Tema del Mes

ABRIL 2013

El arte contemporáneo, entre la profanación y la consagración.

29 / 04 / 2013 - Por Valeria González

Toda instalación es política, pues se presenta como un espacio de toma de decisiones. El verdadero artista contemporáneo es aquel capaz de apropiarse de las copias anónimas y ubicuas que circulan en la cultura de masas y devolverles su aura, en términos de restituirle un “aquí y ahora”.

Giorgio Agamben concibe la consagración y la profanación como actos reversibles y mutuamente dependientes. Contrariamente a la etimología “tan insípida como inexacta” que vincula a la religión con la reunión, la consagración de algo implica su separación de la esfera de lo humano. Profanar ese algo implica restituirlo al libre uso e intercambio por parte de personas y sociedades.

En el artículo más famoso y atípico de Walter Benjamin, La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica, la erosión del aura de la obra de arte merced a su reproducción fotográfica o fílmica equivalía también a un desplazamiento en las políticas de exposición, que eran arrancadas del espacio enraizado y restrictivo del ritual o del culto a favor de su acercamiento ubicuo hacia las multitudes urbanas. Urgido por la situación alemana y europea en 1936, Benjamin planteaba esta profanación del arte burgués como una alternativa revolucionaria, y sobre todo como una forma de resistencia frente al uso de los medios y las artes por parte del régimen nazi.

El optimismo desesperado de Benjamin quedó como huella de una encrucijada que parecía desvanecerse el año de su suicidio en la frontera; como dijo Nicolás Casullo, la frontera entre dos tiempos. Si, a pesar de esto, se convirtió en uno de los textos de cita obligada en cualquier análisis de la sociedad mediática, es porque planteó la especificidad de una batalla en el terreno de las imágenes y las significaciones. En términos de su valor modélico como texto de referencia, probablemente su heredero más conspicuo sea La sociedad del espectáculo de Guy Debord. De este lado de aquella frontera, la tonalidad dominante del diagnóstico que inspiró las estrategias de apropiación crítica de los medios masivos fue el pesimismo. Si Benjamin todavía podía plantear un escenario polarizado entre dos fuerzas contrarias, la sociedad de Debord es una totalidad implacable en la cual solo caben gestos de infiltración y sabotaje creativos. Que la suma de estos gestos apunten aún a una “Internacional” situacionista puede leerse hoy como una inferencia desmedida.

En efecto, en la actualidad una vasta red bibliográfica acepta la premisa de que las formas de resistencia frente al consenso anestésico de la cultura global no apuntan a una sustitución del sistema sino a abrir, en su tejido, de manera dispersa, intensidades puntuales de potencias alternativas.

En La topología del arte contemporáneo, Boris Groys adjudica este tipo de politicidad al arte contemporáneo. Nos interesa porque la manera que Groys encuentra de recuperar la visión optimista de Walter Benjamin es promulgando un movimiento inverso, de la profanación a la consagración. Comienza recordándonos que el concepto de aura es básicamente topológico. Lo que diferencia un original de una copia a menudo resulta inconmensurable en términos de la imagen. Lo que no puede ser copiado es el “aquí y ahora”, el lugar de radicación del original. Resumiendo lo antedicho, si para Benjamin esta profanación permitía la apropiación, por parte de las masas, de los tesoros de la tradición velados por la clase burguesa, el tiempo demostró que las tecnologías de reproducción, asociadas a la consumación global del capitalismo, generarían una de las formas de control más consistentes de la historia. El artista contemporáneo sería entonces aquel capaz de apropiarse de las copias anónimas y ubicuas que circulan en la cultura de masas y devolverles su aura en términos de restituirle un “aquí y ahora”. La instalación, en el texto de Groys, deja de designar un género específico para volverse un sinónimo de arte contemporáneo. Una pintura puede ser, en ese sentido, una instalación, pues lo que la define no es un soporte material sino la acción de seleccionar elementos circulantes y enlazarlos en una cadena de significación específica y situada. De aquí concluye el autor que toda instalación es política pues se presenta como un espacio de toma de decisiones. Su pretensión de verdad se limita a su contexto de emergencia, diferenciándose así tanto del universalismo de las vanguardias como del relativismo absoluto del arte posmoderno.

Aún cuando Groys plantea una periodización claramente discriminada entre estas tres etapas (vanguardia, arte posmoderno y arte contemporáneo), no obstante no podemos dejar de ver en el ready made duchampeano el prototipo de esta operación. Cuando un objeto serial es “convertido” en obra de arte, hay una sustracción y un corrimiento topológico (al “aquí y ahora” de su exhibición museística o fotográfica) y también una sustitución de su fabricación anónima por una suposición de autor. El gesto artístico como toma de decisión queda al desnudo, desentendido de todo savoir faire manual, y la copia es investida de una restituida subjetividad.

Pero todo esto a costa de una cosa: anular la posibilidad de uso del urinario, de la pala de nieve, del secador de botellas. La visión optimista de Groys frente al arte como consagración o “reauratización”, cambia de tonalidad en la perspectiva de Agamben. Citando otro texto de Benjamin, El capitalismo como religión, el autor afirma “Si profanar significa devolver al uso común lo que fue separado en la esfera de lo sagrado, la religión capitalista en su fase extrema apunta a la creación de un absolutamente Improfanable”; y luego “La imposibilidad de profanar tiene su lugar tópico en el Museo”. El significado del ready made como prototipo cambia entonces de orientación.

*Estas reflexiones son fruto de un espacio de lecturas compartido con los artistas Gabriel Baggio, Leticia El Halli Obeid, Carolina Katz, Patricio Larrambebere y Mariano Vilela. La imagen que ilustra el artículo es una intervención del propio Larrambebere en la estación de tren de Caseros.