Tema del Mes

SEPTIEMBRE 2013

El estudiante que no estudia

30 / 09 / 2013 - Por Domin Choi

"El estudiante" es una de las películas más polémicas del cine argentino de los últimos años. Estrenada en 2011, recibió numerosos premios y la alabanza de la crítica. Pero en este artículo se trata de pensarla en un contexto mayor, el de la dicotomía entre moral y praxis política. Y las conclusiones pueden ser inquietantes: ¿es un filme que pretende una crítica de la política partidaria desde adentro, o un relato nihilista sobre el gran juego del poder?

Nadie gobierna inocentemente (Saint Just)

Uno. Los dos guiones. Tal vez hubiera sido más adecuado que este filme de Santiago Mitre se llamase El militante. Desde el título, entonces, se puede leer una ironía, ya que se trata de un estudiante que no estudia, vale decir, no hace lo que le toca hacer y milita en política.

La película nos cuenta la historia de Roque, un muchacho provinciano que viene a la ciudad de Buenos Aires para estudiar, se mete en política universitaria (Facultad de Ciencias Sociales, UBA) para conquistar a una chica (Paula) y luego de un cierto éxito es expulsado de la política, traicionado por su mentor (Acevedo). Para contarnos esto la película superpone dos guiones: la construcción de la intriga en el espacio de la política universitaria y la historia de un triángulo amoroso entre el viejo, la joven y el pretendiente. La película combina con efectividad estos dos guiones haciendo una amalgama indisociable entre trama libidinal y funcionamiento político. Así, al parecer, uno de los propósitos del filme es mostrar cómo los goces personales motivan el funcionamiento de asuntos públicos y comunitarios que, naturalmente, deberían ser transparentes. Como podemos notar, a pesar del desvío indicado por el título, no es un retrato de una generación de estudiantes que dejando sus deberes (el estudio) intenta una transformación del mundo, sino una sórdida radiografía de un funcionamiento institucional viciado de mala praxis. De este modo, la negativa final (“No”) de Roque parece tener que ver con la necesidad de dar un corte moral al círculo vicioso de lo político.

Dos. Las paradojas del discurso ideológico. Desde el principio, el discurso político es presentado como un murmullo en las aulas de la facultad, un sonido indistinto y repetitivo, un telón de fondo que acompaña a los personajes junto con los carteles y las pancartas, también indistintos. Roque escucha, observa y hace cálculos secretos que no se traslucen en su rostro acartonado, y luego trata de acoplarse a ese nuevo medio para sacar provecho personal. Así como no muestra ningún tipo de compromiso hacia las mujeres con las que se relaciona, Roque tampoco parece estar interesado en el compromiso político. De hecho, cuando es interrogado por Paula sobre los motivos de la elección de la carrera de Sociología le dice que le interesan “muchas cosas”, pero nada específico; y en la conversación previa que tiene con Horacio, el padre de Valeria (la primera chica que conquista y abandona luego de usar sus recursos), nos revela su concepción de la política:

-Así que de Ameghino, ¿no?

-Sí.

-¿Quién gobierna ahí, los peronistas?

-Sí, hace rato que están ya.

-¿Los votaste vos?

-Sí, alguna vez los voté.

-No me digas que sos peronista.

-No, no. Igual son todos lo mismo.

-¿Lo mismo de qué?

-No, no, los políticos digo.

-¿Entonces vos votás a cualquiera o no votás?

-No, lo que digo es que no hay mucha diferencia. Yo conozco un tipo ahí en Ameghino que estuvo con Alfonsín cuando subió, después fue de la UCD y ahora es concejal peronista.

La política sería de este modo una y regida sólo por motivaciones personales. Las ideologías no pueden marcar su diferencia, cayendo en lo indistinto, ¿será que, como afirma una y otra vez la derecha neoliberal, las luchas ideológicas son esencialmente falsas? Esta concepción post-ideológica de la política es revalidada por la voice over cuando Roque abandona sus estudios por la actividad política:

"Así es entonces la nueva vida de Roque, se esfuerza por seguir cursando pero empieza a reconocer que su interés ya no está en las clases, sino afuera, en las reuniones y asambleas del centro de estudiantes, en las actividades y discusiones que realiza con la agrupación, aunque sigue estudiando entiende que su verdadero trabajo y su verdadero talento está en el manejo de la gente, la táctica y la estrategia, la ejecución y la toma de decisiones, discutir ideas, pensar alianzas, hacerse amigos, dar órdenes, es decir, la política".

Se trata de anclar a través de la voz lo que el despliegue sensible de las imágenes muestra. La virtud de este discurso consiste en decirnos sin ambigüedades que la política está en los pasillos, en las reuniones, en los arreglos, en las alianzas, en fin, dicho con la jerga de la política universitaria, en la “rosca”. Se trata de deconstruir el discurso y la teoría política a través del pasillo como realpolitik. Su estrategia es convertir el discurso político en mero simulacro haciendo visible un pretendido núcleo de la política. Sería sencillo aquí recordar la crítica de la ideología de lo visible que confunde “ver” con “conocer”, y decir que este discurso es absolutamente ideológico y que esta concepción estratégica de la política, finalmente, no parece estar muy lejos de la concepción administrativa de la derecha neoliberal. Pero hay algo más. El estudiante como discurso es pura ideología que niega su propia condición pretendiendo mostrar su funcionamiento. Habría que preguntarse, entonces: ¿bajo qué condiciones es posible una película que procede de este modo? Por un lado, la creciente entropía en la opinión pública sobre el espacio político (el eslogan que lo resume bien es el famoso “que se vayan todos”) y, por otro, los crecientes antagonismos violentos de la clase política. Es bajo esta coyuntura de des-diferenciación (entropía) y antagonismos imaginarios que hay que ubicar El estudiante.

Tres. Crítica moral de la políticaEl estudiante parece ubicarnos en el viejo dilema entre la moral y la política. La historia del desencanto del inocente (alma bella) corrompido en política tiene una larga tradición literaria, teatral como cinematográfica. En esta ocasión me gustaría sólo revisar Las manos sucias de Jean-Paul Sartre, una obra ejemplar para dirimir esta relación. Hagamos una breve síntesis de la obra: Las manos sucias tiene como protagonista a Hugo, un joven militante de un partido de izquierda en un país imaginario llamado Iliria. Éste, encomendado por Louis y Olga -sus jefes del partido-, acepta asesinar a otro líder del partido llamado Hoederer. El motivo del asesinato es que Hoederer, aprovechando una coyuntura histórica, va a pactar con dos fuerzas políticas del país. Hugo se introduce en los dominios de Hoederer como su secretario decidido a asesinarlo, pero éste lo va convenciendo poco a poco, con argumentos razonables, de los motivos del pacto. Finalmente Hugo decide no asesinar a Hoederer, pero en el último momento, los celos causados por su mujer Jessica lo llevan a asesinar a Hoederer. Salido de la cárcel vuelve al partido y se entera de que los mismos planes de Hoederer están por llevarse a cabo por Louis y Olga. Hugo se da cuenta de la inutilidad de la muerte de Hoederer y decide no habilitarse para el partido, lo que implica su muerte.

A grandes rasgos podemos ver ciertos motivos que acercan El estudiante a Las manos sucias: el inocente corrompido, la traición y la negativa final. Ambas obras parecen poner en escena las mismas problemáticas. Pero, finalmente la diferencia consiste en las posibilidades de las lecturas.

De Las manos sucias se han hecho dos lecturas contrarias, por ejemplo, según Lucien Goldmann el eje central de Las manos sucias se sitúa alrededor de la relación entre la moral y la política, y de la imposibilidad de conciliarlos. Para Goldmann está claro que la obra elige y privilegia la moral por sobre la política; como es lógico, lee la obra desde la óptica del protagonista Hugo, que siendo un moralista burgués no puede aceptar ensuciarse las manos en el ámbito político. En este sentido Las Manos sucias sería, para Goldmann, el reverso de El diablo y Dios, ya que en ésta, decretando la muerte de Dios, habría finalmente un abandono de la moral en detrimento de la política. La lectura que sugiere Sartre de su propia obra es bien contraria: “Para mí Hugo nunca fue un personaje simpático y jamás consideré que él tuviera razón con respecto a Hoederer. [...] Simplemente he querido describirlos. Pero solo la actitud de Hoederer me parece sana...”. De este modo, habiendo escrito una obra ambigua centrada en el dilema de la elección entre la moral y la política, Sartre elige la política, afirma la primacía de la praxis: la verdad debe estar en concordancia con la praxis política. De acuerdo a esta posición, ni la mentira ni el asesinato pueden estar excluidos o condenados a priori; así: “la moral no es otra cosa que un autocontrol que la praxis ejerce sobre ella misma, pero siempre a un nivel objetivo: en consecuencia, está fundamentada sobre valores constantemente superados, porque han sido propuestos por la praxis anterior. Eso es lo que quiere decir Hoederer.”

Con la referencia a esas dos lecturas de Las manos sucias, sólo queremos señalar cuáles son las condiciones en las que se plantea el dilema de la opción entre lo moral y lo político. Lo que se pone en juego aquí es, también, la interrogación de las posibles opciones que nos plantea El estudiante.

Según nuestro parecer, es muy difícil leer en El estudiante un auténtico dilema entre moral y política. La negativa final de Roque, el “No” contundente que cierra el filme, se ha leído como una negativa moral, como un corte ético con el cual el protagonista toma distancia del círculo vicioso de la corrupción política y la “rosca”. En principio, esta lectura parece plausible en cuanto que el personaje de Acevedo, a diferencia de Hoederer en la obra de Sartre, es irredimible. ¿Nos quedaría entonces el privilegio de la moral sobre la política? Para ello veamos de cerca el personaje de Roque. Al personaje de Roque se lo construye desde el principio como un vividor, un inescrupuloso que usa a las mujeres para su provecho personal. No tiene ideales ni una ideología definida, no tiene en claro que le interese la sociología, sólo parece estar regido por el principio de placer: fiestas, drogas y sexo. Únicamente entra en política para conquistar y conservar a Paula. Claramente, no es un personaje moral. Vale decir, Roque no es un inocente provinciano que se corrompe en la gran ciudad, ni evidencia una elección, en el sentido sartreano.

Luego del fracaso de la politización del cine moderno en la década del 70, Serge Daney se preguntaba: “cómo filmar la toma de conciencia”. Si el cine es un arte del tiempo y por ende un medio privilegiado para mostrar las transformaciones, ¿cómo mostrar la transformación interior? En El estudiante falta esta problemática, o sea, falta la transformación interior de Roque, la toma de la toma de conciencia. Así, lo que sucede en la última escena es un diálogo estratégico, en el que Acevedo le cuenta la parábola del anciano que no podía negarse y lo invita otra vez al juego de la política. La cuestión entonces reside en analizar en qué condiciones se da la enunciación del “No”: es el mismo Roque quien urdió la toma del rectorado, su novia Paula es ahora una becaria del CONICET y él ha vuelto al estudio y trabaja en una consultora, es decir, lleva una vida aburguesada. Ahora bien, para que tenga estatuto moral una negativa tiene que implicar un sacrificio, como sucede con el personaje de Hugo en Las manos sucias. En este sentido, la negativa de Roque no es moral sino una venganza. También, una suerte de deux ex machina que, mágicamente, lo redime. Sin toma de conciencia, sin transformación, con una vida cómoda –en otras palabras: sin sacrificio alguno– no hay moral posible. Es en este sentido que El estudiante es una película nihilista que ubica la verdad en el mero juego de poder y goce obscenos.