Tema del Mes

MARZO 2013

Adolescentes y adultos en la realidad social y en la vida política

21 / 03 / 2013 - Por Andrés Delich

Al describir ciertos rasgos negativos de la vida política y social argentina, suele afirmarse que se trata de una sociedad adolescente. Es necesario revisar esta idea tan difundida como alejada de la realidad. Esta revisión requiere mirar más de cerca y comparar las formas en que actúan y asumen los valores adolescentes y adultos.

Hay rasgos propios de la etapa evolutiva de la adolescencia que se transmiten a la mirada de la política y de lo social. En esta etapa suelen aparecer las ideas de lo infinito del tiempo y de lo inevitable de la vida, mientras que después se aprende que la vida no es ilimitada ni inevitable y se incorpora la posibilidad de la muerte como límite temporal. En ese momento de la vida se abre paso un sentimiento de omnipotencia y de eternidad del tiempo personal y se asigna un valor absoluto a las propias certezas. También, entre los adolescentes tiene fuerte incidencia la idea de la voluntad como elemento transformador: cualquier barrera puede superarse a través del ejercicio de la propia voluntad (temática, por lo demás, muy propia del cine de Hollywood: si usted lo quiere, va a llegar a donde sea).

Su modo de entrar en la vida política. En función de estos rasgos, puede pensarse que los adolescentes son, en cierto modo, carne de cañón de relatos totalizantes, o quizás, adictos a estas visiones, en las que encuentran certezas universales, explicaciones omniabarcativas y ordenadas, con algún elemento motor de la historia. Quizás al transcurrir el tiempo vivido podemos tomar cierta distancia de estos relatos y cuando uno llega a ser mayor entiende, por ejemplo, el valor del azar en los acontecimientos sociales y en la vida personal, es decir, el papel de lo aleatorio, lo contingente.

Aunque muchos adolescentes no tienen un interés fuerte en la política, aquellos que sí lo tienen comparten en buena medida esas formas de mirar lo político antes mencionadas. A veces confunden lo que reclaman políticamente con un reclamo que es el de que los vean, que se sepa que existen. Al parecer, lo que necesitan es ser reconocidos como nuevas generaciones y que se les abra un poquito de espacio. Para los jóvenes, se trata de una sociedad a la que no es fácil incorporarse, si no es a través del consumo. Los mecanismos de incorporación para ellos a través de la vida social activa, productiva, parecen ser cada vez más insuficientes… En este sentido, es una sociedad muy difícil. Eso es lo que podría estar detrás del grito desesperado para que alguien los reconozca, les facilite elaborar su identidad, les abra un poco de espacio.

Las instituciones de la democracia liberal tienen, en general, enormes sutilezas y esas sutilezas tienen que ser aprendidas de alguna forma; y cuando no son enseñadas, los jóvenes reniegan de ellas. Sienten que lo que es justo lo es más allá de las formas y tienen una tendencia a separar formas de contenidos. No es fácil comprender que la forma y el contenido son inseparables, o que lo que parece forma es contenido, si se lo mira en otro contexto. Esto podría explicar su poca paciencia para entender esos procesos institucionales que parecen vaciar la legitimidad de sus reclamos.

Así, en su modo de hacer política, los adolescentes chocan con la sociedad, reclaman un lugar de participación, quieren ser reconocidos, adoptan posturas absolutas en su forma de pensar, son populistas con más o menos fundamentos; reducen lo complejo a lo simple y asumen un sentido del tiempo diferente al que predomina en la sociedad. Para situar su visión del tiempo en la política, podemos contrastarla con la concepción de Fernand Braudel acerca de la continuidad de los tiempos largos en la historia y la excepcionalidad de las rupturas.

Es que cuando uno empieza a mirar las modificaciones de la sociedad en términos de un horizonte temporal más lejano y a situarse a sí mismo apenas en un momento cronológico, aparecen los límites que nos pone una historia que no empieza cuando uno llega al mundo y que no termina cuando uno se va, es decir, aparece la temporalidad y, a partir de ella, la comprensión de un momento histórico. Y tal comprensión no puede reducirse a la simple mirada de lo que nos rodea en cierto instante, sino que requiere convocar a una cadena de situaciones, unas anteriores a nosotros y otras que van a venir después: cada uno de nosotros no es ni el primero, ni el último eslabón.

¿Adultos adolescentes?. ¿Qué pasa cuando estos jóvenes, cuya mirada política tiene estas especificidades, enfrentan al conjunto de la sociedad? En el caso argentino, se trata de una sociedad bastante desinstitucionalizada, con rasgos anómicos, y con una construcción cultural emparentada a ese “sálvese quien pueda” que se manifiesta en los comportamientos individuales. Pero estos no son rasgos sociales de los jóvenes que participan en política. Sería una equivocación creer que los jóvenes son así: tienen otros problemas y quizás incurren en otro tipo de reduccionismo; y muchas veces, entre los adolescentes, es mínima la distancia en el paso de un pensamiento totalizante a otro totalitario. Pero no podría decirse que, por eso, degradan a las instituciones o que no son solidarios… Ellos tienen otras normas de funcionamiento, adoptan otros rasgos culturales, con determinados valores; después, todo eso se va disolviendo en una sociedad que tiene, sobre todo en el campo de la política, un grado de cinismo muy fuerte. Por eso, conviene tener mucho cuidado al trasladar los rasgos del comportamiento político adolescente a los adultos y sostener que los adultos que hacen política son “como adolescentes”. En cierta medida, sería bueno que los políticos asumieran algunos de aquellos rasgos.

La dificultad para crecer en esta sociedad no se debe a que el comportamiento de los mayores sea como el de los adolescentes. Lejos de eso, la realidad nos muestra que los adolescentes hacen política como adolescentes y, mientras crecen, se encuentran con una sociedad que funciona sin querer asumir responsabilidades, No cabe encontrar parecidos o afinidades entre el impulso juvenil hacia la asunción de compromisos y unos adultos que la rehúyen. Veamos, por ejemplo, el valor de la promesa para comparar el horizonte de valores que orienta a los adolescentes con el de los adultos: para los primeros, no es admisible fallar o romper con las promesas o compromisos con un amigo, o con el grupo de pertenencia; para los otros, siempre existe un motivo para faltar a tales compromisos o promesas. Por eso es necesario romper con esa idea de que los políticos son adolescentes, o que la sociedad argentina es adolescente. No lo es. Como se ha sugerido, esta sociedad tiene otra serie de patologías.

El abandono de la transmisión. En todo caso, el desafío para los adultos consiste en comprender la mirada de los jóvenes, no alejarse de ellos y ayudarlos en su crecimiento hasta convertirse en adultos. A veces la escuela no lo hace, ni tampoco lo hacemos los adultos, ni los partidos políticos. Los partidos políticos han abandonado el sentido de la formación inicial y el de ser cauce de esos adolescentes y jóvenes. En décadas pasadas, los partidos políticos tenían escuelas de formación, ofrecían documentos clave para la lectura y la discusión; todo eso se ha perdido y en la actualidad la formación política de los jóvenes queda librada a la suerte.

Es cierto que responder al desafío de educar adolescentes en esta sociedad es sumamente complicado. Porque los adolescentes, para crecer, necesitan confrontar y encontrar a alguien que abra posibilidades para experimentar ese camino; pero la forma de organización social y la escasa disposición para asumir responsabilidades que tenemos los adultos privan a los jóvenes de posibilidades para avanzar en recorridos de este tipo. No pueden confrontar, porque los adultos han decidido que es mucho más cómodo no enseñar y en este sentido ya nos hemos referido a la presencia de rasgos anómicos: es una sociedad que se ha corrido y no enseña ni con el ejemplo ni con los límites. Como ocurría en otras épocas, los adolescentes no pueden seguir a un maestro que enseñe y muchas veces, cuando encuentran en las escuelas a alguien que sí lo hace, muestran hacia él un enorme respeto.

Los grandes maestros enseñaban con el ejemplo. Los radicales y quizás también jóvenes de otras filiaciones políticas, podían aprender de lo que Illia transmitía a través de su propia vida. Los que empezamos a militar después de Illia queríamos hacer política como él, pero ahora los modelos son otros. Quizás Raúl Alfonsín, que ganó contrastando con el tipo de políticos que predomina en la actualidad, fue el último en encarnar un modelo similar al de Illia. El radicalismo de aquellos años “se llenó” de escuelas de formación, seminarios de profundización, a partir de un mensaje claro de que para militar había que formarse.

Hoy no estamos produciendo el lugar desde donde puede darse un ejemplo para los adolescentes y tampoco estamos produciendo los límites que sirvan de referencia y puedan ser confrontados por las nuevas generaciones. Resulta más cómodo desentenderse de los adolescentes que toman una escuela y están treinta días sin clase, que acercarse, confrontar con ellos y tratar de transmitirles lo que creemos que está en juego. La verdad es que los hemos abandonado y no es cierto que nos hayamos convertido en adolescentes, porque ellos no abandonan a otros adolescentes. Nosotros hemos dejado vacante el papel de guía y de enseñanza que una generación debe tener con la otra. ¿Cómo se produce esa enseñanza intergeneracional? Con el ejemplo y con los límites. Eso es lo que le permite crecer a los chicos. Las dificultades para que ellos crezcan no surgen de que los mayores seamos “adolescentes”.

Según lo informan algunas encuestas, es notable el nivel de sobriedad y conservadurismo de los jóvenes. En una reciente encuesta de Poliarquía se revela que casi la mitad de los jóvenes están contra el aborto o contra la marihuana. La mayor parte –en una encuesta nacional de jóvenes- piensa que es más importante estudiar, estar vestidos correctamente y siente que lo valioso son sus amigos y que no hay que romper con la palabra dada.

Esa pizca de adolescencia que quizás persiste. ¿Por qué los adolescentes se convierten en lo que ahora somos los mayores? Porque llega un momento en que dejan de ser adolescentes y se van socializando en la sociedad que tenemos. Son hijos de esta sociedad y aprenden de ella, mientras dejan de jugar a la pelota, de ir al centro de estudiantes o de vivir alrededor de un mundo escolar donde se mezclaba el estudio con el desarrollo personal, político y social. Así, el dejar de ser adolescente se da con el ingreso al torrente de la sociedad; para algunos implica empezar a trabajar y descubrir que hay patrones que cometen injusticias como el trabajo en negro y mal pagado y aguantárselo, porque hay que llevar algo a la casa; o descubrir que hay sindicalistas que entregan, que negocian por izquierda, y políticos que dicen una cosa durante la campaña y después la desmienten. Y aunque ése sea el mundo social en el cual vivimos, queda esperar que puedan descubrir otras cosas al enamorarse, o al encontrarse con gente valiosa –porque la hay, como cada uno puede comprobarlo en su propia vida social.

La forma en que está organizada esta sociedad, los valores que alienta, están en tensión con los valores que, para bien o para mal, defienden los jóvenes. Así, cualquiera que haya visto funcionar un consejo de convivencia escolar puede apreciar su sentido de grupo asociado a su anhelo de justicia, que se refleja en el hecho de que los chicos suelen ser quienes exhiben una mayor firmeza o inflexibilidad y una mirada menos benevolente para sus propios compañeros cuando se trata de impartir justicia. Lo mismo vale cuando les toca cumplir con tareas ordenadas a partir de una sanción escolar (“trabajo solidario” y otras actividades similares): lo hacen con puntualidad, con cuidado del buen cumplimiento de la actividad, incluso intentan ir más allá de lo que están obligados a hacer.

Por todo esto, cabe pensar que si algo se conserva de adolescente en la vida social de los adultos, es eso que lleva a tener una acción un poco más altruista o comprometida, más creativa, más respetuosa de la palabra dada y no la irresponsabilidad, el cinismo, el berrinche.