Tema del Mes

ABRIL 2013

El origen de la debacle del fútbol argentino

14 / 04 / 2013 - Por Ezequiel Fernández Moores

Para el autor de esta nota, la semilla de la crisis actual se implantó en la década del 90: el fútbol fue uno de los pocos sectores que resistió a los cantos de sirena de la privatización, pero los clubes fueron arrasados igual por la cultura del dinero fácil, el desamparo social y el sálvese quien pueda. Fernando Niembro y Marcelo Araujo hicieron escuela. Y la cultura del éxito devastó a la pelota.

“Papá, ¿por qué tenía que ser de Ferro yo?”. El 142 se detuvo esa tarde de 1995 en un semáforo de Caballito. El ambiente, a veces sucede, quedó unos segundos dominado por un silencio inesperado y todos los pasajeros escuchamos sonriéndonos el pesar que Juampi le trasmitía a su padre. “Reíte, pero no sabés qué difícil es hablarle a Juampi de Ferro”. Oscar, el padre, un amigo con quien llevábamos a nuestros hijos una vez a la semana a una escuelita de fútbol, pasó a relatar su drama: “en los diarios casi no aparecemos y en Fútbol de Primera apenas nos dedican unos segundos, cuando los dedican, y si justo te fuiste al baño te quedaste sin ver a Ferro”. Oscar le mostraba todos los lunes la tabla de posiciones. “¿Viste Juampi que Ferro juega en Primera?”. Ferro había dominado en el fútbol argentino una década antes. Era un club modelo. Lo fundieron y cayó a la B Nacional. Recuerdo el diálogo como si fuera hoy porque en ese mismo año de 1995 un dirigente me decía cómo era posible que, si Ferro ponía estadio, jugadores y público, la tele le pagara al club menos dinero mensual que el sueldo de alguno de los periodistas estrellas de Fútbol de Primera. El programa que trasmitía Canal 13 los domingos por la noche, un compacto de noventa minutos de la fecha, mostraba las mejores jugadas, montaba un show perfecto y el relator nos engañaba: “el campeonato más competitivo del mundo”.

César Menotti suele decir que la debacle del fútbol argentino, la pérdida de su identidad, comenzó después del llamado “Desastre de Suecia 58”, el Mundial al que llegamos creyéndonos campeones y del que nos fuimos eliminados en primera rueda después de perder 6-1 con Checoslovaquia. Justamente Menotti, veinte años después, lideró la conquista del primer Mundial. De locales y en dictadura, sí. Pero esa organización que impuso Menotti rejerarquizó a la selección. De ahí en más, ya con Maradona primero y Messi después, Argentina, que con Bilardo fue otra vez campeón en México 86 y finalista en Italia 90, siempre llegó a los Mundiales integrando el lote de los favoritos. Y no porque lo inflara la prensa. Le fue más mal que bien, pero el favoritismo tenía fundamentos.

Distinto fue el caso con el declive de nuestros clubes y campeonatos. El Desastre de Suecia, puede que sea cierto, cambió el concepto de que debía correr la pelota más que el jugador. De tanto deseo de igualar la condición física de los europeos nos olvidamos de la técnica. Los cracks siguieron apareciendo igual. Y seguirán apareciendo. Porque la Argentina fue, es y será una permanente fábrica de pichones de cracks que ahora tienen pasaporte directo hacia Europa. Pero algo quedó en el camino. Tal vez tenga razón Menotti con lo del ‘58, pero la semilla de la crisis actual se implantó en la década de los ’90. El fútbol, paradójicamente, fue uno de los pocos sectores que resistió a los cantos de sirena de la privatización, pero los clubes igual fueron arrasados por la cultura del dinero fácil, el desamparo social y el sálvese quien pueda. Dividimos el mundo en “winners” y “loosers”. Fernando Niembro y Marcelo Araujo hicieron escuela. Y la cultura del éxito devastó a la pelota.

“Ganar –decía Bilardo- no es lo más importante. Es lo único”. Pasamos a jugar otro fútbol. Dejamos de jugar. Pasamos a ganar. Participan veinte equipos. Hay cinco “grandes”. Pero campeón, se sabe, sale uno solo. ¿Y el resto? ¿Los otros 19 que no salen campeón? ¿Los tiramos a la basura?

Creamos dos campeonatos anuales para disfrazar la crisis. Inventamos los promedios. Nuevas copas internacionales. Así, siempre se juega por algo. Siempre hay que ganar. Peor aún: reinventamos el concepto de ganar. Lo importante, en realidad, pasó a ser “no perder”. “Ganar” fue (es) “no perder”. Un diario británico decretó un día que entre los cincuenta espectáculos deportivos más importantes que un ser humano debía realizar antes de morir estaba el asistir a un Boca-River (o River-Boca). Lo patentamos. El diario hablaba del espectáculo en las tribunas, del ambiente en la cancha, no del juego. Como los jugadores dejaron de jugar y pasaron a correr, trasladamos la fiesta a las tribunas. “La 12” pasó a ser más importante que los once. Y, ya conscientes de su protagonismo, las barras empezaron a exigir derecho de autor. Las barras también quieren ganar. Entradas, micros, zonas liberadas y comisiones en las ventas de jugadores. Y el liderazgo interno lo ganaron matando.

¿Cómo no iba Jorge Messi a llevarse a España a su hijo Lionel si las inferiores de Newell’s estaban bajo control de la barra? Sólo un fútbol como el argentino, enfermo de arrogancia aún en plena crisis, pudo darse el lujo de dejar partir a los doce años al que tal vez algún día sea señalado como el mejor futbolista de todos los tiempos. Es cierto, en los ’80 el gobierno de Alfonsín salvó a Boca de la quiebra. Y la Alianza hizo lo mismo después con Racing, que ya se había ido al descenso, igual que San Lorenzo. Pero nada graficó más la crisis de los grandes que el descenso de River. Porque los “cinco grandes” fue una convención que estableció la prensa. En realidad, “grandes-grandes” siempre fueron dos. Basta mirar la tele, abrir los diarios, ir un lunes a la oficina…

En aquel mismo año de 1995 Francescoli ya había vuelto a River. “Enzo ¿está bien?”, le preguntaba un árbitro, solítico, después de algún choque propio del juego. Si el que quedaba en el piso lastimado era en cambio el jugador de Ferro, ese mismo árbitro endurecía el tono y ordenaba: “cuatro, párese”. La anécdota, contada por ese cuatro de Ferro, grafica como pocas las diferencias entre grandes y chicos (una vez Carlos Menem, siendo presidente, y fana de River, llamó por teléfono él mismo al Comité de Disciplina de la AFA pidiendo que no sancionaran a Francescoli después de una expulsión contra Español).

Las diferencias de criterios para los penales, offsides y tarjetas siempre fueron más evidentes. Como el voto triple de los años ’30. Otras diferencias, en cambio, siempre fueron mucho más sutiles. En la prensa, por ejemplo, si a Boca le falta Riquelme, el comentario del diario al día siguiente justifica el empate o la derrota en la ausencia del crack, en lo que sintió su baja el equipo. A Lanús, como sucedió una vez, le faltaron en ese mismo partido cinco jugadores titulares. Medio equipo. Pero había que ser de Lanús para saberlo.

Los medios, hay que decirlo, siempre más cerca del poder y de los negocios, alimentaron las diferencias. Los clubes más populares, lógico, precisan más cobertura. Pero el tratamiento, se supone, debería ser igualitario. Además, el cable y la explosión mediática agrandaron la escena. En un viaje de avión a Bolivia, el Piojo Yudica me decía en los ’80 que el gran trabajo que estaba haciendo en Argentinos Juniors sólo era posible en un club chico, porque en uno grande, admitía, las presiones hubiesen sido insoportables. “Me echaban a la segunda derrota”. También eso cambió. “Antes –me dijo una vez un presidente de Lanús- perdíamos los domingos y había que esperar al domingo siguiente. Pero ahora, con el cable y programas de fútbol las veinticuatro horas del día, si perdemos el domingo, volvemos a perder el lunes, el martes, el miércoles, el jueves… Para alguna gente se hace insoportable”.

Lanús, sin embargo, es hoy ejemplo de cómo se piensa a largo plazo, no a diecinueve fechas, que es lo que duran nuestros torneos de campeones fugaces. Mejor todavía el caso de Vélez, que en la última década ganó todo. Los títulos están a la vista. Pero además Vélez construyó una Villa Olímpica y, entre otras decisiones, no acepta en las inferiores a pibes que llegan con el pase en poder de empresarios. En otros hacen exactamente lo contrario. Si no hay representante ni lo prueban. Y, si queda, el representante suele ser amigo del dirigente. El negocio es de ellos, no del club.

El Fútbol para Todos desembarcó con aires democratizadores pero con el mismo Araujo de siempre, ayer privatista, hoy público. “Siempre fui peronista”, le respondió a un colega que criticaba su oportunismo. El fútbol de la tele dejó de ser un show condensado de diez partidos reducidos a noventa minutos. Ahora vemos los noventa minutos enteros de cada partido. Paradójicamente, la democracia de la trasmisión desnudó el desastre. Sin show, descubrimos lo mal que se jugaba. Lo difícil que resulta soportar noventa minutos de cualquier partido del campeonato argentino. Parece Titanes en el ring.

Trabajo hace más de veinte años en una agencia internacional. Antes, los pedidos desde el exterior por información del campeonato argentino eran continuos. Ahora, duele decirlo, nuestro campeonato interesa cada vez menos. Los colegas extranjeros piden igualmente ir a la cancha apenas llegan a Buenos Aires. Quieren ver la locura en las tribunas. No ven esa pasión casi en ningún lado. Nosotros ya nos cansamos del folklore. También queremos ver algo de fútbol. “¡Tres pases! ¡Te pido tres pases bien!”, gritó por Youtube el Tano Pasman. Sigue siendo folklore. Hay algo cierto.

La televisión argentina reparte los dineros de modo más democrático que en muchos otros países, donde los clubes grandes, que son la garantía del negocio en la TV de pago, se quedan de modo desproporcionado con la mayor parte del queso. Alemania es una excepción, pero el modelo más grosero es paradójicamente el que más consumimos: Barcelona y Real Madrid son campeones monopólicos en España. En casi todas las principales Ligas de Europa la posibilidad de ser campeón está reducida a un puñado de equipos. El resto juega a otra cosa. En cambio, los campeonatos argentinos, que tiempo atrás estaban bajo justa sospechas de arreglos, se convirtieron en los últimos años en ejemplo de democracia. Cualquiera puede salir campeón. Si Arsenal hubiese sido campeón algunos años atrás, inmediatamente habríamos saltado con que es el equipo de Grondona. Ahora no. Arsenal salió campeón y nadie objetó nada. Si antes habían sido campeones Banfield y Argentinos, ¿por qué no Arsenal?

Hasta el descenso de River puede ser tomado como demostración de trasparencia. Pero también puede ser tomado como la demostración más clara de una crisis que escondemos debajo de la alfombra porque cada tanto tenemos a Messi vistiendo la camiseta argentina. ¿Habrá sido ese descenso de River el pozo más profundo? De viejo, Grondona aflojó quizás algunos resortes y se producen campeones y también descensos inesperados. Don Julio aspira al monumento imposible. Con él fuimos campeones mundiales. Y también con él nos fuimos al descenso. Nadie queda indemne después de treinta y cuatro años en el trono. El fútbol argentino tampoco.