Tema del Mes

JUNIO 2013

¿Qué es la "sensación de crisis"?

09 / 06 / 2013 - Por Eugenio Andrés Marchiori

Una crisis es una situación de ruptura, de bifurcación, de decisión. Toda crisis contiene la impresión de cambios profundos. A veces son sorpresivas, como ocurre con los desastres naturales; otras se ven venir. Estas últimas son crisis anunciadas, cuyos efectos se palpitan, anticipando los temores.

Palabras introductorias

Por Lorenzo Preve

El estudio del riesgo y la incertidumbre ha tenido, al menos entre los economistas, un fuerte sesgo hacia el uso de las herramientas de la econometría. La mayoría de los efectos de nuestros análisis de riesgo e incertidumbre, sin embargo, se materializan en decisiones de personas que muchas veces se resisten a comportarse conforme a las predicciones de los modelos econométricos. Esto no deja de tener cierta lógica dado que las complejidades del comportamiento humano siguen siendo objeto permanente de estudio, tanto en cuanto a su comportamiento individual como al que desarrolla cuando se agrupan. Dado que estamos lejos de poder decir que lo terminamos de comprender, difícilmente podremos plasmarlo en un modelo matemático. Para poder comprender mejor los fenómenos asociados con el riesgo, i.e. lo que puede ocurrir diferente a lo esperado, es conveniente agregar el aporte de otras ciencias que nos ayuden a comprender las reacciones de las personas frente a lo desconocido. El aporte que hace Eugenio Marchiori, desde la pluralidad de su formación de ingeniero con una especialización en logística, su doctorado en sociología y su pasión por la filosofía, nos ayuda justamente a complementar el análisis tradicional, entendiendo a la persona y su actitud frente al riesgo, tanto en lo individual como en lo grupal. El análisis que Eugenio nos propone en este artículo nos ayuda a comprender el sentimiento del hombre, su reacción frente a lo desconocido y las consecuencias que esto genera en el evento que lo preocupa.

Sensación de Crisis

Por Eugenio Marchiori

Los pronosticadores de clima figuran en el escalón más bajo de los oráculos. Su mayor defecto es que –a diferencia del célebre Nostradamus– la realidad de sus profecías se puede comprobar en pocas horas. Este inconveniente cronológico los deja expuestos a la furia de aquellos que no llevaron paraguas, confiados en que iba a ser un día soleado, o de los que salieron sin abrigo, solo para descubrir que el viento arreciaba.

Para moderar el efecto búmeran de sus predicciones los meteorólogos imaginaron dos ardides. El primero consiste asociar una “probabilidad” a la lluvia; el segundo, una “sensación” a la temperatura. Desde entonces, si algún confiado peatón se atreve a salir sin paraguas porque le habían informado que había un diez por ciento de probabilidades de que lloviera y se moja, el resfrío será su propia responsabilidad. La “sensación térmica” merece un análisis aparte.

La temperatura ambiente tiene la cualidad de ser un parámetro objetivo, es decir, cuantificable por medio de instrumentos y escalas compartidas por todos. Si alguien dice, por ejemplo, “doce grados centígrados”, todos comprendemos precisamente de qué está hablando. Sucede que, cuando del clima se trata, el viento y la humedad producen diferente efecto sobre la piel. Por eso, al anteponer el sustantivo “sensación” a la temperatura esta pierde su objetividad y su alcance queda limitado al sentir subjetivo. El giro ha servido para prevenir muchos resfríos y no pocas maldiciones.

El éxito obtenido por los expertos del clima con el artilugio, hizo que la idea de anteponer la palabra “sensación” se extendiera a otros ámbitos antes reservados a parámetros básicamente objetivos. Un caso popular es el de la “sensación de inseguridad”. Antiguamente la inseguridad se expresaba con medidas bastante mundanas, como el índice de criminalidad, la cantidad de asesinatos o el número de asaltos a mano armada. Cuando se coloca el sustantivo “sensación” frente a la seguridad se consigue una alquimia retórica admirable. Al igual que con el tiempo, transforma lo objetivo en subjetivo y, por ende, también lo vuelve materia opinable, introduciendo un tinte ideológico en lo que antes eran números neutros.

La expresión “sensación de crisis” es reciente, quizás fruto de la creatividad de algún asesor político. Una crisis es una situación de ruptura, de bifurcación, de decisión. Toda crisis contiene la impresión de cambios profundos. A veces las crisis son sorpresivas, como ocurre con ciertos desastres naturales; otras veces las crisis “se ven venir”, como una corazonada o el aplazo de uno de nuestros hijos. Estas últimas son crisis anunciadas, cuyos efectos se palpitan, anticipando los temores.

Si bien algunas crisis son generales –y entonces relativamente “objetivas”–, ya que alcanzan a muchas personas en simultáneo, un sinnúmero de éstas son personales y, por lo tanto, subjetivas. Se sufren crisis en la niñez, la adolescencia, la juventud, la madurez y la ancianidad. Por eso, al menos a nivel individual, las crisis no deberían causar demasiada sorpresa.

Diferente es cuando la sensación de crisis se da a nivel social. En este caso un sentimiento generalizado de incertidumbre y angustia se apodera de las personas. Esta sensación señala –a la vez que contribuye a generar– una serie de expectativas negativas que pueden desembocar en dos situaciones opuestas.

La primera situación se da cuando la sensación de crisis abarca a un grupo de personas comparativamente pequeño con un interés común. En este caso, las expectativas negativas contribuyen a estimular los acontecimientos hasta convertirlos en una crisis real. Es un fenómeno que el sociólogo norteamericano Robert K. Merton (1910-2003) llamó “profecía autocumplida” –aunque era reconocido desde mucho antes–. Para ejemplificarlo, el señor Merton señala el caso de una corrida bancaria. Ante la sensación de crisis inminente los ahorristas se apresuran a retirar sus depósitos, y así hacen su aporte para que la profecía se cumpla. En estas situaciones el grupo afectado siente los efectos del trance “en carne propia”, mientras otros sectores observan “desde afuera” al tiempo que se mantienen expectantes pero ajenos a la situación. El pesimismo atrapa a los afectados produciendo un efecto dominó que profundiza los efectos de la crisis.

La dinámica es diferente cuando la sensación de crisis abarca a toda una población, como en los casos de las crisis políticas, las económicas, las de salud o las morales. En estos casos se produce un pánico generalizado frente a una catástrofe que parece inevitable. La hiperinflación, una epidemia en marcha o el fantasma de la desocupación masiva son temores tan profundos que la sociedad está dispuesta a hacer concesiones y asumir costos impensados en tiempos de estabilidad. Cuando el miedo es extendido, lejos de estimularla, la gente impulsa los mecanismos para morigerar, suprimir o postergar los efectos de la crisis. Apenas pasa el peligro inminente el sentimiento se desvanece. Breves de memoria, algunas sociedades suelen comentar: “¿Era para tanto? ¡Si al final no pasó nada!”. Injustamente se olvidan de la acción de incontables agentes que trabajaron para contener el potencial desastre. Otras sociedades aprenden de la dolorosa experiencia.

La previsión hecha por Thomas Malthus en 1798 es un ejemplo clásico de crisis que no fue. Según su teoría, la población tendía a crecer más rápido que los medios de subsistencia, lo que provocaría el hambre generalizado. Su observación –posiblemente legítima si se infería a partir de los datos que manejaba en su época– no tuvo en cuenta que la tecnología agrícola inventaría toda clase de herramientas para evitar o, al menos, suspender indefinidamente la desolación provocada por una hambruna universal. Si bien no se ha conseguido desterrar el hambre en muchos lugares del planeta, las causas de estos desequilibrios están relacionadas con defectos en la distribución más que de la producción de alimentos.

Otro ejemplo fue la crisis informática del año 2000 (también conocida como Y2K o millennial bug), según la cual las computadoras se volverían locas con el cambio de milenio y producirían toda clase de desastres a lo largo y a lo ancho del mundo. Afortunadamente nada de eso ocurrió, y ni los sistemas bancarios, ni los aviones cayeron en picada. Se observan comportamientos parecidos frente a recientes pandemias como la gripe aviar o la porcina que, felizmente, no tuvieron el alcance catastrófico que prometían a priori.

Los casos en que el sentimiento es lo bastante generalizado como para que la sociedad dispare mecanismos de protección se pueden denominar “catástrofes autosuspendidas” para indicar que la crisis ha sido controlada –al menos hasta ese momento– aunque nunca habrá certeza de haber superado permanentemente sus efectos potenciales.

La sensación de crisis no es algo ni ficticio ni menor. Señala impotencia y temor social ante acontecimientos futuros. Su impacto se materializa como una combinación de sentimientos de incertidumbre y de angustia que deprimen el ánimo colectivo. El clima social se enrarece, dando paso a un malestar general que se apodera de la gente, instalando pesimismo y desaliento.

Como luego de un largo temporal, para superar la crisis es necesario que la mayor parte de la sociedad tome conciencia de sus alcances. Mientras algunos grupos se sientan al reparo de las inclemencias y dejen que sus propios intereses sectoriales prevalezcan, no se promoverán los cambios necesarios en pos del bien común. En este contexto una pertinaz sensación de crisis seguirá latente aguando el desarrollo genuino de toda la sociedad.

Para los chinos el concepto de crisis tiene el doble significado de peligro y oportunidad. Aunque duela, es necesario que la sensación de crisis alcance a las mayorías para que tomen conciencia de sus peligros. Solo entonces serán capaces de aprovechar las oportunidades que las crisis tienen para ofrecerles.