Tema del Mes

SEPTIEMBRE 2013

La carcajada del establishment es el fantasma del punk: una entrevista con Juan Carlos Kreimer

30 / 09 / 2013 - Por Melina Dorfman

En 1977, el periodista argentino estaba en Londres cuando el Punk se consolidó como una contracultura de gran alcance histórico. Y en apenas un mes escribió “Punk, la muerte joven” -el primer libro sobre el tema, editado al año siguiente en España-, donde lejos de reseñar un fenómeno estético y musical ahonda en las condiciones que lo hicieron posible y pronostica su rápida mercantilización. Después de 35 años, es imprescindible pensar el por qué de la vigencia de esta obra.

¿Cuáles son los motivos por los que un libro descriptivo de una escena y analítico de un movimiento, concebido y publicado en el hervidero mismo de los acontecimientos, no pierde vigencia con el paso del tiempo? Hace ya más de 35 años que el periodista y escritor argentino Juan Carlos Kreimer decidió prestar especial atención a las expresiones de un nuevo estallido contracultural, más arrasador que cualquier precedente, y no tardó demasiado en sacar sus propias conclusiones: que el carácter "anti" del fenómeno se tornaría parte del sistema a velocidad luz. Quiso el azar que viviera en el lugar y el momento justos, en Londres y en 1977. Y así, comenzó a tomar notas de todo lo que veía y escuchaba, con la convicción de estar siendo testigo de un suceso único que pasaría pronto a la posteridad y dejaría honda huella en la Historia. Algo iría a hacer con eso… Sí, Punk, la muerte joven, una publicación clave y emblemática para entender las complejidades e implicaciones no sólo de un género musical y estético sino también de una filosofía de vida.

Si pudo ganar ventaja de las circunstancias que lo rodeaban se debió a que no era, a pesar de su corta edad, un practicante amparado en la improvisación. Por el contrario, ya había logrado consolidarse como un profesional avispado. Durante los años 60, en Buenos Aires, dio sus primeros pasos como redactor en la revista Eco Contemporáneo. Luego se incorporó al staff de Claudia y fue ahí donde inició su carrera como periodista de Rock, pues le pedían reseñar discos y actuaciones de bandas locales que estaban emergiendo, tarea que la mayoría de sus colegas rechazaba. Antes de finalizar la década, escribió el libro Beatles & Co cuando el grupo de Liverpool aún no se había separado. Y siguió con Agarrate, donde recopiló varios de sus artículos acerca de Manal, Almendra, La Cofradía de la Flor Solar y otros. Promediando los 70, ya no se sentía identificado con el resto de los intelectuales del país, para los cuales su labor era indisociable de la militancia política. Estando de vacaciones en Londres, percibió a la distancia que un golpe de Estado se avecinaba y resolvió no volver hasta que la situación argentina mejorara.

En 1976 consiguió un trabajo nocturno de acomodador en el Arts Theatre Club del Soho. Durante las funciones, mientras no se requerían sus servicios, se le dio por crear una novela sobre su situación, la de un inmigrante sin papeles, en busca de alcanzar sus sueños en un contexto difícil. Lejos de su patria y cerca de los 30 años, le pesaba la orfandad generacional, el exilio y la cerrada sociedad británica que involuntariamente lo había acogido. A la hora de buscarle un nombre a su obra, no dudó en ponerle Señor de ninguna parte, porque tal cual se sentía: un viajero lleno de inquietudes, un observador ávido de captar nuevas ideas sin perder su esencia, un artífice de su propio destino más allá de las fronteras geográficas.

Una vez que salía del teatro a medianoche, solía ir a diversos clubs o pubs de la zona con un amigo que también era acomodador pero del Lindsay Kemp Mime Group. Conoció el 100 Club, el Marquee, el Roxy y el Vortex, donde era común que tocaran todas las bandas punk inglesas e internacionales de la época, y asistieran sus entusiastas fans disgregados o constituidos en pequeños grupos, como el caso del Bromley Contingent, seguidores incondicionales de los Sex Pistols, que incluía en sus filas a Siouxsie Sioux, Jordan, Philip Salon, Steve Severin y Billy Idol, entre otros. Kreimer no se guardó las pintorescas postales de sus rondas nocturnas en un bolsillo… Preso de un presentimiento, se dejó llevar. Sin querer entrar en el cuadro, se dedicó a contemplarlo desde fuera con gran curiosidad. En el fondo sabía que debajo de las crestas coloridas y las ropas rasgadas, se estaba cocinando un modo distinto de ver la realidad, que desestabilizaría el orden de las cosas.

De este panorama inspirador le surgía una preocupación. Había presenciado tantas veces la repetición de la ecuación rebeldía-éxito-industria del espectáculo que temía que el Punk fuera un ejemplo más del mismo loop. Algunos grupos o solistas Glam de los setenta, que en sus inicios contrastaban notablemente con el estilo musical y estético de la década anterior, habían descendido al pozo de la decadencia, mientras que otros se encontraban en la cima del éxito, disfrutando de sus beneficios con rotunda ostentación. ¿Por qué los punks no terminarían igual? Ciertamente era impensable (o era viable la primera y no la segunda opción)… Vivían en la miseria con un seguro de desempleo y a duras penas sabían tocar un instrumento pero tenían muy en claro lo que querían: barrer con el pasado, cambiar el presente y ni delinear un futuro. Aunque fueran destacados más por sus provocaciones que por sus canciones.

La cuestión fue que en una fiesta, Kreimer conoció a una agente literaria y aprovechó para contarle de su novela Señor de ninguna parte. Como ella no hablaba (ni leía) español, prometió hacerle llegar la copia a una amiga alemana que tenía un puesto de editora en Barcelona. Resultó ser Ute Körner, quien de inmediato consultó con Esther Tusquets si era posible su publicación. La famosa fundadora de Lumen concluyó que era “el tipo de porquería maldita que escriben todos los que recién empiezan” y resaltó que lo más interesante era su trasfondo punk. Entonces Körner se contactó con el autor para comunicarle una mala y una buena noticia, que no haría nada con la obra entregada pero que le encargaría otra para Editorial Bruguera: un retrato del fenómeno, tal cual se estaba manifestando.

A Kreimer no le disgustó la propuesta. Conocía bastante del tema y en definitiva se trataría de un trabajo más. Recibió 2 mil dólares de anticipo (como acomodador cobraba unos 100 al mes, incluidas las propinas) y un plazo de treinta días para finalizarlo. Aceptado el pacto, se adentró en una carrera periodística de dimensiones maratónicas. De noche iba a cuanto recital punk se programara, tomaba nota de sus impresiones en papelitos y grababa charlas informales con los músicos en los pasillos. A la madrugada, ordenaba los apuntes y desgrababa las cintas. Por la mañana escribía a máquina hasta no sentir sus dedos y por la tarde iba a las discográficas a buscar data. En Arista, por ejemplo, las chicas de prensa le fotocopiaban material y lo invitaban a los cócteles que organizaban. También levantaba información de diarios, revistas como New Musical ExpressMelody Maker y Sounds, y los fanzines disponibles en disquerías y librerías, entre ellos Sniffin’ Glue. Es casi obvio aclarar que en Londres de 1977 no había ni Internet ni libros publicados hasta el momento. Ni siquiera un relato oficial sobre qué era el Punk, por qué había surgido y qué consecuencias tendría. Lo que reinaba era un clima de presunciones fragmentadas por parte del Estado, los medios y la sociedad.

Con esa base, encaró el fascinante e incierto desafío de yuxtaponer las fracciones que componían la flamante contracultura, con la ayuda de su lúcida mirada, una perspectiva outsider que sólo alguien que se considera fuera de una escena puede forjar, y con el perjuicio de no poder esperar el maceramiento ideal del transcurrir histórico. En casi doscientas páginas expresó lo que realmente opinaba del movimiento sin tapujos ideológicos, con la frescura del hazlo tú mismo y ya (¡nombres mal tipeados!), de manera concisa y clara. Sin ser un punk compartió la actitud. Sólo por ahí pasó su punkitud.

En resumen, Kreimer estructuró el libro en tres capítulos: 1. La mística. ¿Qué está pasando? Los chicos se dan por informados; 2. La historia comentada. ¿Qué ha pasado? Siete años de Rock; y 3. Los riesgos. ¿Qué puede pasar? Conjeturas de la noche del 3 de diciembre. ¿No es significativo que haya usado en los subtítulos diferentes conjugaciones del verbo pasar? La elección refleja que su foco estaba puesto en un proceso, entendido como un compendio de acontecimientos en constante cambio. Y da cuenta de una necesidad de ordenar el material recabado en tres órdenes temporales –pasado, presente y futuro- tanto para sí mismo en su rol de periodista especializado como para los posibles lectores, poco familiarizados con la movida. Analizó las raíces del Punk, la envergadura de algunas de las subculturas que preexistieron (Mod, Teddy Boy, Glam) y la importancia vital que ciertos grupos adquirieron por animarse a romper las reglas: americanos como New York Dolls, Velvet Underground, The Stooges, Patti Smith, Alice Cooper, Blue Oyster Cult y The Sparks, e ingleses como David Bowie, Roxy Music y T. Rex. Sintetizó quiénes manejaron (o intentaron cortar) los hilos del movimiento: discos y pubs, medios masivos de comunicación y publicaciones independientes, grandes discográficas y compañías independientes, intelectuales y artistas deseosos de propagar sus ideas e inventar una estética nunca vista. Y afirmó: “Que las tiendas, prensa, clubs y productores amen al Punk es lógico: viven de él. Pero el Punk que vive en la calle, en el Metro, en el autobús, en los trenes, en ninguna parte, ya molesta a Buckingham Palace”. Sacó una radiografía y a trasluz descubrió las fisuras de su cuerpo de estudio. En definitiva, predijo que una experiencia de vida se convertiría en simple espectáculo. Y no cualquiera… uno muy rentable.

-¿Cómo te enteraste de la existencia del Punk? 

-En 1976 te cruzabas con punks en el centro de Londres, en el Underground, en el súper. Ya eran personajes ideales para los medios. Y si venías observando la escena, se prefiguraban en lo que vendría después del llamado Rock decadente. Me refiero a la onda Glam-Rock, ropa plateada, botas con plataforma, ambigüedad sexual. Los decadentes estaban de vuelta, o jugándoselas de estrellas que ya han tenido éxito y quedaron en la cresta divirtiéndose con el derroche. Los punks no querían entrar en esa, estaban mal, eran reconocidos por su escándalo más que por su música. La primera banda que vi fue The Damned en el 100 Club, no recuerdo si junto a los Sex Pistols. No me llegaron por la piel y me hacían acordar, por lo pintarrajeados, a esos grupos amanerados. Capaz fuera puro prejuicio mío.

-Si bien la crónica es por definición siempre subjetiva, porque se trata de una narración personal sobre un hecho determinado, puede notarse en tu trabajo una toma de posición como escritor: la de objetivar la cuestión y ver el Punk desde cierta lejanía. ¿Cómo resististe a la tentación de no ser integrante de la movida (transformarte en un punk) para poder describirla y pensarla mejor?

-Tenía 27 años, ya había pasado por muchos cortes generacionales, desde los beatniks, hippies, yippies, situacionistas… Los chicos eran adolescentes, venían directamente de su niñez. Compartí su espíritu, su actitud existencial, pero no su look. Y no pude tragarme su caramelo: había visto al menos dos generaciones de rockeros que empezaban jugándose por enteros y a medida que crecían ir volviéndose parte del showbiz. ¿Por qué no iban a hacer los punks lo mismo, si hasta lo anunciaban? Mi punkitud pasó por meter un libro sobre ellos, diciendo lo que se me cantaba, dentro de una editorial del sistema. 

-Una de las dificultades máximas que afronta un cronista es decidir qué porción de la realidad va a contar: dónde dirigir la mirada y qué aprehender de alrededor. ¿Cómo elegiste lo que irías a incorporar a tu narración de los hechos o dejar a un lado?

-No puse situaciones que pertenecían a la intimidad de muchos de ellos. Escenas fuertes que presencié en fiestas y backstages. Ese fue mi límite. El resto fue seguir el relato, el relato mismo me iba diciendo qué hacía falta. Por ejemplo, de Patti Smith tenía muchísimo más para escribir, pero opté por dedicarle solo unas páginas para que el libro no quedara desbalanceado.

-En varias partes transmitís la sensación de que te encontrabas analizando un estallido cultural -incitado ciertamente por un contexto social, político y económico puntual- que si bien en un principio fue auténtico rápidamente resultó falso. ¿Creíste realmente en alguien del ambiente? ¿En quién y por qué?

-Me basaba en cierta coherencia entre lo que decían y cómo se movían. Y también por deformación profesional fui más benévolo con los que me gustaban musicalmente. O los que tenían letras que me conmovían. Chelsea, Ian Dury, Patti Smith, Richard Hell, Television... Incluso Siouxsie.

-El hecho de que dedicaras muchas páginas a describir el abanico musical previo a 1977, tanto en Inglaterra como en los Estados Unidos, pareciera sustentar la hipótesis de que el Punk tuvo la fuerza que tuvo, a pesar de su corta vida, por una conjunción de factores que al chocar hicieron eclosión: proliferación de bandas pro Rock & Roll clásico, surgimiento de sellos independientes y medios alternativos (como los fanzines), consagración de los pubs como espacios habituales para shows, incidencia de los críticos en la legitimación cultural. ¿Es así?

-Si el Rock no se hubiera vuelto tan egocéntrico, magnánimo y espectacular, si el sistema no hubiera sido tan ingrato con los más jóvenes, si tantos factores… No hubiera surgido el Punk como reacción.

-Hacia el desenlace del libro, decís: “Como Coca-Cola, el Punk es a real thing, pero la fórmula se guarda en secreto. Secreto para fabricantes, embotelladores autorizados y consumidores masivos. Para obtener una versión más completa de lo que fue habrá que aguardar a que se reinicie otro nuevo proceso y que los nuevos parricidas empiecen a demoler al Punk tal como hacen todas las generaciones (de Rock y no Rock) con las inmediatamente anteriores”.

-No hizo falta. Ellos mismos destruyeron al Punk como grado cero: su espíritu rebelde se convirtió en un estilo. Les robaron a los chicos que vinieron a posteriori la oportunidad de matarlo, o ser más audaces que ellos. De alguna forma, diría que los punks pusieron la rebelión personal para que todos los que pensaban en hacer algún tipo de revolución se dieran cuenta de que eso va primero: estallarse uno.

-Finalmente ningún movimiento juvenil ulterior consiguió sacudir a la sociedad mundial. ¿Fue el Punk la última contracultura hasta el momento?

-Creo que la contracultura siguió por otros carriles, acaso más adultos, como las ONGs, diferentes tribus urbanas, los verdes, la diversidad de género, el empoderamiento de las minorías étnicas. Mucha invisibilidad, mucho do it yourself, mucho cuidar lo que consumimos, etc. Pero es cierto, el sueño terminó en esos años. El sistema lo volvió producto de mercado. 

-A 35 años de la publicación del libro, ¿Cuáles fueron tus mayores aciertos?

-Haber escrito lo que creía que tenía que decir, ser crítico en el instante en que muchos lo rechazaban de cuajo y otros lo tomaban ciegamente. Hacerlo de una, en 35 días, y casi no haberlo releído. Si me hubiera puesto a hacer el mejor libro de Punk seguramente todavía lo estaría reescribiendo. Como mayor recuerdo, me quedaron esos días non-stop en los que grababa/investigaba, desgrababa/escribía, iba a los gigs pasado de rosca y no sé cómo hacía para anotar en papelitos todo lo que percibía. También, otro gran acierto fue al año olvidarme del Punk y del libro, convertir en tiempo de playa mis discos simples y poder sumergirme con igual pasión en otros temas, como la Gestalt, la meditación y lo que empezamos a llamar la resignificación: demostrar que toda nuestra perspectiva contracultural, perseguida y desvalorizada, era una cuestión de honestidad con nosotros mismos.

Kreimer regresó a la Argentina en 1982, con la intención de dar vuelta la página, dejar atrás su vinculación periodística (y personal) con el Punk. Tuvo que esperar que retornara la Democracia para lanzar la revista Uno mismo, centrada en difundir distintos discursos sobre qué es y cómo se logra vivir bien. En paralelo, Punk, la muerte joven llegó también al país gracias a manos anónimas, que fueron fotocopiando ejemplares a cada músico local enterado del movimiento y atraído por un esquema de conceptos, si bien importado, en sintonía con la urgencia de afrontar la situación socio-política todavía adversa de la posdictadura.

El libro recién se reeditó en 1993 por Editorial Distal y dejó un gran legado para los adolescentes de ayer y de hoy. Condensó como nadie, en contadas líneas, al ser punk, estimando las fuentes de su pensamiento y sus manifestaciones más cabales, en detrimento de sus aspectos estéticos: “Por punk entiendo al joven salido de los moldes tradicionales y en cambio de redefinir un modo de vida preciso. Su acción más que sus ropas define su vida, su disfraz o muerte como punk”. Dio a conocer en detalle la obra de numerosos artistas, para muchos lectores por primera vez: The Clash, The Damned, The Jam, The Dictators, The Ramones, Patti Smith, Televisión, Richard Hell, Wayne County, Blondie, Cherry Vanilla, Dead Boys, Devo, etc. Señaló las diferencias entre el ramal inglés y el norteamericano: el primero bastante homogéneo, nacido de un colapso económico, expresión de la lucha social y el anarquismo, con una fuerte imagen a nivel arte y moda; el segundo marcadamente heterogéneo, surgido de la desestabilización social, y con tendencia a ser apolítico y antifashion. Resaltó la importancia histórica de los Sex Pistols por la reacción que suscitaron. Gracias a la perspicacia de su líder Johnny Rotten y de su representante Malcolm McLaren, cosecharon un reconocimiento masivo no por la cantidad de shows o discos vendidos sino por la psicosis colectiva que supieron generar. Su sola existencia (ni siquiera presencia) significó una amenaza al statu quo por la violencia que transmitían, menos real que simbólica.

Sin duda, el mérito máximo de Kreimer consistió en haber olfateado el negocio implícito del fenómeno y detectado el oportunismo que lo rodeaba, tanto interno como externo, pues el Punk acabó siendo más rentable que revolucionario y los managers actuaban, no por amor a las bandas, sino en defensa de sus propios intereses (no se comportaban como mecenas ni tenían que hacer demasiado para que compraran sus mercancías: la sociedad y la prensa amarilla alimentaban cualquier campaña). Sostuvo que “vender el alma a la industria del disco es una consecuencia inevitable del oficio”, resolución plagada de contradicciones: las compañías discográficas aceptaban producir grupos que hablaban de anarquía (que fomentaban la destrucción de lo que representaban) y los músicos de ideología anticapitalista recibían las ganancias en dólares o libras por la comercialización de sus álbumes y la exposición mediática. En la actualidad, continúa su insaciable labor de aportar excelentes condensaciones de temas difíciles, en un formato ameno y accesible, al mando de su colección “Para principiantes”. Y aún se dedica a reflexionar sobre las nuevas apariencias de la contracultura. Lo que experimentó en Inglaterra fue una comedia de absurdos, cuyo breve e intenso guión plasmó el recorrido de un movimiento cultural con tintes sociopolíticos que se redujo a mera diversión. Conservó el recuerdo de una actitud que se cristalizó en moda. Y su mueca terminal: “La carcajada del establishment es el fantasma del Punk”.