Tema del Mes

AGOSTO 2013

La valija de Frankenstein, o mis apuntes sobre narrativa argentina contemporánea

11 / 08 / 2013 - Por Luis Gusmán

El escritor y psicoanalista traza en este artículo un mapa de los autores argentinos que más le interesan. De Luis Chitarroni a Alan Pauls, de María Martoccia a María Moreno, qué lee el autor de "El frasquito" cuando decide leer literatura local.

La palabra actual supone un equívoco que reside en que la actualidad conlleva, en sí misma, la idea de una novedad. Idea probablemente falsa. La literatura siempre es inactual. Por supuesto, si no lo argumento se trata de una digresión ingeniosa. Y en nuestra literatura actual abundan tantas que preferiría no hacerlo.

La respuesta exige cierto pudor. Me refiero a lo que Borges llamó el pudor de la historia. La idea omnipotente de que hay un testigo ocular capaz de asistir al origen de una época. Me inclino por esa otra afirmación borgeana que argumenta que para saber cómo sería la literatura del año 2000, primero sería necesario enterarse cómo se leería en el año 2000. Esta afirmación borgeana es tan cierta que sólo ella vuelve verosímil lo que he leído últimamente: la unión de autores tan disímiles como Osvaldo Lamborghini y Rodolfo Walsh; sólo un estado de lengua del género comentario que impera en la actualidad es el que produce ese maridaje por el cual se puede asociar a estos dos escritores entre sí.

Estas insinuaciones que no llegan siquiera a ser argumentos, me permite hablar de escritores, como quien dice: uno a uno. Siempre se estila, es un estilo, evitar los nombres propios. No es mi caso.

Hay un género que se llama “literatura de la literatura”. Consideración que produce malos entendidos y sobre todo pareciera ser interpretada como una categoría devaluada. No le opongo a ella la vida misma. Podría situar en ese registro En busca del tiempo perdido. Alguien que cuenta su vida a partir de un cuadro de Vermeer. Proust respira literatura. Cualquier escritor va a situar su asunto en relación a la literatura para: parodiarla, reinventarla, mimarla y hasta subvertirla. Es que hay una versión banal de la literatura de la literatura. Yo la llamo literatura del procedimiento, y que supone que la literatura de la literatura excluye la experiencia de la vida, como diría Leónidas Lamborghini; un poeta que contó “su vida” desde el procedimiento. ¿Algún crítico podría asegurar que el sufrimiento irónico de Humbert Humbert es menor que el sufrimiento sentimental del señor Gatsby o el “metafísico” del señor Kurt?

Hay escritores, como Luis Chitarroni, que llevan y se dejan llevar por lo que escriben en cierta dirección. Un quiasmo: una obra que se des-obra y que gobierna su escritura. Chitarroni sintió menos el efecto de la crítica estructuralista francesa de los setenta, y se educó en la tradición inglesa y eso le da un punto de vista diferente a otros escritores de su generación; y por esa tradición, su lectura de Borges es diferente. Hay otros escritores, lectores críticos, como Alan Pauls, Daniel Link. Creo que otro escritor es Sergio Chejfec. El inventa ese universo en miniatura y cada libro va agregando una pieza. Es el silencio y la dignidad del orfebre, sin estridencias, hace lo suyo. Agregaría a Alan Pauls. Lo primero que admiro y que envidio es el proyecto de escribir una trilogía: el pelo, el llanto, el dinero. Objetos de intercambio. Fetiches. Cosas de todos los días. Cosas bellas y sucias.

En este panorama desde abajo del puente incluyo a un escritor como Jorge Consiglio que construye su mundo, su escritura, para mí, al margen. Cuando digo esto no me refiero a una temática marginal sino casi a una opacidad neutra que por eso mismo, a veces, ilumina.

Diego Incardona crea un mundo en un mundo ya creado (inventado por Daniel Santoro, incluso Marechal) lo cual es más difícil. Pero en Villa Celina y El campito es capaz de atreverse con una mitología saturada como la del peronismo y agregarle el rock y la Unidad Básica.

Ultimamente, el libro de Diego Erlan comenzó a cambiarme el panorama, es decir el prejuicio que a cierta edad impide leer a los más jóvenes, y salvo un interés genuino, los hay, simplemente no trato de conseguir discípulos para ser maestro de alguna cosa. Nunca recorrí ese camino, es una cuestión de estilo. En El amor nos destrozará encuentro lo que a mí me atrae en literatura que es la utilización de lo biográfico (puede ser un sueño, una película, una canción) y combinarse, en este caso, con el suicidio de una hermana. Una cotidianeidad donde nada es apacible, ni tomar el café con leche, ni ir a la escuela, porque siempre hay en ciernes algo ominoso y amenazante.

La literatura del procedimiento entendida de manera banal ha cedido las pasiones, el amor, el odio, la cobardía, la traición, en el mejor de los casos a la novela policial metafísica, y en el peor, a los libretos televisivos. El otro tópico que rechazo es la literatura tumbera que se afilia a escritores de alta formalidad literaria (me refiero a la perfomance), como Ricardo Zelarayan y Osvaldo Lamborghini, y habría que adscribirla a una línea que va de Arlt a Enrique Medina. Pero claro, Medina no dispone del prestigio vanguardista.

Acabo de leer un libro que me conmovió: El libro enterrado de Mauro Libertella, donde un hijo cuenta la muerte de un padre. Por supuesto, no escapo al pathos, que ese padre es Héctor Libertella. Hay en el libro un registro del relato donde lo más trágico, la muerte, el alcoholismo del padre, la soledad, están contados con un despojamiento apasionado si el oximoron es válido.

En este estado actual incluyo el mundo de María Martoccia. En esta escritora, de una economía narrativa en el registro de la conversación pueblerina (no es para nada a lo Puig), sus personajes son relevantes no por lo que dicen sino por lo que callan. Con lo cual crea un paisaje propio. Algo inhóspito, inquietante. Creo que de Matilde Sánchez lo que más espero son esas historias de amor desesperadas. Y en el último libro de María Moreno, su Lunar Caustic, su barco ebrio, la historia desnuda de su alcoholismo vestido de ropajes de estilo que lo vuelven aún más crudo. Extraño que Ana Kasumi produzca otra catástrofe natural.

Hay en Frankenstein un episodio en que el personaje, que ha aprendido a leer en francés, se encuentra con una valija con ropas y libros. Un tomo de Las vidas Paralelas de Plutarco, El paraíso perdido de Milton, El Joven Werther de Goethe. De pronto, la criatura ominosa se transforma en un erudito crítico literario y habla de esos libros con un conocimiento que pasma. La historia de la literatura es la valija de Frankenstien, en ella encontramos de todo. Según la época, según el viaje, según quien la lee, según quién prepara el equipaje. En este texto puse lo que encontré a mano de memoria: seguro que me olvido cosas, pero es seguro que puse algunas de mis prendas preferidas.