Tema del Mes

SEPTIEMBRE 2013

Frutos del país: los primeros punks en la Argentina

15 / 09 / 2013 - Por Daniel Flores

Se suele decir que el origen de la llegada del movimiento punk a la Argentina estuvo ligada a jóvenes viajeros de una fracción social acomodada, que se habían informado en Londres, y de allí trajeron los discos que inspiraron el nacimiento de las primeras bandas. Pero ese relato es parcial e interesado. Un recorrido por la historia de grupos locales como Los Violadores, Los Baraja, Alerta Roja y Los Laxantes desmiente esta suerte de mito de origen patricio del punk argentino.

El mito fundacional del punk argentino dice que en 1977 un tal Hari B escribió una carta a la revista Pelo. En plena dictadura militar, la publicación acababa de titular “Rebeldes sin causa” un artículo con una mirada no muy favorable sobre el fenómeno punk en Inglaterra. Después de leerlo, Hari se había apresurado a dar aviso a periodistas y lectores que eso del punk no era sólo algo lejano sino que también estaba ocurriendo en el país. “Les tengo que informar que el punk en la Argentina existe porque yo estoy aquí y lo soy”, aseguraba el mensaje.

Hari B era el seudónimo de Pedro Braun, 17 años, vecino de Belgrano. Apenas unas semanas antes, el lector de la Pelo había estado con sus padres de vacaciones en Londres, donde se había aprovisionado de unos cuantos discos punk y new wave de último momento. El mismo lo contaba con tono levemente épico en su carta: “Todo comenzó con el viaje que hice a Londres en diciembre pasado. Ahora ya todo está en marcha”, decía mientras el país pasaba por uno los períodos más oscuros de su joven historia.

Un cuarto de siglo después, en una insólita derivación de los acontecimientos, aquel breve mensaje de un lector más en la tradicional revista de rock terminaría nada menos que en la tapa de un libro. Se trata de El nacimiento del punk en Argentina y la historia de Los Violadores, de Esteban M. Cavanna (2002, Interpress). Es que Pedro o Hari, la constatación de que el virus punk prendía hasta en el Fin del Mundo, no sólo había vuelto de pasear por Europa con unos envidiables vinilos (y con probablemente la única copia en la Argentina de 1988: The Punk Rock Explosion, clásico libro de Caroline Coon) sino que se pondría en acción como uno de los fundadores de Los Testículos. Esta pionera banda del rubro luego sería conocida por el no mucho pero, al fin, sí levemente más amable nombre de Los Violadores.

Sin duda uno de los personajes más interesantes del underground predemocrático, Hari B (hoy un reputado montañista) guarda en su biografía otra curiosa entrada. Muchos se vanaglorian de haber presenciado un recital de Sumo. Otros tantos, aunque menos que los primeros, se jactan de haber saludado, conversado o incluso compartido una ginebra con Luca Prodan. ¿Cuántos jóvenes de ayer podrían en cambio decir que el italiano les dedicó una canción? Casi nadie, salvo Braun, el “pseudo punkito” al que Prodan castiga en “La rubia tarada”; para mayor “mérito”, el primer hit de Sumo. El tema que abre el disco debut de Sumo, Divididos por la felicidad (1985), se llamaba originalmente “Una noche en New York City” y es una sucesión de instantáneas sociales porteñas con la mira en los “conchetos”, desde el estereotipo de la rubia plástica hasta… ¡Hari B! A él se refería en estos términos, aparentemente disparados por una disputa de polleras: “Un pseudo punkito, con el acento finito, quiere hacerse el chico malo. Tuerce la boca, se arregla el pelito, toma un trago y vuelve a Belgrano”. Ese era Hari B, el primer punk de las pampas.

Alejandro Rozitchner pone la lupa sobre esos versos en su libro Escuchá qué tema. La filosofía del rock nacional, de 2003, sin miedo a cuestionar a semejante vaca sagrada (Luca) ni conocimiento de la trastienda: “Se encuentra con un pibe medio punk, pero tampoco le perdona la vida. El único auténtico es él y quien él decida. El que habla en la letra es el comisario de las opciones de vida. El 'pseudo punkito' habla 'con acento finito' (¡qué boludo, no tiene la voz gruesa, qué idiota es el pibe, mátenlo!), 'quiere hacerse el chico malo' (el que habla lo sabe bien porque es ese su oficio, hacerse el chico malo). 'Tuerce la boca, se arregla el pelito, toma un trago y vuelve a Belgrano' (todos los que viven en Belgrano son una mierda, gente berreta que se vendió a Cabildo, Juramento, Virrey del Pino y quien sabe qué otras calles caretas, loco, qué garrón Belgrano). El comisario de gentes es también comisario de barrios. El que habla es una especie de Stalin rockero, de Mussolini del Abasto.”

Luca y Rozitchner van al hueso del asunto. Hari B es la esencia del mito fundacional del punk argentino. Y su extracción de clase media alta, el barrio de Belgrano, el pelo corto en tiempos hipones, los discos importados, las vacaciones en Londres, son las pruebas sobre las que siempre se apoya la teoría del origen acomodado del capítulo local de este movimiento.

El relato es tan efectivo como parcial. Porque a aquella carta de Hari B le siguió otra de un corresponsal igual de trascendente en todo esto, pero de rasgos muy contrastantes. Sergio Gramática, igual que Braun, era clase 60, pero vivía en la otra punta, en un hogar de clase media ajustada en Bernal. En 1978 le habían dado la baja del servicio militar por motivos de salud y estaba internado cuando cayó en sus manos la revista Pelo con aquellas líneas de Hari B. Baterista, al tanto ya de las novedades en el Reino Unido, redactó entonces su propio mensaje a la revista o más bien a Hari. Gracias al libro de Cavanna, sabemos que se publicó así: “Hari B: quisiera comunicarme con vos, saber tu dirección. Me llamo Sergio, soy baterista. Contestame pronto. Chau, un amigo punk (Chacabuco 68, depto. del fondo, Bernal).”

Pronto, Hari y Gramática se encontraban en el garage del primero para ensamblar con una batería Caf y una guitarra Faim blanca (imitación de la Les Paul del Sex Pistol Steve Jones) los primeros temas de Los Testículos, algunos de los cuales aparecerían en el disco debut de Los Violadores (Umbral, 1983). Un poco después la formación del grupo se completaría con Gustavo Fossa (Stuka) y Enrique Chalar (PilTrafa), dos chicos de clase media de Villa del Parque y Villa Urquiza respectivamente. Con el tiempo, llegarían a ser famosos y a grabar media docena de LP con buen suceso tanto en el país como en parte de América del sur.

Los Testículos-Violadores hicieron punta, pero en seguida se les unieron unas cuantas formaciones que, sin embargo, no encauzarían una carrera ni lejanamente tan prolífica. Entre los más significativos, Los Laxantes, Los Baraja y Estado de Sitio, con un elenco de músicos que tampoco confirmarían la teoría de los primeros punks como chicos bien que terminan mal.

Los Baraja eran tres ruidistas de La Plata con un cantante de Lanús (el irreductible Marcelo Pocavida, que hace escasos meses editó su más reciente CD de punk rock). Los más politizados Estado de Sitio, luego Alerta Roja, debutaron en 1982 y parecieron ser quienes seguían más de cerca a Los Violadores. Pero tampoco se los podría caracterizar precisamente como niños ricos con tristeza o siquiera mal humor. Su motor, Daniel García, era de Temperley y llegó a jugar al fútbol semiprofesional en Aldosivi de Mar del Plata. El cantante, Sergio “Mongo” Spatavecchia, bajaba a Capital desde Gerli y, al igual que el resto de los integrantes, arrastraba una vida exenta de confort. Alerta Roja, a diferencia de Los Violadores (y, quién sabe, quizás justamente para irritar a Hari B y amigos), era uno de los grupos favoritos de Luca Prodan. Según el periodista Alfredo Sainz, en el libro Derrumbando la Casa Rosada (Piloto de Tormenta, 2011), sobre los inicios del punk argentino, “en la disputa velada entre Los Violadores y Alerta Roja, el cantante de Sumo no tenía ningún empacho en hacer pública su preferencia por los últimos. “Uno de Los violadores estudia Economía en la Universidad de Belgrano. ¡Va a ser ministro dentro de 50 años!”, había declarado el pelado en una entrevista con Gloria Guerrero en la revista Humor.

Los Laxantes, en cambio, sí tenían su territorio en la más resguardada Zona Norte, igual que Los Marginados (luego Día D) y Valió La Pena. Con dos futuros Todos Tus Muertos en sus filas, Horacio “Gamexane” Villafañe y Félix Gutiérrez, en guitarra y bajo, emergían de una incipiente escena de músicos vecinos del corredor Vicente López-Martínez, aunque no por eso necesariamente los amparaban apellidos patricios.

Seguramente el prejuicio del origen acomodado del punk argentino se apoya, en parte, en el caso Le Chevalet. Este restaurante francés de la calle Ecuador al 1600, en Barrio Norte, fue la primera sede más o menos estable (mientras duró) de conciertos punks en Buenos Aires. Propiedad del artista plástico Botto Jordán, el local, una vez que sus clientes terminaban de cenar, funcionó durante seis intensos meses de 1981 como pariente lejano del 100 Club londinense. Allí tocaron Los Violadores, Los Laxantes, Trixy y un puñado de bandas de menos que efímera existencia, que solían concluir la noche en la comisaría más próxima, con el riesgo que tal destino podía implicar en esos años.

Junto con la carta de Hari B a la Pelo, la anécdota de Le Chevalet es una de las más coloridas de esta saga. Pero una mirada más en detalle de los primeros shows de la incipiente tribu termina paseándose, no obstante, por el centro porteño, Caballito, José León Suarez y Caseros, entre otras locaciones, replicando la diversidad de domicilios y realidades de sus protagonistas. El origen social del punk en Argentina es algo más complejo que la estructura de sus primeras arengas musicales.