza inicial, piedra basal de todo lo que se desencadenaría en el resto del siglo.

Racing, con un pie entre dos eras. El tercer grande de la época amateur funciona también como nexo para la etapa siguiente. Racing Club es la única institución que ostenta ese doble status de ser un grande en el amateurismo y el profesionalismo. Un grupo de jóvenes del Colegio Nacional Buenos Aires creó un club particular para la época: ser un team completamente integrado por criollos. Lo llamaron Football Club Barracas al Sud aunque rápidamente se dividieron y quienes se alejaron crearon el Colorados Unidos del Sud. El 25 de marzo de 1903, sin embargo, pulieron diferencias y partir de una publicación sobre automóviles en la cual se leía el nombre “Racing Club” fundaron el club que pronto comenzó a participar en la segunda categoría.

A partir de su ascenso en 1910, Racing tomó el legado de Alumni y ocupó su lugar hegemónico. Siete títulos entre 1913 y 1919 lo sindicaron como una referencia ineludible. La Academia del Football Nacional, casi una contradictio in terminis si tenemos en cuenta el vocablo inglés con ese criollísimo “nacional”, se diferenciaba del equipo de los Brown en cuanto a su carácter estilístico. La Academia fue el inicio de “la nuestra”, ese juego de toque, vistoso y preciosista que no aparecía tanto en Alumni. Racing, además de conseguir todo tipo de victorias, se destacaba por su fútbol con pretensiones estéticas, de buen trato de pelota. Pedro Ochoa, el Rey de la Gambeta, fue uno de los emblemas de esta manera de sentir el fútbol. Delantero hábil y gambeteador, enloquecía al público con su juego endemoniado, su velocidad y sus goles. Ochoíta, apodo puesto por Carlos Gardel, fue un ícono cultural de la década del 20 y es nombrado en varios tangos de la época, como Patadura, que le dedicó el Zorzal criollo.

Racing, entonces, es una transición que cierra este primer ciclo y abre el siguiente como integrante de este quinteto que le dio forma al fútbol argentino en las décadas venideras. En 1934, tres años después del advenimiento de la era profesional, se crea la Asociación del Fútbol Argentino (AFA). Con las dos asociaciones amateurs anteriores, se notaba que los clubes más populares querían ejercer esa condición de manera más institucionalizada. River, Boca, San Lorenzo, Independiente, Huracán y por supuesto Racing usufructuaban este peso apoyados en su masividad y consiguieron que en 1937, mediante el Consejo Directivo, se estableciera el voto proporcional. La novedad implicó que si un club tenía más de 15.000 socios, veinte años de participación en torneos oficiales y había sido campeón dos veces o más, tendría tres votos a la hora de las decisiones. Si el club reunía entre 10.000 y 15.000 socios y había salido campeón al menos una vez, sumaría dos votos. Y finalmente, el club que no estuviera entre las dos instancias anteriores, tendría un voto. Por lo tanto, solo River, Boca, Independiente, San Lorenzo y Racing reunían la primera condición. Aquí, en este momento, surge la genealogía del término: es el puntapié inicial para una expresión que se propagaría años después. Lo que hace el profesionalismo es, en definitiva, concentrar aquello que había aparecido en la Liga Argentina: los clubes taquilleros mandaban. La élite surge porque el espectáculo debía responder a quienes tenían mayor masa societaria.

Showball. Esta idea de fútbol como espectáculo se venía gestando hacia finales de los años 20. Prueba de ello es la construcción del primer estadio de cemento, el de Independiente en 1928. Los clubes intentaban crecer mediante mejoras en sus sedes, incorporando deportes y, en lo posible, construyendo una cancha. Simultáneamente, aparecen las transmisiones radiales y Buenos Aires, La Plata y Rosario se instalan como tres grandes centros futbolísticos, aunque la primera absorbe el interés general. El interior queda relegado, los clubes hacen giras cuasi obligatorias para publicitar el buen fútbol y el aficionado tiene su corazón en su club local pero también en el grande de turno que lo visita. Así, el interior se pobló de clubes homónimos, sobre todo los Independiente, San Lorenzo, Racing o Huracán. La década del 30 afianza este auge con la construcción de nuevos estadios, entre los que se destacan el de River y el de Boca, este último ya en 1940.

Vale un apartado para un caso excepcional, el de Huracán, que quizá sufrió una expulsión de este paraíso de grandeza. El Globo sí fue considerado “el sexto grande” por muchos pero, tras su éxito en la etapa amateur (cuatro títulos), los malos resultados en el profesionalismo lo dejaron un poco de lado. Recién en 1973 logró su primer título profesional, el único hasta ahora en esta era. Huracán figuraba incluso en una publicidad de los cigarrillos Imparciales bajo el lema “Los siete grandes” (Boca, River, Independiente, Racing, San Lorenzo, Huracán e Imparciales) y reunía esa condición de respaldo multitudinario que, sin embargo, paulatinamente fue mermando para circunscribirse a una lógica siempre masiva, pero más barrial.

Los grandes aprovecharon esta coyuntura con campo allanado. No es de extrañar, por lo tanto, que tuvieran que pasar 35 años de profesionalismo para que un club de los llamados chicos, Estudiantes de La Plata, rompiera en 1967 con el reparto de campeonatos que se habían llevado los cinco grandes. Este segmento solidifica el tremendo peso de estos clubes, a todo nivel. Si se refiere azarosamente a La Máquina (River); Severino Varela y el Atómico Boyé (Boca); Farro, Pontoni y Martino (San Lorenzo); al primer tricampeón profesional (Racing) y a Arsenio Erico y Vicente de la Mata (Independiente), se está resumiendo una consolidación de los cinco grandes que se iría reforzando en las décadas siguientes.

No nos detendremos en repasar sus gestas heroicas que fueron un verdadero orgullo nacional. Sí en este caso, dados los períodos de crisis que atravesaron y atraviesan algunos, nos interesa otro aspecto. El fútbol aglutina identidades con prácticas sociales y se desarrolla en una sociedad de masas. Se erige como espectáculo y sobre él se nuclea una inmensa maquinaria que se apoya en el sentimiento. Los clubes grandes enraízan su masificación en estos patrones y lo hacen también acompañados por el propio desarrollo urbano. Y a medida que fue creciendo Buenos Aires y su inmediata periferia, también lo hicieron estas instituciones deportivas clave.

Ahora bien, había casi trescientos equipos a comienzos del siglo XX, ¿qué decidió entonces que solo cinco se hayan determinado como grandes? Volvemos a la hipótesis inicial, entonces: grande se nace y grande se hace. Quienes hayan combinado estas prerrogativas accederán a esta elite particular. El arrastre popular que River, Boca, San Lorenzo, Independiente y Racing obtuvieron en el amateurismo se congració con los éxitos deportivos logrados en esa etapa pero, fundamentalmente, durante la era profesional.

Y además, acompañando al rostro feliz del triunfo, se dieron otras operatorias que colaboraron. Dirigentes que entendieron que una institución de este tenor era una física de formación política y de trampolín a otros ámbitos de gestión. Los que pudieron trascender a la lógica del barrio se instalaron para siempre en el plano nacional. River y Boca exceden los lugares donde están sus estadios e incluso la ciudad. Independiente, Racing y San Lorenzo lo hacen también, aunque en menor medida. Pero todos, con mayor o menor alcance, lograron posicionarse como punto de referencia.

La sociedad entre el fútbol y los medios. Falta, finalmente, un componente no menor. Los medios de comunicación fueron quienes tomaron el mote de los “cinco grandes” y se lo apropiaron. A mayor despliegue informativo de los clubes importantes tendrían mayor cantidad de lectores y de ingresos económicos. Desde muy pronto, los diarios La Argentinay Crítica, y más tarde la revista El Gráfico, comprendieron la dimensión del fenómeno. Ese punto inicial explica que el fútbol en nuestro país va acompañado del desarrollo urbano, pero también del crecimiento de los medios masivos de comunicación: el fútbol y el periodismo son inescindibles.

Y surge entonces un fenómeno doble: clubes que se nacionalizan y que nacionalizan un sentir. En las ya comentadas giras de River y Boca al interior, los clubes adquieren métodos de mejora permanente porque quedan obligados a mostrar sus equipos más competitivos para responder a sus hinchas, a los rivales y también a la prensa atenta al traspié que, con el tiempo, aunque suene paradójico, empezó a ser tan rentable como la victoria. Aunque hoy cundan los desaciertos, los cinco grandes no perderán jamás este lugar. Si bien Vélez, Estudiantes y Lanús mostraron recientemente que con una dirigencia atildada, manejos ordenados y pizcas de transparencia, sumado a la capacidad para armar equipos competitivos, pueden ocupar de puestos de vanguardia , ninguno de ellos logra un espacio para la discusión de su ingreso en este grupo selecto. Tampoco lo consigue Vélez, pese a sus espectaculares últimos años.

Es complicado explicar este fenómeno de inalterabilidad. Racing sufrió 35 años sin salir campeón y un descenso a la segunda división en la que incluso permaneció un par de años. La síndico que administraba el club, que había quebrado, llegó a decir que la Acadamia había “dejado de existir”. San Lorenzo perdió su estadio durante la dictadura militar, penó alquilando canchas y también se fue al descenso. Boca transitó una crisis feroz en los años ochenta en los que sus números en las camisetas eran dibujados con marcadores. Independiente, que siempre había mantenido una distancia con los focos de conflictos, hoy vive su hora más difícil sumido en conflictos de toda índole, donde sobresale una cruzada fraticida para expulsar el negocio de la violencia en la institución. Y River, nada menos que River, con un combo de dirigencia incapaz y sospechada de corrupta, se fue a la B.

Pero allí están, viven, y siguen con su respuesta multitudinaria. En las conversaciones casuales, en las redes sociales y en los medios de comunicación todavía marcan la agenda deportiva, incluso cuando la mano viene torcida. Más allá del chiste irónico, la “chicana”, nadie se atreve a asegurar que han perdido la grandeza. La lectura es que, por el contrario, hasta en algún caso la han resignificado. La identidad se desplazó pero sin que ello atente contra la condición de privilegio adquirida. A modo de  mecanismo de inversión, los grandes han hecho de los malos momentos una épica como para sostener lo conseguido por la tradición deportiva. Es aquí cuando emerge la intervención del hincha, el que aparece “en las malas” para prestar sus ganas que son el contagio para volver a ser. Este protagonista, el más genuino, es quien todavía protege esa bandera y la iza como un último bastión cuando todo lo demás no responde.

Lomas y Alumni marcaron el camino pero decidieron hacerse a un lado una vez que factores “comerciales” comenzaron a involucrarse. No obstante, ese legado que primero tomó Racing fue adoptado por los otros que absorbieron  las victorias y los sinsabores de semejante exposición. Los cinco grandes permanecen, son lo inamovible de nuestro fútbol y a pesar de los momentos vividos, en el apogeo o en la decadencia, están. Como siempre en la vida, tarde o temprano los goles ya van venir.