Tema del Mes

MARZO 2013

Introducción: Dossier "Educación y Sociedad"

18 / 03 / 2013 - Por Gustavo Iaies

¿Queremos educar a los jóvenes o preferimos que elijan su propio camino? ¿Les enseñamos a los chicos o ellos aprenden? ¿Les transmitimos un “legado” cultural o ellos irán decidiendo cuál es el que quieren tomar? ¿Estamos dispuestos a tensionar sus "márgenes" de libertad para tener mayor certidumbre acerca de su futuro? Este dossier se propone abordar el problema de educar en una sociedad sin adultos.

Hemos decidido reflexionar acerca de los jóvenes como actores en los que se refleja buena parte de nuestros conflictos educativos. La decisión tiene mucho que ver con el consenso en el mundo de los especialistas en educación acerca de que en la Escuela Media, en la formación para integrarse al mercado de trabajo y a la sociedad, es donde aparecen las “grietas” más significativas de nuestro sistema educativo, y que, más allá de nuestras propias dificultades y particularidades, el fenómeno tiene características globales.

Pero no queremos analizar el tema desde un punto de vista “administrativo”, desde la visión de los problemas técnicos de la Escuela Secundaria, sino a partir de una revisión de diversas dimensiones de la problemática que plantea la relación entre adultos y jóvenes. De este modo, el enfoque de este DOSSIER intentó centrarse en el abordaje de aquellos elementos vinculados con aspectos culturales del debate alrededor de la pregunta respecto del modo de educar, del rol de los adultos en esa relación y los costos de decidir acerca de la formación de las nuevas generaciones los márgenes de libertad de los jóvenes, nuestra propia imagen y la que tenemos de la sociedad y del futuro.

¿Queremos educar a los jóvenes, direccionarlos hacia donde creemos que puede ser su mejor futuro, o preferimos que elijan su propio camino, que hagan su propia experiencia?

Ese debate no es menor, está en la base de los problemas educativos que tenemos, ¿Les enseñamos a los chicos o ellos aprenden? ¿Les marcamos un camino o eligen el propio? ¿Les transmitimos un “legado” cultural o ellos irán decidiendo cuál es el que quieren tomar? ¿Estamos dispuestos a tensionar sus "márgenes" de libertad para tener mayor certidumbre acerca de su futuro?

El DOSSIER comienza con un artículo de Juan Ruibal que plantea este debate desde un punto de vista histórico, haciendo un recorrido desde el concepto de infancia y juventud y las formas a través de las cuales hemos ido concibiendo los modos de "formar" a los niños para que se transformen en adultos, capaces de insertarse en nuestra sociedad. Venimos transitando de una concepción en la que los adultos eran responsables de definir el destino y el futuro de los niños -incluso con el estado asumiendo parte de esa tarea-, a una mirada más cercana a la idea de dejarlos que “hagan su propio recorrido”, una especie de “paso al costado” de los adultos, que en nombre de la libertad de los niños, se muestran dispuestos a abandonar algunas prácticas de transmisión cultural, de participación en la construcción de su destino.

Esta historia empieza con una sociedad adulta decidida a hacer “lo mejor” por sus hijos, al costo de libertad que pudiera tener para ellos, en el contexto de un primer acceso a la modernidad durante el cual los mandatos colectivos –desde la familia, o desde el Estado- tenían una fuerte impronta en el crecimiento de los niños. Se consideraba prioritario “garantizarles un futuro”, en el cual, eventualmente, serían más libres. Tal futuro mejor, sólo podría fundarse en el fortalecimiento de las posibilidades de progreso o de bienestar, mucho más que en el goce de libertades durante el desarrollo de la infancia.

Los años 60 muestran el crecimiento de la escuela secundaria, la incorporación de nuevos sectores sociales, que ya no se limitaban a la escolaridad primaria.

Uno de mis artículos intenta retomar ese proceso, la idea de que la secundaria fue algo así como “la creadora de la juventud de los pobres”. Los chicos provenientes de sectores con escasos recursos pasaban un tiempo adicional en la escuela que los invitaba a una transición entre la infancia y el ingreso al mercado de trabajo: se suponía que esta nueva instancia de formación ampliaría sus posibilidades para mejorar su pronóstico de entrada a la vida laboral, y desarrollo en la vida adulta. Medio siglo después de iniciado ese proceso, esta escuela no ha podido cumplir con la promesa, tanto por la dificultad que encarna para los jóvenes más humildes una escuela pensada para las clases medio-altas y altas y porque el crecimiento en la cantidad de graduados “devaluó las credenciales” prometidas y esto erosionó el sentido que dicha titulación proveería a los actores. El sueño de un tiempo de transición entre la infancia y los rigores del mercado no pareció cumplir con los objetivos buscados.

Sobre mediados de la década del 60 empezamos a discutir la propia idea de la socialización y transmisión cultural. Se instaló la pregunta respecto de “insertar” a los jóvenes en la cultura de la sociedad, en los valores y patrones aceptados, o dejarlos construir su propio recorrido. Unas décadas atrás, nadie dudaba que los jóvenes deberían asimilar las normas sociales y las prácticas que los llevaran a ser “buenas personas”. Más allá de lo que ellos quisieran, los adultos les transmitían lo que creían que era mejor para ellos. Los padres “les elegían” la carrera, les ponían el nombre de su abuelos, los incorporaban a las prácticas religiosas de la familia, etcétera. Los adultos entendían que su misión era garantizar, del modo que pudieran, el futuro de los jóvenes. Estas certezas empezaron a ser puestas en discusión y eso se vinculó con la constitución de la figura de los jóvenes en la sociedad como actores con autonomía de valores e identidad propia, dejaron ser “aspirantes a socializados” en esa cultura adulta y, por el contrario, empezaron a cuestionarla.

Así se generó un nuevo consenso alrededor de las ideas de rebeldía, ruptura con lo instituido, y en esa confrontación, los jóvenes incluyeron el enfrentamiento con algunos de los valores del modelo educativo y político vigente. El artículo de Lucas Rubinich plantea una mirada sobre ese proceso, y sobre la propia dinámica simbólica al interior del “mundo de los jóvenes”, que comenzó con ideas más vinculadas a la libertad, la rebeldía, y luego de chocar contra la rigidez real de los límites de nuestras sociedades para transformarse, terminó acercándose mucho más a prácticas ligadas a la violencia, a la disputa por el poder y la imposición. Rubinich plantea la idea de movimientos de jóvenes, liderados también por jóvenes y el surgimiento de cierta admiración hacia lo que ellos representaban, por parte del resto de la sociedad. El mundo adulto empezó a mirarlos como modelos, y en tal sentido, se invirtió la idea de que los jóvenes tomaran a los adultos como referencia.

Este desplazamiento tuvo implicancias en los modos de hacer y pensar la educación de los hijos, los modelos familiares, laborales, etc. Así, la sociedad adulta asumió como propio el cuestionamiento juvenil del “viejo” orden educativo, social y cultural. La instalación de esa identidad juvenil como valor instituido, la idea de “todos somos jóvenes”, ponía en duda algunos de los valores principales que habían sostenido hasta entonces al “edificio educativo”. Quedaban sujetos a revisión los modos de transmisión, la socialización, la convicción en la apuesta de los adultos para formar a los jóvenes en el universo de los valores, las pautas y prácticas.

Uno de los hitos de ese proceso -que resulta interesante por ser un producto en buena medida original de la sociedad argentina y de esos mismos años de confrontación con ciertos valores sociales- se plantea en el artículo de la psicoanalista Nélida Pedroza sobre la “adaptación de los niños al jardín de infantes”. Esta práctica implica una suerte de gradualidad, negociación, proceso de separación entre niños y padres en el comienzo del jardín. Quienes la introdujeron, se proponían “atenuar el desgarramiento” de esa institucionalización que involucraba la “entrega” de los niños a la sociedad y al Estado para ser educados. Más allá de cuestiones técnicas, aparece como una primera reacción a la idea de la socialización, a partir de plantear una transición, un “cuidado” mayor de los espacios de autonomía y libertad, en una tendencia en la que los procesos educativos parecieran llamados a ser cada vez más como respetuosos de lo individual frente a las estrategias colectivas. La adaptación al jardín de infantes surge en la Argentina sobre finales de la década del 60, a partir de la instalación de corrientes psicoanalíticas que ocuparon espacios en las institución rectoras de la Educación Inicial. Este proceso de “reducción” de la confrontación entre la “naturaleza” de los chicos y las pautas y reglas de la sociedad se ha dado casi exclusivamente en la Argentina, y ha llegado a universalizarse prácticamente en los jardines de infantes de todo el país, llegando a instalarse como una política pública.

¿Vamos a renunciar a socializar a los chicos es decir, aceptaríamos ese costo para ampliar los espacios de libertad de los mismos? ¿Vamos a renunciar al intento de garantizarles el futuro?

El artículo de Andrés Delich instala este debate en el marco de una consideración de los comportamientos de adultos y adolescentes en la arena política y apunta a cierta deserción o ausencia de “maestros”, de instancias de transmisión. Esto pone de manifiesto los problemas que afrontan los jóvenes cuando hacen política, en un contexto en los que los adultos no proveen a ese quehacer inaugural de un recorrido histórico, que ha empezado antes de ellos mismos, y continuará después. El artículo recupera la necesidad de que los adultos introduzcan a los jóvenes, los hagan portadores de un legado cultural, más allá de lo que ellos vayan a hacer con él.

En la misma línea, Wilbur Ricardo Grimson aborda algunas de las consecuencias de este proceso de “seguí tu propio camino”. Plantea la responsabilidad de los adultos en la construcción de instancias de diálogo y de construcción de proyectos con los jóvenes, y la necesidad de que los padres no aparezcan como actores solamente en el momento en que se producen las crisis. El autor rompe con la idea de la voz adulta como imposición y la recupera como parte de una conversación con los jóvenes, incluso valorizando el “no” como expresión de una experiencia que enriquece el diálogo generacional. Grimson “se para” en un lugar en el que reconoce la autonomía, la libertad, el espacio propio de los jóvenes, pero reconoce el valor de un mundo adulto que dialoga con ese proceso y que no les niega su opinión, su visión, su contención. El artículo puede pensarse como un llamado a la reconstitución de una identidad adulta, diferente de la del pasado, con capacidad para dialogar educar a los jóvenes.

Carolina Arenes, en un texto fuertemente testimonial, introduce el desafío de educar a los jóvenes en una sociedad en la que “todos nos sentimos jóvenes”. A través de gestos mínimos que marcan el temor al desencuentro, aparece el problema de adoptar una postura y una voz adulta que no se defina por la confrontación, ni –mucho menos- por la mímesis de los adultos con esa cultura juvenil atrapante. Aparece así el desafío de “educar a los jóvenes siendo joven”.

El artículo de Fabián Triskier plantea algunos de los riesgos del modelo de relación adultos-jóvenes, en los que los adultos se retiran y dejan que los jóvenes elijan “su propio camino”. El autor expone algunos aportes de una mirada desde la neurobiología y plantea la cuestión del desarrollo cerebral y el control autónomo de la violencia. Analiza el desarrollo tardío de los aspectos neuronales que permiten el control autónomo de la agresión y la violencia, y la necesidad de un contexto adulto que los ayude al manejo de dichas situaciones. Así, se nos invita a profundizar en la comprensión de los fundamentos por los cuales las normas, los encuadres y contextos valóricos ayudan a los jóvenes a controlar la propia agresión, la capacidad de daño sobre los otros. El trabajo de Triskier muestra, en un aspecto en particular, los riesgos de la libertad o la autonomía de los jóvenes, cuando la misma parte de un default adulto, un mundo cultural en el que estos pasaron de querer “formatear” a los jóvenes como adultos, a que renuncian a la guía.

Finalmente, Gustavo Shujman aborda el problema de la desvalorización de la vejez, en una sociedad “enamorada” de la innovación, del cambio y de la juventud. Y ante este problema, plantea el desafío de constituir un relato de la vejez, que no sea meramente nostálgico y crítico del progreso, sino que tenga capacidad de construir un diálogo, una referencia, un discurso que aliente a pensar el futuro y que no se encierre en el pasado.

Este DOSSIER se plantea el problema de educar en una sociedad sin adultos: cómo traducir las dificultades de educar a los jóvenes cuando se abandona la responsabilidad de brindar referencias, acompañamientos, parámetros, guías. El llamado a la constitución de idea de adultez, diferente a la del pasado, parece una necesidad para reconstituir un nuevo contrato educativo, una que recupere la idea de la transmisión y la solidaridad inter-generacional.

Gustavo Iaies (Buenos Aires, 1963) se graduó como Licenciado en Ciencias de la Educación (UBA) y en la Maestría en Política y Administración de la educación (Universidad San Andrés). Trabajó como docente en instituciones educativas de nivel primario, secundario, terciario y universitario. Fue director de escuela primaria. En 1999 asumió como Subsecretario de Educación Básica del Ministerio de Educación de la Nación en Argentina y en el año 2001 ocupó también el cargo de Secretario de educación Básica. Coordinó el dispositivo de grupos sub-regionales del Diálogo Regional de Políticas Educativas del BID (2002-2005) y la red de intercambio de Experiencias educativas con el Banco Mundial (2006-2008). Asesoró a los ministerios de Chile, Ecuador, Colombia y Paraguay y a la Secretaría de Educación Pública de México. Actualmente es Director de la Fundación Centro de Estudios en Políticas Públicas en Argentina (desde 2004). Ha escrito ensayos, artículos periodísticos y libros de texto escolares.