Tema del Mes

SEPTIEMBRE 2013

La Policía en "The Wire": cumpliendo con los procedimientos, pero fuera de la ley

08 / 09 / 2013 - Por Lila Caimari

Decir que "The Wire" es la serie más interesante de la era de las series televisivas no es algo muy original. La saga sobre narcos y policías (que duró cinco temporadas y se estrenó en 2002) ha convocado a sociólogos, criminólogos y teóricos culturales a reuniones exclusivamente dedicadas a analizarla. Pero para la autora de este ensayo lo más interesante de "The Wire" es el retrato que hace de las instituciones. Y ninguna es observada con tanta lucidez y escepticismo como la Policía.

Primera escena de The Wire: sentados en una vereda de Baltimore, mirando el despliegue de ambulancias junto a un cadáver tirado en la calle, conversan el detective McNulty (Dominic West) y un testigo del barrio. “Hey, I ain’t goin´to no court” (“No voy a ninguna corte”). Con la doble negación, el joven establece de entrada el estatus “off the record” de lo que dirá al policía. Segunda escena de The Wire: juicio por homicidio en los tribunales de la ciudad. El acusado es miembro junior de una red de tráfico. Un atildado espectador sigue el desarrollo del caso. Es Stringer Bell (Idris Elba), eminencia gris de la banda en cuestión. En plena sesión, McNulty se desliza hacia los asientos del fondo. Sabe que es una causa sólida, con evidencia contundente y un juez aliado, así que se ha colado en la sala para ver el desenlace. Lo que presencia es, en cambio, la treta que sella el fracaso del laborioso armado de fiscales y detectives. A último momento, una testigo clave cambia su versión, y niega haber visto al acusado en la escena del crimen. Todos entienden que ha sido sobornada, pero es tarde para modificar la estrategia. El sujeto es declarado inocente. Antes de irse, McNulty se despide del traficante Stringer: “Buen trabajo”, dice con sonrisa amarga.

A estas alturas, decir que The Wire (La escucha) es la serie más interesante de la era de las series no es precisamente arriesgado. La meditativa saga sobre narcos y policías, que se desarrolla en cinco temporadas estrenadas por HBO a partir de 2002, ha deslumbrado con sus audacias políticas, estéticas y argumentales. Se ha hablado de la eficacia para describir la catástrofe de la ciudad y denunciar el abandono de los más pobres. (Según David Simon, creador de la serie y ex periodista del Baltimore Sun, el proyecto le permitió llevar a públicos amplios lo que durante quince años denunció en ese diario con ínfimo impacto.) Se ha aplaudido la intransigencia de la ambientación en barrios de esquinas rugosas y descampadas, casas abandonadas y almacenes con vidrios a prueba de bala. Se ha hablado del reparto, que reunió actores conocidos con otros mucho menos conocidos, y echó mano de personajes de esas mismas calles. Se han apuntado también las resonancias novelísticas -The Wire como narración tolstoiana de los márgenes- y la fidelidad de los diálogos, que honran dialectos barriales y ocupacionales. Con su nutrido espectro de temas de interés académico, la serie ha convocado sociólogos, criminólogos y teóricos culturales a reuniones exclusivamente dedicadas a analizarla.

Celebrada y multipremiada, The Wire no necesita de muchas discusiones sobre su estatus, lo cual me permite ir sin más demoras a lo que me interesa, que es la observación de la policía. Más precisamente: del trabajo de obtención y tratamiento de información de la policía. Simon ha dicho que la serie es sobre instituciones. Efectivamente, podría describirse como un estudio de las imposibilidades e impotencias de las instituciones, y ninguna es observada con tanta lucidez y escepticismo. Si The Wire cultiva el pesimismo radical en relación a muchas cosas, el entrelazamiento entre el mundo de los traficantes y el de los pesquisas funciona como columna vertebral, por debajo y por encima de los pesimismos de cada temporada, sobre la escuela pública, la prensa o la política. Los personajes de estos mundos pasan: narcos y policías permanecen. Y, como también se ha señalado, permanecen en mundos retratados con deliberada complejidad.

La descripción del punto de vista policial debe mucho a Ed Burns, colaborador de Simon en toda la empresa. Ex policía devenido maestro, Burns pasa a la ficción televisiva al cabo de dos décadas de experiencia en la “guerra contra las drogas”, que a esas alturas considera irremediablemente perdida. (Burns conocía a algunos de los actores amateurs por haberlos arrestado durante su carrera anterior.) En The Wire, la policía es observada con ojo crítico y a la vez íntimo, con una agudeza que nunca es desapegada. El primerísimo plano en las luchas de poder, por ejemplo, no se agota en la denuncia de internas y corrupciones, sino que sirve para iluminar la devaluación desesperante de una misión considerada legítima. El comentario sobre la manipulación de las estadísticas delictivas es letal y a la vez desopilante en su ilustración de los extremos a los que se llega para ganar partidas. Las escenas de oficina están salpicadas del folklore de chistes vulgares y sobreentendidos gruesos del cop culture (esto incluye ejercicios paródicos sobre el asunto, como la larga secuencia en la escena del crimen, donde dos detectives hacen mediciones en silencio, intercalando solamente la palabra “fuck”: http://www.youtube.com/watch?v=1lElf7D-An8).

El lugar de la policía también se explica por la perspectiva general del proyecto The Wire, donde la peripecia al ras del suelo prima sobre el relato de las luchas entre los grandes jugadores. The Wire es descendiente de otra serie de Simon, The Corner, que buscaba retratar –en sus palabras- la “cultura de la esquina”. Interesarse en la calle es poner en primer plano a los “peones” del juego de narcotráfico, esos pequeños distribuidores en perpetua escaramuza con los policías que los vigilan. Van, vienen, se miran, a veces se hablan: en cierto modo, todos están atrapados en un mismo mundo. Por momentos, el lazo que los une parece más real que el que los conecta con sus superiores en la cadena de mando respectiva.

No creo que la novedad de The Wire consista en mostrar personajes complejos o moralmente dudosos dentro de la policía. Hemos visto esto en otras buenas series policiales, y sabemos que las novelas de la tradición negra hicieron de estas ambigüedades un arte. La policía de The Wire convence por razones que le han costado la fidelidad de las audiencias más masivas. La primera y más evidente es el desenlace perfectamente insatisfactorio de los casos. La trama transcurre en una suerte de empate permanente, donde no hay enigma –y si lo hay, es irrelevante. Desde las escenas iniciales sabemos que unos y otros se conocen bien, y que el desafío consiste en ver quién logra y quién impide la prueba decisiva para llevar los casos a la justicia -hasta el más subordinado de los “peones” sabe que lo primero que hay que decir a un policía es que “he ain’t goin’ to no court”. La acción transcurre con la lentitud de un juego de trincheras. Si de vez en cuando hay un triunfo policial, ese triunfo es demasiado contingente, temporario y moralmente inestable para cerrar nada. Y nunca es un triunfo de la ley, sino de las tretas procedimentales.

El título de The Wire alude al principal de esos recursos. En la primera temporada, la policía pone en marcha un dispositivo para interceptar llamadas entre miembros de la red que intenta desbaratar. Recurso rendidor, y a la vez terriblemente limitado (el énfasis está siempre en esos límites). Límites legales, primero, porque la escucha sólo es posible con una autorización judicial, que deja a los detectives en deuda con sus aliados en la justicia. Límites materiales, en una institución de presupuesto drásticamente mermado por la bancarrota local y la lucha contra el terrorismo. Con sus aparatos rústicos, sus ambientes mal iluminados y su explícito recurso a informantes y soplones, The Wire es lo opuesto de las series que colocan el peso de la resolución de los casos en deslumbrantes tecnologías forenses.

De modo que la escucha funciona sólo de a ratos. Y cuando funciona, pone en evidencia las dificultades gigantescas para armar una estrategia de investigación coherente. Cuando su tenue lazo con el objeto de vigilancia no es interrumpido por deficiencias técnicas, es interceptado por mandatos de la jefatura, que no tiene tiempo para investigaciones largas, invisibles y políticamente riesgosas. Si la escucha sobrevive, es porque todos saben que guarda la promesa de la prueba judicial. No importa que en el camino se viole la ley o que se ejerza brutalidad (que la policía no respeta la ley y que es brutal son premisas tan obvias que aparecen sólo de costado y distraídamente). Lo que vertebra la acción es, por sobre todo, el desafío de obtener evidencia traducible al lenguaje de la justicia.

Comentaristas menos entusiastas señalan que la acción de la serie avanza lentamente, como si la frustración y el empantanamiento fueran un defecto de guión y no el tema mismo. The Wire es una etnografía de la policía antes que un policial en sentido literario o televisivo. Su empecinamiento en el gris cotidiano la separa del procedimental que apuesta a entretener con los excitantes vaivenes de la investigación. Los policías de The Wire pasan mucho tiempo sumidos en el tedio de la espera, arreglando aparatos descompuestos, dormitando en los patrulleros, alimentados por comida chatarra. Son más tiempos muertos de los que puede permitirse una serie policial, pero no más de los que sugieren los estudios sobre el quehacer de los investigadores de la policía. También abundan escenas donde se tipean informes –es decir, donde se traduce la experiencia de la calle o los datos de la escucha a lenguajes burocráticos. Y una vez más: el énfasis en estas instancias está en sintonía con las etnografías que insisten en que los detectives pasan más de un tercio de su tiempo “burocratizando” hallazgos.

La atención prestada a las dificultades de formalización de la evidencia denota un punto de vista muy sensible al universo policial. Una y otra vez se comprueba la disparidad grotesca entre lo que ocurre en la calle y lo que logra codificarse para los tribunales, entre los esfuerzos por obtener información y lo poquísimo que puede hacerse con esa información una vez mudada a los escenarios de la política, la justicia y la prisión. Así las cosas, uno termina por preguntarse cuál es el imperativo detrás de estos detectives que pasan cinco temporadas trabajando para obtener briznas de evidencia útil y condenas irrisorias de grandes criminales. Las ingenuidades sobre el bien y el mal están muy lejos, claro. Pero tampoco hay puro cinismo tras la compulsión de ganar, aunque sea fugazmente, esa imposible carrera de obstáculos. Cuando todo está perdido, el sentido se encapsula en lo inmediato, y ahí asoma la belleza parca del quehacer de la investigación.