Tema del Mes

SEPTIEMBRE 2013

El punk es como una bomba inexplotada: una entrevista con Greil Marcus

01 / 09 / 2013 - Por Agustín J. Valle

El autor del insoslayable "Rastros de Carmín", considerada la "Biblia del Punk", acaba de publicar en la Argentina los ensayos "Escritos sobre punk", y en esta entrevista asegura ver una continuidad entre aquellas manifestaciones contraculturales de los años 70 y las actividades de Pussy Riot en Rusia o del colectivo feminista Femen en Ucrania. Y agrega: "Bien escuchado, cualquier viejo disco punk hace que todo aquel cuestionamiento vuelva a empezar".

Como crítico de rock, Greil Marcus (San Francisco, 1945) alcanzó a ser uno de los historiadores culturales más reconocidos del mundo; en su obra cumbre, Rastros de carmín, la virulenta aparición del punk abre una pregunta elemental, instintiva -¿de dónde sale esto?-, que lo lleva a trazar un linaje, en buena medida ignorado por sus integrantes, entre el dadaísmo, el situacionismo y el punk. Aunque en realidad mucho más atrás, ya en grupos de cristianos libertinos de los siglos XII y XIII, como la Hermandad del Espíritu Libre, encuentra formas de la “rotunda negación de todo lo habido” como movimiento que abre una zona ilimitada de libertad expresiva. En efecto, el valor de una cosa es lo que puede hacerse con ella, y Marcus toma al punk como vector estético de procesamiento del conflicto político; sus escenarios concretos son siempre pequeños (bueno, “pequeños”: vidas), y su multiplicación es inmensurable.

Días atrás se publicó en la Argentina su tomo sobre la historia del género hasta los primeros noventa, Escritos sobre punk (en Paidós, sello que también le publicó El basurero de la historia). Mientras, en Nueva York, donde vive Marcus, el Metropolitan Museum of Art ofrece la exhibición "Punk: del caos a la alta costura", que bien puede verse como uno de los ejemplos en que la disidencia es absorbida como insumo –o incluso como exigencia- por el orden establecido. “La muestra en el MET me pareció una completa pérdida de tiempo –dice Marcus entrevistado desde Buenos Aires-. ¿Para qué hacer una muestra de materiales que se asumen derivados de algo más interesante que lo que se muestra?”.

-¿Es posible imaginar qué es, o sería, el punk hoy?

-Aparte de un estilo musical codificado y mercantilizado, aparte de una consigna de moda retro, el punk está ante los ojos de todos, con Pussy Riot en Rusia, o con el colectivo ucraniano de activismo feminista Femen (actualmente activos también en París y otros lugares), en sus vidas y sus acciones. En las declaraciones de las mujeres de Pussy Riot leídas ante la Corte antes de ser sentenciadas a prisión por hooliganismo religioso vemos todo lo interesante, todo lo sorprendente y atemorizante, todo lo movilizante y excitante del punk; pero también en el ruido que hicieron en la catedral rusa -parte X-Ray Spex, parte Kleenex, parte ellas mismas-: el sonido no mediatizado de mujeres haciendo ruidos femeninos en público tan fuerte como sea posible. Y no es un accidente, creo, que las acciones de Femen en Notre Dame -primero protestando por la elección del Papa Francisco, después satirizando el suicidio de un historiador francés de derecha que se mató en Notre Dame porque, decía, Francia se estaba hundiendo en la degeneración moral a causa de la legalización del matrimonio gay- se ven igual que Pussy Riot, lo que quiere decir que resuenan en ellas X-Ray Spex y otros tantos grupos ingleses y europeos de chicas punk de fines de los setenta y comienzos de los ochenta. Pintarse slogans de arriba a abajo en el cuerpo desnudo es puro punk: el deseo de comunicar, la urgencia por el discurso público, transmitido con humor y violencia.

-¿Hay continuidades que no son visibles a los ojos de una época hasta que producen estallidos que la perforan?

-Digamos simplemente que me resultó emocionante, fervoroso y muy movilizador, pero para nada sorprendente, cuando Nadezhda Tolokonnikova, de Pussy Riot, citó a Guy Debord como una influencia.

-Y los movimientos populares masivos recientes, desde la primavera árabe hasta los acontecimientos en Brasil, pasando por España, acaso también el movimiento Occupy Wall Street, ¿cree que tienen algún ingrediente punk?

-No hay ninguna duda de que el movimiento Occupy, desde sus comienzos en la revista Adbusters [revista, de origen canadiense, de agitación contra la publicidad], de influencias debordianas bastante superficiales, hasta muchas de sus retóricas y manifestaciones, como mínimo arrastran un drenaje de los situacionistas, ideas, slogans, murmullos. Incluso tal vez escritos. Pero Occupy fue también, aún a su manera chillonamente anarquista, muy programático. El “micrófono humano” de las así llamadas asambleas generales –el que habla dice algo, media frase como mucho, y todo el mundo se pone a repetirlo, supuestamente para que todos puedan oír sin necesidad de amplificación- me resulta algo del todo alienante y deshumanizante. Su manera de transformar a los oyentes en títeres, su manera de asumir acuerdo en vez de efectivamente discutir… Realmente, si estuvieras en una multitud y el orador dice algo que te parece equivocado, estúpido, vil o simplemente irrelevante, ¿querrías repetirlo? El punk consiste en discurso libre –encontrarlo, crearlo, escucharte y escuchar a otros-. ¿Qué tiene de punk el dispositivo de Occupy, qué tiene de libre?

-Suele hablarse de punk dando por sentada una imagen. Pero ¿pueden hacerse distintas historias del punk, que ofrezcan diferentes linajes? Por ejemplo, si postulamos que los Sex Pistols hegemonizaron las narrativas de la historia punk, ¿Qué sucede si ponemos en el centro del gen punk a los Clash?

-Por supuesto, existen innumerables historias. Los Pistols eran el grito del yo; los Clash afirmaban un nosotros. Pero más que empezar con una banda como The Clash, ¿por qué no buscar las raíces de un relato diferente del punk en la historia de Terry and the Idiots? En el film D.O.A, sobre el inicio del punk y la gira americana de los Sex Pistols, la película va y viene, atrás y adelante, a Terry, que había armado una banda punk y conseguido un show en un pub de trabajadores. Terry no puede cantar -ni siquiera en la forma grandiosa en que tantos cantantes punk no podían cantar-. Está congelado, helado, y retorcido, pero de una manera espantosa que da vergüenza ajena para cualquiera que esté mirando la película, para la gente en el pub, para sus compañeros de banda, para sí mismo… Tenés que imaginarte la situación. En el pub la gente le grita, lo empuja, le pega, lo sacude, con desprecio, pero también con otra cosa, algo más, que Terry produce… Muchas otras emociones. Miedo. Auto-reconocimiento en su figura... Algún reconocimiento de cuánto coraje es necesario para estar de pie delante de otras personas y al abrir la boca descubrir que no tenés nada que decir.

-¿Y qué pasó con Terry?

-¡Ese fue el único show de Terry and the Idiots! Pero hay un eco, muchos años después, en el video de Nirvana Live! Tonight! Sold Out!. Nirvana está tocando creo que en alguna parte de Sudamérica, ante un público fervoroso, con enormes guardaespaldas en el escenario. En un momento, Kurt Cobain hace algo –cantando, tocando- que enfurece a uno de los guardaespaldas. El tipo atraviesa el escenario, empuja a Cobain y empieza a pegarle, lo tira al piso y sigue dándole patadas. Había un fuerte componente de auto desprecio, de asco por sí mismo, en las canciones de Cobain –quizá eso fue lo que el patovica sintió, y lo que le hizo querer matar.

-¿El cantante encarna y exhibe las miserias ajenas?

-¿Por qué cualquiera que transmite eso es una rata que debe ser aplastada? ¿Acaso porque el patova sabía exactamente lo que Cobain, a su modo, expresaba? Como sea, sucedió. Le sucedió a la que en ese momento era una gran estrella, y su presencia la razón por la que todos los demás estaban ahí. ¿Es ese el verdadero momento punk, cuando el que toma públicamente la palabra, el orador, Terry the Idiot o Kurt Cobain de Nirvana, la mayor banda del mundo, dice aquello que el resto del mundo no solo no quiere escuchar sino en principio no puede escuchar?

-¿De qué otras maneras cree que el punk puede hablarle a nuestro presente?

-De cualquier manera. Cualquier viejo disco punk es -para usar una metáfora prestada de Rastros de Carmín- como una bomba sin explotar. Alguien la encuentra, la recoge, trata de imaginar o entender qué es, lo que dice e implica, y entonces toda la conversación punk -el cuestionamiento de todo- vuelve a comenzar otra vez.