Tema del Mes

SEPTIEMBRE 2013

Sobre las ideas de Historia, ficción y narración

15 / 09 / 2013 - Por Martín Kohan

En este artículo el escritor y docente Martín Kohan (autor de los ensayos "Narrar a San Martín" y "Eva Perón. Cuerpo y política") señala que afirmar que la historia es una narración no implica decir que es una ficción. "Decir que el relato de la historia se trama como las ficciones literarias no implica sostener que sea ella misma una ficción literaria. Que todo texto histórico pueda leerse como si fuera literatura, no implica que en efecto lo sea", advierte.

Ahora puede resultarnos algo extraño, o inclusive sorprendente; pero hace unos años era perfectamente normal, y hasta un lugar común si se quiere, sostener que la historia era ficción, una ficción entre tantas otras. Había que leerla y había que entenderla tal y como se leía un relato literario. Cabe agregar que en ese entonces, ese período entre los ’80 y los ’90 en que se insistía en dar por finiquitada a la modernidad con todas sus premisas y categorías, lo corriente era postular el carácter ficcional de todos los discursos, de todas las representaciones. No se trataba solamente de una condición peculiar de la historia, determinada por definición al examen retrospectivo de un mundo sido pero ya ausente, sino de un escepticismo primordial aplicado de igual manera al presente: tampoco había realidad más allá de las figuraciones de los medios masivos de comunicación, y lo que hacían los medios respecto de ella no era otra cosa que inventarla. La ficción se expandía así hasta abarcarlo prácticamente todo, lo pretérito no menos que lo actual, lo remoto no menos que lo inmediato. Era eso lo que se estilaba: hacer de todo literatura. Y todo con el aire leve, ligeramente jocoso, tan propio de la ironía postmoderna.

Por supuesto que este afán partía de un escepticismo genuino, y acaso indispensable: aprender a descreer del mundo que nos daban a ver los medios, por una parte, y por otra parte poner en cuestión el estatuto de verdad certificada, objetiva, probada en el sentido positivista de la expresión, del discurso de la historia. Ese pacto indisoluble entre la historia y la verdad, sellado con la garantía presunta de los documentos y los testimonios fehacientes, era lo que se estaba queriendo poner decididamente en cuestión. Y no ya desde la prevención de rigor acerca de la imposibilidad de la neutralidad de los historiadores, del sesgo ineluctable de sus perspectivas y sus ideologías, sino desde una premisa más ambiciosa y más radical: la que sostiene que no existe verdad, sino efectos de verdad; que no hay representaciones sino siempre construcciones; que el mundo que las palabras dicen es siempre creado por ellas mismas.

La hipótesis constructivista prosperó, al amparo de las objeciones a la fe de un positivismo por lo demás inviable. Una de las referencias más asiduas, y por cierto la más consistente, a la que se apeló para sostener estos enfoques sobre la historia, fue la de Hayden White. Metahistoria de Hayden White, publicado en 1973, es un aporte decisivo para la comprensión de las relaciones entre historia y narración. Ante todo porque Hayden White parte justamente de ese punto; lo que se propone es considerar a la historia como lo que más evidentemente es: una narración. Como si se tratara de la carta robada, pero robada a la teoría y a la historiografía, Hayden White considera que fue eso tan visible, lo más visible de todo, lo que venía siendo pasado paradójicamente por alto: que la historia es, ante todo, una narración. Que se la debe considerar, por lo tanto, por su modo de contar, por su manera de componer una trama, por la forma en que decide desarrollar su relato.

Hayden White designa cuatro tropos literarios dominantes y a partir de ellos sigue el trazado de las coordenadas de la imaginación histórica en el siglo XIX. La historia pasa así a ser entendida en clave de literatura. La evidencia de la imposibilidad de una historia mimética y neutral no proviene ya del señalamiento de que todo historiador escribe desde una determinada postura, ni mucho menos proviene de un relativismo genérico; sino de la consideración específica del carácter narrativo de todos los textos históricos. Narrar es interpretar, narrar implica direccionar un cierto orden de sentido. No es que los historiadores narren, cuenten primero lo que pasó, y procedan luego a interpretarlo; es que la narración misma supone de por sí una forma de interpretación. No se puede narrar sin activar un principio de selección, el criterio que permitirá dirimir lo que es relevante y lo que no, lo que resulta significativo y lo que no, lo que merece ser contado y lo que no; no se puede narrar sin desarrollar una sucesividad y sin resolver una estructura, y en esa sola hilación, así no se trate más que del básico encadenamiento cronológico, ya se activa un mecanismo explicativo, una lógica de la consecutividad, una forma de entender las cosas. Y no es sino la narración, el hecho en sí de que la historia sea ante todo una narración, lo que habilita este tipo de indagación sobre la historia.

Metahistoria de Hayden White puede tener un antecedente de importancia en “El discurso de la historia”, artículo publicado por Roland Barthes en 1968. Un Barthes todavía estructuralista se muestra perfectamente deudor de las ideas fundacionales de Ferdinand de Saussure. Y así como Saussure reformulaba las teorías del signo, mostrando que la significación se producía, no en la relación con el referente desde el signo hacia fuera, sino en una articulación de significante y significado que sucede completamente en el interior del signo, así también dirá Barthes que la producción de una significación histórica se verifica como articulación interna en el propio discurso histórico, y no por su relación referencial respecto de la realidad de los hechos. El discurso de la historia, dirá Barthes, funciona en este sentido como un discurso literario.

En castellano empleamos la misma palabra (la palabra “historia”, precisamente) tanto para designar la realidad de los hechos ocurridos como para designar el relato que se hace de esos hechos. Algo de esa contaminación del castellano podría aplicarse al planteo de Hayden White, la idea de un discurso de la historia moldeado con formatos literarios, o al planteo de Roland Barthes, la idea de que el discurso de la historia funciona como el discurso literario. Pero, en cualquier caso, no por eso se habilita la trillada y simplona identificación de la historia como ficción, de la historia como literatura. Decir que la historia es una narración no implica decir que es una ficción, y el propio Hayden White se vio en la necesidad de salir a aclarar su posición sobre este tema. Decir que el relato de la historia se trama como las ficciones literarias no implica sostener que sea ella misma una ficción literaria. Que todo texto histórico pueda leerse como si fuera literatura, no implica que en efecto lo sea.

La realidad de la historia acontece objetivamente, así sea inalcanzable en su verdad y en su facticidad, y no cabe convertirla en ficción. Ninguna sociedad que haya vivido una tragedia histórica estaría dispuesta a hacerlo, y por razones sin duda inapelables.