Tema del Mes

SEPTIEMBRE 2013

Literatura y ciencias sociales: fragmentos de un conflicto (primera parte)

01 / 09 / 2013 - Por Damián Tabarovsky

A medida que la sociología “científica” se fue afirmando en sus métodos y en su lugar de autoridad, entre fines del siglo XIX y principios del XX, la literatura fue perdiendo su sitio de descriptora de lo social, de narradora de la sociedad, y se fue desplazando hacia un afuera, hacia lo que podemos llamar “vanguardia”. ¿Pero acaso con el tiempo no se volvieron las ciencias sociales, también, otra narración más?

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En Real and Imagined Worlds. The Novel and Social Science, de 1977, libro que se ha vuelto ya un clásico, Morroe Berger escribe: “el enfoque de las evidencias y las pruebas es diferente en la novela y en las ciencias sociales. En cierto sentido, la ‘evidencia’ es infinita en la ficción, puesto que el novelista puede ofrecernos tanta o tan poca como quiera o pueda crear, o considere que necesita el lector. Además, si el novelista nos dice algo acerca de un personaje o describe un suceso los lectores pueden poner fácilmente en tela de juicio su veracidad. Las fuentes tienen que ser tratadas en las ciencias sociales con mucha cautela y escepticismo (…) las ciencias sociales tienen la obligación de procurar la información más completa acerca de la conducta y las instituciones sociales, así como ofrecer estudios, hipótesis, y teorías que se levantan las unas sobre las otras”.

Podemos disentir, y de hecho lo hacemos, acerca de la descripción que Berger –en la confluencia del pragmatismo norteamericano- hace de las ciencias sociales: ni el carácter moral de la aserción (“tienen la obligación”), ni la reducción empírica (“procurar información”), ni mucho menos aún el rasgo conductual (“información completa acerca de conductas”) son pertinentes en las tradiciones más críticas de las ciencias sociales; es decir, las tradiciones ajenas y en combate con todo positivismo. No obstante, lo que aquí me importa de la frase de Berger, y casi diría, de todo su libro, es la posibilidad de pensar la tensión, el conflicto e incluso el diálogo (ya que el diálogo incluye también al conflicto y a la tensión) entre literatura y ciencias sociales en el siglo XIX como un modo de pensar la cuestión de las narraciones, de la pregunta sobre la legitimidad de quién narra y acerca de qué se narra.

De hecho, Berger escribe esta frase casi al final del libro, justo antes de comenzar un minucioso análisis de Balzac y del realismo francés. Ocurre que, de alguna manera, podemos pensar el pasaje entre discursos, entre relatos, entre saberes, entre narraciones; es decir, el pasaje -la transición- entre eso que, por comodidad o para abreviar, podemos llamar “literatura realista del siglo XIX”, y las ciencias sociales nacientes (las ciencias sociales autodefinidas en su dimensión, precisamente, “científica”) como el combate entre esos dos órdenes del discurso por obtener legitimidad para definir lo social, para comprender la sociedad.

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Debemos detenernos en esta hipótesis: a medida que la sociología “científica” se fue afirmando en sus métodos y en su lugar de autoridad, de Saint-Simon y Compte, y a Marx y, ya en los comienzos del siglo XX, a Weber y Durkheim, por mencionar solo algunos nombres, la literatura fue perdiendo su sitio de descriptora de lo social, de narradora de la sociedad, y se fue desplazando hacia un afuera, hacia lo que, también por comodidad y para abreviar, podemos llamar “vanguardia”.

Balzac, Flaubert y el naturalismo todavía se pensaban como capaces de acceder o, mejor dicho, de expresar un conocimiento íntimo de lo social, de sus costumbres (son los études des moeurs). Pero ya hacia el último tercio del siglo XIX la narración de la sociología se mostró más pertinente, o tal vez más exitosa para revelar los modos de funcionamiento de lo social. El triunfo de las ciencias sociales es evidente, y al mismo tiempo en que ello ocurre, acontece también Mallarmé, y luego Joyce, Proust, o Raymond Roussel.

No se trata de pensar que el éxito de las ciencias sociales arrojó a la literatura a la vanguardia. No es un asunto de causa-efecto. Se trata, en cambio, de pensar en sincronía esos dos fenómenos, en el mismo horizonte de discusiones de época y problemas intelectuales y literarios.

La literatura de vanguardia comprende que su asunto no es ya la sociedad sino el lenguaje. Y si la lengua está sobredeterminada por lo social, e incluso por lo histórico, lo político y lo económico, el trabajo de la novela se volcará, entonces, a cuestionar, a derribar la sintaxis dominante.

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Retomemos ahora una escena, sobre la que he vuelto una y otra vez, pero sobre la que vale la pena demorarse nuevamente: el juicio a Flaubert por Madame Bovary, en enero de 1857, por “ofensas a la moral pública y la religión”. Como es conocido, Flaubert es absuelto, pero no es eso lo que nos importa aquí. Nos interesa el discurso de Monsieur Pinard, el poderoso fiscal que meses antes había logrado condenar a Baudelaire y Las flores del mal por razones similares.

Pinard acusa a Flaubert de un exceso en su escritura: "el género que Flaubert cultiva, el que practica sin los miramientos pero con todos los recursos del arte, es el género realista, la pintura descriptiva (...) me preguntaré, con permiso de ustedes, acerca del color, de la pincelada (...) porque las pinta sin freno y sin medida". El realismo no tiene “freno ni medida”. Pero para probar su alegato, primero Pinard, y luego Monsieur Sénard, el defensor de Flaubert, recurren a un tropos, que dicho desde el derecho a la literatura (valga el juego de palabras: el derecho juzga a la literatura; juzga el derecho de la literatura de ser precisamente literatura) llega medio siglo después al corazón de la sociología, quiero decir, llega hasta Max Weber.

Dice Monsieur Sénard, con la intención de probar la inocencia de su defendido: “Lo que ante todo ha querido hacer Monsieur Flaubert, ha sido tomar de la vida real un tema de estudio; crear, constituir tipos verdaderos de clase media, y llegar a un resultado útil. Sí, lo que más ha preocupado a mi cliente en el estudio al que se ha entregado, ha sido precisamente ese objetivo útil, que ha perseguido poniendo en escena a tres o a cuatro personajes de la sociedad actual, viviendo en las condiciones de la vida real y ofreciendo a los ojos del lector el verdadero cuadro de lo que uno encuentra más frecuentemente en el mundo”.

Estamos, está claro, a las puertas de la sociología. O tal vez, habiendo pasado su umbral. Porque lo que se destaca del alegato de Sénard no es solo la razón de Madame Bovary (“tomar de la vida real un tema de estudio”), no es solo los efectos deseados (“llegar a un resultado útil”), no es solo la ilusión de describir las clases sociales (“personajes de la sociedad actual”), o mejor dicho, es todo eso, sí, pero sobre todo es algo más: es el término que utiliza, y por el que abre las puertas a las ciencias sociales: “tipos”. Esa es la palabra clave, el término crucial. Escuchemos nuevamente a Sénard: “Lo que ante todo ha querido hacer Monsieur Flaubert, ha sido tomar de la vida real un tema de estudio; crear, constituir tipos verdaderos de clase media”. Flaubert, dice su abogado defensor (al que, por supuesto, le creemos) trabaja a partir de “tipos”, es decir, elaborando tipologías que le permiten acceder a la verdad de la “clase media”.

Pasemos ahora a Max Weber, quiero decir, a su teoría de que la sociología debe crear “tipos ideales” para acceder al conocimiento de lo social, en particular al sentido de la acción, el gran tema weberiano (tema de una actualidad evidente, sobre la que habría que seguir pensando). Weber entiende por “tipo ideal” una serie de cuadros conceptuales que permiten describir el funcionamiento de lo social, la forma en que la acción social adquiere legitimidad. Es decir, los tipos nunca son empíricos (como muchas veces los piensa cierta sociología trivial), ni mucho menos son arquetipos, en el sentido de Platón, sino que son unidades metodológicas que permiten describir los modos en que se desarrollan las acciones sociales y las estrategias que los actores sociales se dan a sí mismos.

Economía y sociedad es el gran libro en el que Weber desarrolla diversas categorías (“acción racional con arreglos a fines”, “acción racional con arreglo a valores”, etc.) a partir de sus tipologías. Por supuesto que los tipos weberianos (y la noción misma de tipos ideales) ha sido discutida, cuestionada, y relegada por las propias ciencias sociales. Pero no estamos aquí para resumir a Weber, ni para defender su teoría, no es esa nuestra intención ahora.

Nos importa, en cambio, la forma en que Weber retoma los términos, las palabras, las frases que el abogado defensor de Flaubert usaba cincuenta años antes de él. Para Monsieur Sénard, Flaubert ha querido “constituir tipos verdaderos de clase media”. ¿Podría la literatura, o sus abogados, decir algo igual, ya a principios del siglo XX, la época de Weber? ¿Podía decir eso el abogado de Joyce? ¿El de Proust? ¿Incluso del de Kafka? Ya no es posible (y cuando lo hace, cuando la literatura –todavía hoy- declara que su tarea es describir la sociedad, solo genera en nosotros –en mí- risitas nerviosas, vergüenza ajena y un inconmensurable sentimiento de estar en presencia del kitsch). Desde entonces, la narración de lo social pertenece a las ciencias sociales (o en todo caso, se juega en el conflicto entre ciencias sociales y medios de comunicación por dar sentido a lo social; conflicto que se hace patente en nuestros días y en nuestro país).

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Flaubert fue absuelto. Triunfó su abogado defensor. Y su triunfo implica el fracaso de la literatura para volverse sociología. Desde entonces, la literatura está sola, entregada a su suerte. Su destino ya no es fundirse en lo social. Su interés -el interés de las mejores escrituras desde entonces- reside en repensar la lengua. O más aún: ha sido demoler la sintaxis dominante. A ese tipo de narración llamamos hoy literatura.

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¿Entonces en qué momento las ciencias sociales se volvieron también narración, ficción?