Tema del Mes

AGOSTO 2013

Introducción: Dossier "Cine, Información y Política"

25 / 08 / 2013 - Por Gonzalo Aguilar

Este nuevo Dossier de INFORME ESCALENO se propone pensar la política en el cine y las narraciones actuales de entretenimiento (el mainstream, pero también el argentino). Desde hoy y semanalmente irán publicándose nuevos articulos, escritos especialmente por María Pía López, Domin Choi, Adrián Gorelik, Iván Pinto, Lila Caimari, Gabriel Giorgi, Emiliano Jelicié y el propio Gonzalo Aguilar.

He decidido comenzar este DOSSIER de CINE y POLITICA con una reflexión sobre Iron Man 3. Habitualmente, cuando se dice en la Argentina cine y política, se piensa en Pino Solanas, en Raymundo Gleyzer. A veces se mencionan otras películas (pienso en Infancia clandestina, Crónica de una fuga, Los rubios o documentales como M) pero son principalmente las que ponen a la política bajo el signo de la memoria. Algunas otras (como Elefante blanco de Pablo Trapero) han sido poco debatidas y la ficcionalización ha sido a menudo considerada un déficit de lo político. Sin embargo, el cine mainstream de ficción no sólo ofrece diagnósticos de lo contemporáneo sino también puntos de vista, valores y modelos de acción y pensamiento que llegan a millones de espectadores. El dinero que mueven no es menor que los presupuestos que algunos países les dedican a áreas claves. Verdaderos Estados móviles –globales y omnipresentes– estamos lejos de la manipulación o la alienación a la Dorfman-Mattelart y su Para leer el Pato Donald, pero eso no quiere decir que hayamos entrado en el mundo neutro del entretenimiento ni en la soberanía de las tácticas del espectador.

Hay que hacer un análisis ideológico y político, aunque sin el presupuesto de que las películas ocultan algo que hay que develar, en un mundo donde no hay mucho que enmascarar o simular porque la dominación está a la vista. Si estos films –me refiero a los tanques hollywoodenses y especialmente a las películas de superhéroes– son expresiones de lo contemporáneo no lo son por lo que ocultan o encubren (según el presupuesto de la ideología como falsa conciencia) sino en su forma misma. Se trata de estar atentos a cómo trabajan con la ironía, el miedo, la identificación y la catarsis porque lo que están haciendo, en definitiva, es forjar imaginarios e interactuar con las ideas, sensibilidades y afectos de millones espectadores, sobre todo de aquellos (niños y adolescentes) que están aprendiendo a convivir y a lidiar con el capitalismo y el consumo. Tiene razón Slavoj Zizek cuando dice que “Batman: El Caballero de la Noche asciende confirma una vez más la forma en que los éxitos de taquilla de Hollywood son indicadores precisos de las problemáticas ideológicas de nuestras sociedades”. ¿Cómo pensar la política en el cine de entretenimiento? ¿Qué nos dicen los grandes tanques hollywoodenses? ¿Qué papel cumplen en la pedagogía del capitalismo, en qué sentido y de qué manera interfieren en nuestro mundo?

En la Argentina, Iron Man 3, dirigida por Shane Black, ya superó el millón y medio de espectadores (1,853,381 según el sitio http://www.ultracine.com/ar/index.php) a los que habrá que sumar a todos aquellos que todavía no llegaron a verla y a los que la vieron en otros formatos. En el resto del mundo, en menos de dos semanas, recaudó 500 millones de dólares. Iron Man 3 no es muy distinta que otras sobre superhéroes y comparte ese tono burlón de no tomarse muy en serio que también se ve en The Avengers, en Rápidos y furiosos y en otras del género que oscilan entre la autoparodia y el cinismo (en contraste, Batman y Superman se hicieron más oscuras, más solemnes, más depresivas). Pero lo que hace a Iron Man diferente es el modo como imagina el mal.

En Iron Man 3 los dos villanos son muy instructivos. El villano principal, Aldrich Killian, es un hacker, es decir, alguien que se vale de los saberes más sofisticados en informática y manipulación genética para hacer el mal sin límites. Cambió el sentido de la palabra hacker que si al principio era el pionero, un self made man inventor del futuro, ahora se habría convertido en un guerrillero cibernético sin códigos. En realidad, a partir del caso Wikileaks, ciertos hackers (sobre todo los cypherpunks o criptopunks) se han convertido en un desafío al poder con la máxima: “privacidad para los débiles, transparencia para los poderosos”. Julian Assange, desde su ostracismo en la embajada ecuatoriana en Londres, observó: “Internet, que debería ser un espacio civil, se transformó en un espacio militarizado. Pero internet es un espacio nuestro, porque todos nosotros la utilizamos para comunicarnos unos con otros, con nuestra familia, con el núcleo más íntimo de nuestra vida privada. Entonces, en la práctica, nuestra vida privada entró en una zona militarizada. Es como tener un soldado debajo de la cama” (Julian Assange: Criptopunks, Buenos Aires, Marea Editorial, 2013). Aunque emprendimientos como los de Wikileaks parecen descansar ingenuamente en una confianza en la transparencia del lenguaje, tienen la virtud de mostrar los niveles de vigilancia y el papel crucial que en la actUalidad está jugando la información y la capacidad de almacenarla y descifrarla. Los hackers se han convertido en verdaderos malvados y hasta hay quién dice que el villano de Rápidos y furiosos 6 está inspirado en Julian Assange: todo el conflicto del relato gira alrededor de un chip de 5cm de diámetro del que depende la supervivencia del mundo. Las luchas de los superhéroes son ahora por la información, hecho que se suma a su vieja obsesión por el uso escabroso que los villanos hacen de las ciencias biológicas. Casualmente o no, una palabra sintetiza información y biología: virus, y el de Iron Man 3 se llama Extremis.

Por eso el hacker Aldrich Killian nos dice algo más: porque su terreno es la informática pero también el cuerpo humano. La manipulación genética desde el Octopus del Hombre Araña a Hulk ya es un clásico de los super-héroes y siempre lo fue. Villano es el que usa el conocimiento científico para ejercer una transgresión moral y hacer el mal. Pero con los últimos avatares de los super héroes asistimos a una inflexión, porque ahora de lo que se trata es de capturar la información que, en el campo biológico, aparece como ADN. El que obtiene el secreto del ADN posee también el control del futuro del hombre. Por eso el peor villano de los últimos tiempos, el Guasón (interpretado por Heath Ledger), se caracteriza justamente por no tener ADN: no puede ser identificado por el Estado, no puede ser controlado, no tiene datos antropométricos, es un peligro para todos los ciudadanos. Informática y biología se unen porque la lucha por la información es la lucha por la vida misma. Los villanos nos dicen una verdad: información y vida se están indiferenciando y la disputa sobre la información será cada vez más una disputa política central, como lo muestran las máscaras de Guy Fawkes, usadas en V de Vendetta, en las marchas de los últimos años. Nuestros modos de vida dependen cada vez más del acceso a la información. En el cine el conflicto no es nuevo: en el último tomo de su libro sobre cine, Gilles Deleuze –en la estela de Walter Benjamin– advierte sobre el carácter empobrecedor de la información que amenaza con fagocitar la imagen. Ya en El narrador, de 1935, Benjamin contraponía el carácter abierto de las narraciones a la escasez interpretativa de la información. Ya veía un crecimiento que hoy se comprueba en todos lados y también en la estética: hoy la gente ve cada vez menos cine y "ve" cada vez más información; asiste a las películas en esos formatos diminutos en los que percibe poco (visual y sonoramente) aunque recibe mucha información.

No se trata de una crítica a ver películas por fuera del circuito tradicional sino al hecho de que la relación con la imagen audiovisual está cada vez más subordinada a la transmisión de datos (tampoco es una cuestión del espacio cibernético, la misma proliferación informativa se ve en los museos y las cada vez más necesarias visitas guiadas o en el hecho de que la gente observe los recitales a los que asiste por medio de su aparato digital). La película Matrix exhibió este hecho con una catarata de signos digitales. La pregunta es la misma que se hacen Benjamin y Deleuze: si esta saturación de información no nos aleja de la experiencia. Las películas de superhéroes, con su conglomerado de reacciones convencionales, no nos dicen mucho sobre esto: para responder a este interrogante hay que ir a directores que planteen una mirada más inquisitiva como Harun Farocki, David Lynch o Michael Haneke –por mencionar realizadores muy diferentes entre sí.

Tan interesante como Aldrich Killian es el otro villano de Iron Man: The Mandarin, interpretado por Ben Kingsley. Si Killian es un científico brillante a la hora de la manipulación genética, es también insuperable como metteur en scène. En un cuarto perdido de los Estados Unidos, utiliza al Mandarin para llevar a cabo su plan: decora el estudio para que parezca un bunker árabe y disfraza a su actor de un terrorista chiita que le manda amenazas al presidente y al pueblo de los Estados Unidos. A tal punto la máquina de las imágenes está implicada que el terrorista global de Iron Man 3 es en realidad un hippie drogón que usa un pequeño estudio de televisión para aterrorizar a los estadounidenses con los que ellos imaginan que podría ser un nuevo Bin Laden. El otro y el mal son producto de la paranoia y el pánico.

Ya ha señalado Remo Bodei que el miedo, si bien es una categoría política negativa y la materia prima de todos los despotismos, puede llegar a estilizarse –y en esto sigue a Hobbes– en una pasión universal calculadora. Pero en el terror panicus domina la desesperación y “cada uno sigue casualmente el ejemplo del primero que le parezca actuar con base en algún criterio” (Remo Bodei: Geometría de las pasiones, México, Fondo de Cultura Económica, 1995, p.85). La propuesta del film es audaz: porque mientras Iron Patriot (el Iron Man construido por el gobierno de los Estados Unidos) se encuentra en Afganistán maltratando a sus habitantes, la amenaza está adentro: no sólo adentro del territorio sino de la mente de los norteamericanos. Es el virus de la inseguridad que, como mostró genialmente Woody Allen en Todo lo demás (Anything Else), implanta la paranoia sin límites porque no hay acontecimiento que pueda ponerle fin. Nunca queda del todo claro si el discurso de la inseguridad se alimenta de las causas que lo justifican o más bien las produce. Iron Man 3 lleva esto al paroxismo: si antes eran los hippies, ahora son los terroristas. Más allá de su existencia, la vida social necesita de esos otros.

Al mostrar el mal, los villanos de la película de Shane Black muestran también lo que la gente considera el bien: la acumulación de información con fines justos y la encarnación del peligro y la inseguridad en los terroristas (más particularmente islámicos). Pero esta creencia supone que hay información verdadera y otra falsa cuando lo que predomina es el colapso de esta distinción a favor de una proliferación de la información misma como ficción. La escena del Mandarin es, a la vez, imaginaria y real, actual y virtual. De todos modos, estos son solo temas y poco nos dicen sobre cómo están narrados.

Si el mal vinculado al uso inmoral de la ciencia es un clásico del cine, quizás no haya tema más propio del cine que la necesidad de transgredir o suspender la ley para aplicarla. El western, el policial negro, las películas de acción y de superhéroes giran invariablemente alrededor de esta cuestión. En momentos excepcionales, la justicia, nos dicen, sólo se realiza al margen de la ley. El superhéroe demuestra justamente eso: frente a la debilidad de las instituciones, la necesidad de un superpoder para que se haga justicia. Pero hay acá también, como en la manipulación de la ciencia, una inflexión. La soledad del transgresor (del cowboy, el detective, el superhéroe) necesita ahora del apoyo del Estado y del ejército. Superman, en su última versión dirigida por Zack Snyder, se siente culpable y hasta deprimido por los problemas que ocasiona su llegada a la tierra. Algo cambió en los superhéroes: antes, sus aventuras evitaban la catástrofe, ahora la provocan. En El hombre de acero de Zack Snyder esto llega al límite: en su defensa del planeta de una amenaza que él mismo trajo, Superman destruye Manhattan y muchísimos lugares más en los que, si la historia no pusiera el foco en la esposa del periodista que logra salvarse, sería solo la exhibición espectacular de un genocidio sin precedentes. La catarsis, con esos niveles de destrucción y ruina, se hace cada vez más difícil. La llegada de Superman fue, sobre todo, una desgracia. Superman sale vencedor pero un conteo a vuelo de pájaro de la última versión llega a cien mil muertos, sino más. Bin Laden, al lado del hombre de acero, es como un niño que juega a derribar torres de cubos (esto, de todos modos, es la percepción de un adulto; mi hijo de 10 años disfrutó muchísimo de la película).

Iron Man 3 no es menos: hay varios atentados terroristas entre los que se destaca el que sucede en el tradicional Teatro Chino de Los Ángeles, que fue sede, hace tiempo, de la entrega de los Oscar. Es como si, en su cinismo, la película propusiera destruir Hollywood, centro neurálgico de esa máquina de imágenes de la industria del entretenimiento de la que forma parte (no es otro el tema de Argo: cómo puede la industria del entretenimiento hacerse cargo de los conflictos políticos y resolverlos con menos violencia y además ganando unos buenos millones). En este clima de guerra, en este estado de excepción, el superhéroe necesita del apoyo del ejército, del gobierno, del Estado. Siempre fueron sus aliados pero antes eran auxiliares: ahora en cambio es el gobierno el que debe reconocer que Superman o Iron Man están de su lado. El superhéroe –como el Estado al que representa– ya no actúa frente a las excepciones sino que no deja de producirlas y hasta hay un goce en esa catástrofe inminente que justifica su poderío. Frente al atentado descabellado que siempre está por suceder, la vigilancia no es padecida sino deseada. Por eso Superman y Batman son depresivos y Iron Man un irresponsable: no vienen a salvarnos sino a mostrarnos que haber confiado en ellos es una de las causas de nuestros males. Al menos cuando más se los necesitaba (en el atentado de las Torres Gemelas), no aparecieron. De hecho, las Torres Gemelas que se reflejaban en los ojos del Hombre Araña en el cartel que anunciaba su tercera parte debieron ser sacados de circulación.

¿Todos estos extremismos en las historias de los superhéroes significan que el cine-espectáculo se está politizando? Estas películas siempre tuvieron efectos y, en algunos casos, hasta objetivos políticos. Lo que sí sucedió con las últimas producciones es que ha cambiado la relación entre política y entretenimiento. La ceremonia de los Oscars, por ejemplo, siempre tuvo irrupciones políticas desde tiempos de Marlon Brando y Vanessa Redgrave. Sin embargo, lo ocurrido en la última entrega fue algo inédito. No hubo politización del espectáculo a cargo de un actor (el exabrupto de Richard Gere en 1993 que después fue controlado) sino una espectacularización de la política. O mejor: un abandono de la política a favor del espectáculo para producir efectos políticos. La política no fue lo que vino de afuera, sino un efecto del mismo mundo del espectáculo y estuvo a cargo de una funcionaria de la primera línea del gobierno estadounidense: Michelle Obama. Como el Mandarín, que no tiene existencia más allá de la pantalla. Ya hace tiempo que la política y el Estado se piensan como formas del espectáculo y tal vez la politización hoy sea eso: quién hace las mejores puestas en escena, qué jefe de Estado baila mejor, cuál tiene más carisma de star. No es una estetización de la política ni mucho menos una politización de la estética sino el proceso de la disolución de ambas en el seno del mundo del espectáculo. Por supuesto que este proceso está lejos de haberse completado (y tal vez no lo haga nunca), pero quien no lo tiene en cuenta queda afuera del juego político.

Las películas en competición por la estatuilla del 2012 no eran ajenas a esto: por lo menos tres de las nominadas, tenían un tema explícitamente político: Argo de Ben Affleck, La noche más oscura de Kathryn Bigelow y Lincoln de Steven Spielberg. La ganadora Argo es una alabanza de la suspensión de la ley para la realización de la justicia (su punto de vista recuerda a los procedure films que incentivó el FBI en los cincuenta: el delito contado desde las organizaciones gubernamentales). Tanto Argo como La noche más oscura están “basadas en hechos reales” y sostienen todo su argumento ideológico en relación con el derecho internacional. Lincoln, en cambio, se remonta a los orígenes de la nación norteamericana y propone frente al mismo problema (el Estado de excepción), una transgresión razonada. Las tres responden al mismo problema: cómo pensar esa zona de la justicia a la que la ley no puede dar respuestas.

Los temas actuales en la relación entre el cine y la política están por todos lados: la vigilancia y la información, la reflexión sobre la ley y la zona de excepción, el rol del Estado en la industria del entretenimiento y el mundo del espectáculo. Abriendo el juego sobre estos tópicos y no limitándose al cine mainstream, este DOSSIER enfocó sobre diversos objetos de diferente naturaleza que sólo por comodidad etiquetamos con un mismo nombre: “cine”. Iván Pinto ensaya una lectura del director que más desmenuzó los sistemas de vigilancia, el alemán Harun Farocki. Sobre la detección y uso de la información por parte de la policía en la serie The Wire (La escucha) escribe Lila Caimari. Gabriel Giorgi analiza una de las películas más polémicas de los últimos años: La noche más oscura (Zero Dark Thirty) de Kathryn Bigelow, que cuenta el asesinato de Osama Bin Laden en manos de una fuerza especial estadounidense. También hay un artículo sobre Lincoln de Spielberg que es de mi autoría. Sobre cine argentino escriben Emiliano Jelicié (las películas sobre la dictadura), Domin Choi (sobre El estudiante) y Adrián Gorelik sobre los documentales de Jony Perel acerca de los edificios y monumentos relacionados con el terrorismo de Estado. María Pía López y yo escribimos acerca de los documentales sobre Kirchner.